6. Los jóvenes sin ocupación: ni estudian ni trabajan
Las reflexiones que hasta este momento han acompañado los resultados
arrojados por ENJUVE, han venido apuntando a la serie de situaciones de dificultad y
riesgo que sufre la actual generación juvenil. El lamentable incremento de la
interrupción -cada vez más temprana- de los estudios, no sólo permite verificar la
ruptura entre el vínculo normativo que en otros tiempos asociaba la condición juvenil
con el estatus de estudiante sino, también hace posible percibir las notables diferencias
que sufrirá su actuación, como desertores de la Educación, en el marco de un mercado
laboral que tiende a ser más exigente en la distribución de sus limitados cupos. Ha
podido apreciarse que un número creciente de jóvenes, al pasar a formar parte de la
fuerza de trabajo, ven seriamente reducidas sus oportunidades de lograr empleos estables,
bien remunerados y con posibilidades de ascenso. Aunque entre la juventud es cada vez
menor el número de estudiantes y que la educación formal no asegura a los jóvenes
empleos adecuados, su incorporación al trabajo y el logro de ingresos resultan
perentorios para la mayoría de ellos. Con todo, el desempeño independiente de cada una
de estas actividades -estudiar o trabajar- o la combinación de ambas, permite a los
jóvenes que las realizan encarar, con relativa eficacia, los problemas de exclusión que
en la actualidad afectan a la sociedad en su conjunto.
Es así, entonces, que la cuestión más grave de todas surge en el
grupo de jóvenes en los cuales ha desaparecido el vínculo educativo y no han logrado
incorporarse a algún empleo: ni estudian, ni trabajan. Se trata de una situación
bastante cercana a lo que pudiera denominarse exclusión total, en la que tienden a
generalizarse las condiciones de privación y a acumularse factores y malestares
propiciatorios de frustración, desencanto y hasta violencia. Tales sentimientos,
naturalmente, habrán de intensificarse en la medida en que se prolongue la situación que
los engendra. De acuerdo con los resultados de ENJUVE, más de un millón de jóvenes
venezolanos (1.065.848 / 26.5%) se encuentran en esta dramática situación, lo que
implica, en términos más puntuales, que uno (1) de cada cuatro (4) jóvenes,
aproximadamente, ni estudia ni trabaja.
Esta porción de la juventud venezolana, en la que se conjuga la
inactividad educativa y la desocupación laboral, se halla expuesta, en primer término,
al incremento de la dependencia del mundo adulto o de aquellas personas que, entretanto,
han de hacerse cargo de ellos. Esto produce una menor posibilidad de avanzar hacia la
autonomía personal y, consecuentemente, a prolongar de manera forzosa la condición
juvenil. De igual forma, el ensayo y aprendizaje de roles adultos -teóricamente concebido
para ser desarrollado durante la etapa juvenil- y la adopción de las pautas y los valores
correspondientes, resultan, para este grupo, frágiles y defectuosos. Asimismo, estos
jóvenes constituyen lo que, efectivamente, puede denominarse un grupo de alto riesgo,
toda vez que las carencias a las que están sometidos los colocan en el umbral de una
peligrosa propensión al despliegue de conductas definidas como desviación. En efecto,
entre muchos de estos jóvenes, la idea de porvenir, de expectativas y de metas a lograr
se vuleve confusa y frecuentemente oscilante entre el apremio y el abandono, puesto que se
trata de una situación en la cual tienden a alternarse dos opciones extremas. Por un
lado, experimentan la urgente necesidad de conformar un esquema de vida que los sustraiga
de tal estado de dependencia y privación, en el cual se otorga poca o ninguna importancia
a los medios y procedimientos de que se sirvan para lograrlos. Por el otro, adoptan y
desarrollan estados genéricos de resignación y laxitud. La primera de estas opciones
constituye la antesala de la conducta contraventora, mientras que la segunda implica la
cristalización de la renuncia y el conformismo social.
No puede dejar de mencionarse el grave problema de las masas de ocio
que los envuelve, como otro de los serios trastornos que acarrea sobre estos jóvenes su
estado de inactividad y desocupación. Además de la estigmatización que socialmente
sufren, su situación se ve agudizada por el encarecimiento de ofertas y posibilidades
para un uso constructivo del Tiempo Libre. La disponibilidad de un tiempo esencialmente
vacío y prácticamente interminable, que no es producto de una voluntad de conquistarlo
sino de una seria restricción de oportunidades, fomenta en el curso de la cotidianeidad
de estos jóvenes, amplios márgenes de vacuidad y resentimiento. Al examinar más
detenidamente estos resultados se aprecia que son las jóvenes mujeres las más afectadas
por esta situación, por cuanto representan el 71.6% (763.386) del total de jóvenes sin
ocupación, colocándose 43.2 puntos estadísticos sobre los jóvenes varones.
