| POLÍTICAS DE JUVENTUD EN AMÉRICA LATINA:
EVALUACIÓN Y DISEÑO
INFORME DE VENEZUELA
Prefacio
I. Aspectos metodológicos
II. La juventud
venezolana. Inserción e incertidumbre
III. Aspectos
sociodemográficos
IV. El problema educativo.
Matrícula, segmentación y expectativas
V. El bloqueo
laboral. Exclusión y precarización
VI. La
desintegración familiar. Hogar, pareja y procreación
VII. La
desmovilización política. Democracia, percepciones de la vida pública y
asociacionismo
VIII. La
conflictividad y el malestar juvenil
IX. Tiempo libre
juvenil. Práticas y demandas
Referencias
bibliográficas y documentales
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4. Los jóvenes trabajadores
Tal como se ha visto, la población entre 15 y 24 años inserta en el
mercado laboral constituye un conglomerado de más de 1.6 millones de personas. Este
conjunto de 1.619.969 trabajadores representa el 40.3% de total de jóvenes y refleja una
tasa de ocupación juvenil del 82.6%. Igualmente, ha quedado demostrada la preponderancia
en la ocupación juvenil, de los jóvenes varones, los jóvenes adultos y los procedentes
de hogares con necesidades básicas satisfechas (NBS), pues se trata de una actividad más
frecuente en estos grupos de población que en sus respectivos pares complementarios.
Habiendo situado este marco de rasgos generales, es pertinente introducir una variable de
ineludible consideración en el examen del empleo juvenil, atendiendo a la relación
Educación-Empleo: la distribución de los niveles educativos en la juventud trabajadora.
Nivel educativo de la juventud trabajadora
Más de la mitad (55.5% / 898.562) de los jóvenes trabajadores poseen
como único capital educativo entre 1 y 8 años de escolaridad, lo que implica que ni
siquiera han culminado la Educación Básica, nivel que se ha establecido como
calificación mínima para optar a empleos en el sector formal. Por su parte, los jóvenes
trabajadores con 9,10 u 11 años de escolaridad -es decir, que han alcanzado la Educación
Básica o la Media- representan cerca de una tercera parte 31.6% (512.394) del total de
jóvenes que trabaja. Mientras que el número de jóvenes trabajadores con algún grado de
Educación Superior, constituyen sólo el 8.9% (143.929) del total, en tanto que los
profesionales y técnicos superiores, apenas alcanzan la exigua representación del 1.3%
(21.263). Esta situación obedece, causalmente, al comportamiento de la deserción escolar
en la juventud. Se ha venido afirmando que los factores que inducen a la deserción del
sistema educativo presionan, simultáneamente, en favor del imperativo de incorporación
al mercado laboral, lo cual explica que la generalidad de los jóvenes al abandonar los
estudios, se inserten aunque sea de forma precaria en el mundo ocupacional. Del mismo
modo, ya se ha hecho referencia a la mayor frecuencia de la no asistencia escolar en los
grupos juveniles con niveles de instrucción más bajos, mostrando así, este fenómeno,
una correlación inversa con el nivel educativo expresada en que a menor grado de
escolaridad mayor es la tendencia a abandonar los estudios y viceversa. (15) En este contexto, no es de
extrañar que la mayoría de los jóvenes que trabajan posean como nivel educativo
alcanzado grados correspondientes a la Básica incompleta pues, también la mayoría de
los jóvenes con estos grados de instrucción -especialmente con grados de la 1ra. y 2da.
etapa de Básica- se encuentran fuera del circuito escolar y, por lo tanto, incorporados
al mercado laboral. Entretanto, los jóvenes con niveles educativos más altos, tales como
Básica completa y, más aun, algún grado de Educación Superior se encuentran, en su
mayoría cursando estudios formales. Esto hace que su representación en el conjunto de
jóvenes que trabajan resulte sumamente exigua.
