La alta tasa de desocupación de los jóvenes brasileros
es un grave problema. Esto desilusiona a la juventud y desespera a las
familias.
En tanto el desempleo general está en el entorno del 10,5%,
que es muy elevado, el desempleo de los jóvenes de entre 18 y
24 años alcanza el 22%. Cerca de 4 millones de jóvenes
están desocupados, o sea, el 45% del total. Entre estos, están
los que buscan empleo por primera vez y los que, habiendo estado empleados,
buscan volver al mercado de trabajo, que son la mayoría.
Hubo un tiempo en que el desempleo alcanzaba apenas a los que tenían
menos educación. Hoy es diferente. La mayor parte de los jóvenes
que han completado el curso medio consigue solamente empleo cuando aceptan
trabajos de un nivel más bajo. Lo mismo ocurre con los que tienen
diplomas en la enseñanza superior. Esto lleva a muchos jóvenes
a preguntar: ¿para qué sirve la educación, si ella
no facilita el empleo?
El desajuste entre educación y empleo sucede por el hecho de
que el Brasil ha avanzado un poco más en el área de la
enseñanza que en el área del empleo. En 1995, el Brasil
formó cerca de 1 millón de personas en los cursos de nivel
medio. En 2004, formó 2 millones. A pesar de que es irrisorio
para el tamaño del Brasil, el número se duplicó.
Pero las vacantes no se duplicaron.
En verdad, los empleados públicos y privados pasaron a sacar
provecho de este desequilibrio. Las exigencias en el reclutamiento aumentaron
de forma significativa y hasta exagerada. Hay alcaldías, por
ejemplo, que exigen tener el curso medio completo para la inscripción
en concursos para "servicios generales", que incluyen barrenderos,
personal de limpieza y trabajadores manuales.
Pero que quede bien claro: no es que sobre educación, lo que
falta es el empleo. La solución está en crear más
empleos, y no en reducir la educación.
El desempleo de los jóvenes transcurre también por la
dinámica de las empresas. Cuando la economía se "enfría",
la primera reacción del empresario es parar de contratar. El
"congelamiento de las dimisiones" atañe de lleno a
los jóvenes, porque son los que tienen menos experiencia. Persistiendo
la recesión, la segunda medida es despedir a los que tienen poco
tiempo en la empresa, los menos estratégicos y los de menor experiencia
-lo que, nuevamente, recae sobre los jóvenes.
Cuando la economía comienza a "animarse", la primera
reacción de los empresarios es buscar trabajadores de mayor experiencia,
lo que "alija" a los jóvenes. Si la recuperación
de las actividades se muestra sustentable, ahí sí comienza
el reclutamiento de jóvenes, buscando, de entre ellos, los más
educados -aunque sea para ejecutar tareas que no exigen tanta educación.
Para compensar esa dinámica perversa, muchos países estimulan
a las empresas a admitir jóvenes con base en los "contratos
de formación". Este expediente permite a las empresas contratar
estudiantes o recién formados (niveles medio y superior), con
un gasto menor y menos burocracia y por un tiempo determinado, que varía
de uno a dos años. Para la empresa es bueno porque es más
simple y menos oneroso. Para el joven es bueno porque pasa a "comprar
experiencia" mientras está trabajando.
Infelizmente, las leyes brasileras no dan esa chance para los jóvenes.
La Constitución federal y la CLT establecen los mismos pisos
y los mismos gastos para contratar trabajadores de todas las edades,
con poca o mucha experiencia. Esto es una complicación más.
Entre nosotros, no existen los contratos de formación. Es una
pena. Recordemos que la gran mayoría de los jóvenes comienza
a trabajar en pequeñas y micro empresas. El mayor miedo de los
empresarios de estos segmentos es el de no tener recursos para despedir
un empleado contratado formalmente. La indemnización de despido
sin causa justa es del 50% del saldo del FGTS. Además de eso,
la empresa tiene que recoger 8,5% al mes, inclusive sobre el 13°
sueldo -que da más de un salario por año. Y finalmente,
tiene que acometer con los gastos de aviso previo que, en la mayor parte
de los casos, es pagado en plata contante y sonante. Para pequeños
y micro empresarios, tales gastos son tan altos que justifican el miedo.
La falta de "contratos de formación" perjudica mucho
a los jóvenes. Se trata de un expediente que podría ser
aprobado por el gobierno para estimular el empleo de la juventud. Abrir
oportunidades de trabajo es fundamental para mantener el entusiasmo
y el idealismo de los jóvenes. Al final, ellos son nuestro más
preciado capital y forman el semillero de líderes que van a dirigir
la Nación. Es eso mismo: los jóvenes son una solución,
y no un problema. Desilusionarlos en el presente es comprometer el futuro.
Eso precisa cambiar.
Fuente: O Estado de S.Paulo, martes, 8 de agosto de 2006
Traducción libre