En tal sentido, el hallazgo referido al fuerte predominio femenino en
esta suerte de estado próximo a la exclusión total, tiende a consolidar lo que, cada vez
más, adquiere forma de patrón social de comportamiento, en el cual a la joven mujer, al
separarse de los estudios, se le impone la reclusión en el hogar, agudizándose de esta
manera sus desventajas. Así se tiene que, por cada diez (10) jóvenes que ni estudian ni
trabajan, siete (7) aproximadamente son mujeres jóvenes. Otra importante evidencia
reportada por ENJUVE comprueba que es en los sectores más castigados por la crisis, donde
los jóvenes padecen mayoritariamente este tipo de exclusión basada en la clausura
simultánea de sus vínculos educativos y laborales. Se trata de 761.493 jóvenes (71.4%
del total de los jóvenes sin ocupación) en los cuales la separación de los estudios y
el bloqueo laboral se produce en el marco de las restricciones impuestas por la pobreza,
por cuanto son jóvenes que pertenecen a hogares con las necesidades básicas
insatisfechas (NBI). De lo que se desprende, entonces, que por cada diez (10) jóvenes
actualmente sin ocupación, aproximadamente siete (7) corresponden a hogares en situación
de pobreza.
Los hallazgos permiten establecer que entre pobreza material y
desocupación juvenil se conforma una especie de mecanismo de reproducción perversa, en
el cual el joven pobre sin ocupación no está en condiciones de aportar recursos -reales
o potenciales- para contribuir a superar el estado de restricción e indefensión que lo
rodea, pero tampoco la situación de pobreza en la que vive le permite obtener los medios
para evitar la carencia de ocupación. Al situar este grave problema de los jóvenes sin
ocupación en relación al nivel educativo que han podido alcanzar, se aprecia, con toda
claridad, el predominio del grupo que sólo dispone de un patrimonio escolar
considerablemente empobrecido, puesto que cerca de dos terceras partes (680.092 / 63.8%)
de ellos no tienen ni siquiera la Educación Básica completa. Esta restringida
circunstancia educativa no sólo explica la persistente relación entre la deserción
escolar en los niveles de mayor elementalidad y el cierre de las oportunidades de empleo
sino, además, revela que la conformación del itinerario hacia esta variante de la
exclusión total -ni estudiar, ni trabajar- que padecen durante la juventud, comienza a
definirse para la mayoría de ellos antes de llegar a ser jóvenes.
Ahora bien, además de haber observado la ostensible vulnerabilidad
que, en general, se reconoce en esta elevada porción de la juventud venezolana, afectada
por el doble y simultáneo efecto de la deserción escolar y de la desocupación laboral,
y las claras divergencias que se aprecian en sus marcos de vida respecto a otros grupos
juveniles, resulta conveniente insistir en la precisión de aquellos segmentos en los
cuales este problema cobra mayor intensidad. La utilidad de esta precisión está asociada
a las posibilidades de aportar elementos de elevada capacidad informativa para orientar el
diseño y la ejecución de líneas de intervención política y programática sobre el
terreno de la exclusión juvenil. Por tanto es pertinente señalar que, en virtud de las
acuciantes y peligrosas circunstancias que rodean la vida de estos jóvenes, del carácter
refractario con que se comporta el mercado laboral ante ellos y, sobre todo, del
encarecimiento de los recursos públicos para atender su situación, el procedimiento para
su focalización y los mecanismos para asistirlos, deben evitar los riesgos de dispersión
inmanentes a toda política social.
Ha podido demostrarse que son las jóvenes mujeres quienes, en absoluta
mayoría, sufren esta situación de carencia simultánea de la práctica educativa y de la
actividad laboral. De igual manera, son los jóvenes que habitan en hogares pobres los que
aportan la mayor cantidad de individuos a este dramático estado de inactividad escolar y
de obstrucción de oportunidades de empleo. Y, finalmente, es en los jóvenes desertores
con menos de nueve (9) años de escolaridad donde el problema se concentra de modo más
agudo.