El panorama educativo de la juventud trabajadora refleja una realidad,
considerablemente grave, en virtud de que el patrimonio escolar que presenta es
marcadamente insuficiente y limitado. Probablemente este hecho profundizará su gravedad
en el corto y mediano plazo, toda vez que cerca del 60% de los jóvenes está fuera del
sistema educativo y rodeado de un marco de condiciones que, lejos de estimular la
reinserción escolar, clausura progresivamente, tanto las motivaciones como las propias
posibilidades objetivas de lograrlo. Al observar la cifra correspondiente a los jóvenes
que, además de trabajar, se mantienen insertos en la actividad educativa, pareciera
ratificarse el carácter irreversible de la baja calificación de la juventud trabajadora:
solo el 18.5% (300.219) del total de jóvenes que trabajan, comparten su tiempo de
actividad entre el trabajo y el estudio. Es decir de cada once (11) jóvenes que trabajan,
solo dos (2), aproximadamente, se mantienen con posibilidades de mejorar su capacitación
y calificación educativa, por estar aún insertos en el circuito escolar. Sin embargo,
habida cuenta de las dificultades y esfuerzos que implica trabajar y estudiar
simultáneamente, y el modo inevitable con que se impone a la juventud la actividad
laboral, gran parte de estos jóvenes, probablemente, se separarán en el corto plazo del
mundo educativo, pues las adversidades económicas los obligarán a mantenerse dentro del
ámbito laboral. En consecuencia, podría pensarse que, al interior de este grupo la
deserción educativa viene configurándose de modo potencial, dado que la tensión entre
Educación y Empleo se resuelve generalmente, en favor del segundo y en perjuicio de la
primera.
Categorías ocupacionales de la juventud trabajadora
Al analizar la distribución de la juventud trabajadora según la
categoría ocupacional a la que corresponde su empleo o trabajo, se observa que una clara
mayoría está empleada en el sector privado: un 45.5% (736.933) del total de jóvenes que
trabajan, se desempeñan como trabajadores en empresas privadas de 5 ó más personas, en
tanto que 23.4% (378.700) lo hacen en empresas de menos de 5 personas. Es así, que el
sector privado proporciona empleo u ocupación al 68.9% del total de jóvenes ocupados.
Asimismo, el sector público proporciona muy pocas fuentes de empleo al segmento juvenil,
puesto que sólo un 6.8% (110.917) del total de jóvenes trabajadores, están ocupados en
este sector.
Entretanto, el 15.2% (246.659) del total de jóvenes ocupados se
encuentran en situación de trabajadores por cuenta propia. El 6.6% (106.259), se
desempeñan como servicio doméstico. Cabe destacar que, mientras solo 2.4% (27.281) de
los jóvenes varones trabajadores se desempeñan como servicio doméstico, se encuentran
en la misma situación el 16.8% (78.978) de las mujeres jóvenes trabajadoras. Al
sistematizar los resultados de acuerdo a los criterios adoptados para la definición de
los sectores formal e informal de la economía, se observa que el 45.2% (731.618) del
total de jóvenes que trabajan son trabajadores informales, mientras que el 52.3%
(847.850) está inserto en el sector formal. Significa, entonces, que del total de
jóvenes ocupados, una cifra próxima a la mitad se desempeñan en actividades propias del
sector informal, es decir, son trabajadores por cuenta propia, empleados en empresas de
menos de 5 personas o servicios domésticos. Tomando en cuenta las inestables y
deficientes condiciones que caracterizan a este tipo de ocupación, hay lugar, entonces,
para concluir que se trata de un numeroso contingente de mano de obra juvenil -monto que
asciende a 731.618 jóvenes- cuya precaria inserción laboral los mantiene alejados de los
beneficios propios del Sistema de Seguridad Social, tales como respaldo de organizaciones
gremiales y/o sindicales, prestaciones sociales, asistencia en salud, mecanismos de
ahorro, disfrute de vacaciones y horarios convencionales y, en general, de las ventajas de
las que disponen los trabajadores del sector formal. De igual manera, se mantienen ajenos
a aquellas fórmulas de estímulo asociadas a la movilidad ocupacional con arreglo al
incremento de las capacidades, habilidades y talentos que pudiesen asegurar el ascenso en
la escala de cargos.
Al observar el desempeño ocupacional de los jóvenes en el sector
formal, ya se ha visto que el sector público contribuye con apenas el 6.8% del total de
empleos para esta población. Por otra parte, si se considera que la mayor contracción en
el comportamiento del empleo, durante la crisis y el posterior programa de ajustes, ha
tenido lugar en las empresas privadas modernas -cuya orientación productiva se basa en la
incorporación cada vez mayor de tecnologías ahorradoras de mano de obra y demandante de
recursos humanos calificados- puede suponerse la debilidad del vínculo laboral que
establece el 45.5% de los jóvenes trabajadores en el sector privado formal. Basta con
recordar las serias restricciones educativas que han venido afectando a los jóvenes
venezolanos. Los índices de ocupación informal en el segmento juvenil adquieren visos de
mayor gravedad al compararlos con las cifras de ocupación nacional según sector de la
economía. Para el primer semestre de 1993, del total de personas ocupadas a nivel
nacional, el 60.2% se encontraban insertas en el sector formal, mientras que 39.8% lo
hacían en el sector informal (OCEI, 1993a). Significa, entonces, que la informalidad
ocupacional es proporcionalmente mayor en el segmento juvenil que en el grupo poblacional
adulto, por lo tanto, son los jóvenes los que padecen con mayor intensidad sus
consecuencias.
Las cifras de ENJUVE revelan, igualmente, que los grupos juveniles
específicos que acusan una mayor tasa de ocupación informal son los adolescentes, los
pobres y los de niveles educativos más bajos. Se observa una ligera diferencia entre los
géneros que indica mayor tasa de informalidad en el sexo masculino, sin embargo, el
contraste sexual no se presenta con montos significativos, (jóvenes varones, 46.1% ;
mujeres jóvenes, 42.9%). En la explicación del alto porcentaje de ocupación informal en
el segmento juvenil adolescente (55.0% / 333.867) se deben considerar al menos tres ideas
básicas. En primer lugar, por razones estrictamente cronológicas, los jóvenes
adolescentes ocupados han alcanzado niveles educativos más bajos que los jóvenes adultos
lo cual los coloca en mayor propensión hacia la inserción ocupacional informal.
Igualmente por razones de edad, en este grupo se incluyen los jóvenes ocupados con
minoría de edad (menores de 18 años) a quienes, por esta condición legal, se les hace
más improbable y difícil el acceso al sector formal. Por último, tal como se ha
planteado anteriormente, el tránsito de los jóvenes adolescentes por su infancia y/o
pubertad se enmarca en el período donde la crisis estructural, sus efectos y las
respectivas medidas de ajuste tuvieron lugar con mayor intensidad, lo cual produjo en este
segmento mayores tasas de deserción educativa temprana e inserción laboral precoz,
factores claramente asociados a la ocupación informal.
En cuanto al nivel de vida, la diferencia de las tasas de ocupación
informal entre los jóvenes trabajadores pobres (51.2% / 410.046) y los no pobres (39.3% /
304.787) es de un monto significativo. Obviamente, la mayor incidencia de la informalidad
en los jóvenes NBI, está asociada al diferencial de ventajas, recursos y formación
educativa que éstos acusan, respecto a sus pares NBS, ante el mercado laboral, lo cual
les hace más difícil el acceso al sector formal. Lo mismo sucede con los jóvenes
trabajadores de niveles educativos más bajos (1ra. y 2da. etapa de Básica) en quienes
incide una tasa de ocupación informal del 57.7%, la cual asciende más de 12 puntos
respecto a la tasa global juvenil y más de 36 puntos respecto a la tasa de los jóvenes
trabajadores que han alcanzado algún nivel de Educación Superior.
Razones para trabajar
Al considerar el esquema de necesidades que determina la inserción
laboral de los jóvenes, queda claramente expresado el carácter obligado de esta, toda
vez que el 29.2% (472.864) manifiesta como principal razón para trabajar la
responsabilidad de mantener a su grupo familiar, mientras que 32.9% (533.306) trabaja por
la exigencia de incrementar el ingreso del grupo familiar al cual pertenece. Esto
significa que 62.2% de los jóvenes trabajadores se encuentran incorporados al mercado
laboral por la ineludible obligación de mantener o asistir económicamente al grupo
familiar, por lo tanto, cabe afirmar que los imperativos del trabajo se hallan, para la
generalidad de los jóvenes, incontestablemente asociados a los requerimientos impuestos
por las cargas familiares. Esta situación se presenta de manera más patente y notoria en
el grupo de jóvenes pobres. 69.0% de los jóvenes procedentes de hogares NBI (553.400)
manifiestan, como razón para trabajar, la necesidad de proporcionar ingresos a su grupo
familiar, en tanto, que en el grupo NBS el porcentaje de jóvenes con estas razones para
trabajar desciende a 56.1% (435.017).
Una tercera parte del total de jóvenes trabajadores (32.9% / 533.564)
expresó como razón para mantenerse en una ocupación remunerada la necesidad de cubrir
sus gastos personales. En el caso de las mujeres jóvenes trabajadoras, esta cifra es
relativamente mayor, pues mientras el porcentaje de ellas que dispone de los ingresos
percibidos para cubrir los gastos en lo que personalmente incurre es del 42.2% (198.266)
en los jóvenes varones trabajadores es del 29.1% (335.298) dado que los mayores
porcentajes en este último grupo se encuentran en las razones anteriormente comentadas,
referidas a las cargas familiares. Igualmente, sucede en el grupo de jóvenes pobres
respecto a los no pobres: sólo 26.5% (212.614) de los jóvenes trabajadores NBI obtiene
ingresos para cubrir sus gastos personales, en tanto que esta razón para trabajar se
presenta en el 38.7% (300.525) de los jóvenes ocupados NBS. Incorporando al análisis la
información acerca del destino que los jóvenes le otorgan a su ingreso, se ratifica, con
toda claridad, el considerable peso que tiene sobre la mayoría de ellos la
responsabilidad de asumir, en gran medida, el presupuesto de los hogares donde viven y/o
de su grupo familiar. El 81% de los jóvenes tiene participación directa en la
conformación del presupuesto familiar. En este grupo, se incluye el 59.4% (1.069.146) de
jóvenes cuya contribución al sostenimiento del hogar cobra, gradualmente,
características de mayor compromiso, toda vez que deben aportar la mitad, la mayor parte
o la totalidad del ingreso que perciben.
15. La no asistencia juvenil a
un centro de enseñanza se ubica, para los dos primeros niveles de Básica (1º a 6º
grado), alrededor del 84%, mientras que en el nivel Superior es del 16.8%, descendiendo a
poco menos del 10% si se excluyen los que no asisten por haber culminado.
(Prefacio) (Aspectos metodológicos) (Trayectoria técnica) (Objetivos generales y específicos) (Cobertura poblacional y geográfica) (Diseño de la muestra) (Análisis
de los resultados) (La juventud venezolana: inserción e
incertidumbre) (Aspectos sociodemográficos) (El problema educativo) (Nivel
educacional de la juventud) (Matrícula educativa
actual de la juventud) (La separación de los
estudios: sus causas) (Expectativas y condiciones de
asistencia educativa) (El bloqueo laboral) (El desempleo juvenil) (La iniciación
laboral) (Los jóvenes trabajadores) (Capacitación para el trabajo) (Los
jóvenes sin ocupación: ni estudian ni trabajan) (La
desintegración familiar) (Sexualidad, prevención y
procreación) (La desmovilización política) (Percepciones de la vida pública) (Asociacionismo juvenil) (La
conflictividad y el malestar juvenil) (Salud) (Tedio juvenil y fantasía suicida) (Tiempo libre juvenil) (Contenido
del tiempo libre en los jóvenes) (La demanda de
actividades en el tiempo libre) (Referencias
bibliográficas y documentales) |
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