| POLÍTICAS DE JUVENTUD EN AMÉRICA LATINA:
EVALUACIÓN Y DISEÑO
INFORME DE VENEZUELA
Prefacio
I. Aspectos metodológicos
II. La juventud
venezolana. Inserción e incertidumbre
III. Aspectos
sociodemográficos
IV. El problema educativo.
Matrícula, segmentación y expectativas
V. El bloqueo
laboral. Exclusión y precarización
VI. La
desintegración familiar. Hogar, pareja y procreación
VII. La
desmovilización política. Democracia, percepciones de la vida pública y
asociacionismo
VIII. La
conflictividad y el malestar juvenil
IX. Tiempo libre
juvenil. Práticas y demandas
Referencias
bibliográficas y documentales
|
|
|
3. La iniciación laboral
En atención a los supuestos de base en los que se sustenta ENJUVE,
específicamente, los aspectos que atienden a la focalización de áreas críticas de la
relación Juventud-Empleo, se incluyó en el diseño del estudio un conjunto de preguntas
dirigidas a explorar las condiciones y características que rodean a la primera ocupación
remunerada de los jóvenes. En esta exploración se consideró, tanto a los que para el
momento de la encuesta se encontraban empleados, así como a aquellos que, estando en
situación de desempleo o en situación de inactividad, declararon haber trabajado
anteriormente. Significa, entonces, que se conformó un grupo constituido por todos los
jóvenes que están, o que alguna vez estuvieron, insertos en el mercado laboral. Este
grupo alcanza una cifra de 2.615.954, que equivale a un 65% del total de jóvenes. Por
tanto, cabe afirmar que de cada diez (10) jóvenes, siete (7) han tenido experiencia
laboral en ocupaciones remuneradas con dinero.
Al observar la experiencia laboral juvenil según los géneros, se
aprecia que en el sexo masculino juvenil es mayor la experiencia laboral respecto al sexo
femenino. En el primero la tasa de experiencia laboral es de 77% (1.580.689), mientras que
en el segundo desciende a 52.5% (1.035.265). Asimismo, tal como se esperaría atendiendo a
razones cronológicas, la experiencia laboral es mayor en el grupo de jóvenes adultos que
en el de jóvenes adolescentes: el 80.7% (1.527.889) de los jóvenes entre 20 y 24 años
están o han estado insertos en el mercado laboral, en tanto que, en el grupo entre 15 y
19 años este porcentaje se ubica en 51.1% (1.088.065). En cuanto a la clasificación
según el nivel de vida, se observa que la experiencia ocupacional es, proporcionalmente,
mayor en el grupo juvenil NBS que el grupo NBI: Mientras en el primero la tasa de
experiencia laboral es de 68% (1.090.003) en el segundo baja a 63% (1.455.380). La
proporción superior que tienen los jóvenes adultos, los jóvenes varones y los jóvenes
no pobres en el grupo con experiencia laboral, es absolutamente consistente con la
conformación de la fuerza de trabajo juvenil -donde estos grupos específicos muestran
también un predominio significativo- y ratifica lo que se ha venido afirmando acerca de
las mayores posibilidades de estos, en relación a sus respectivos complementarios, ante
la inserción laboral.
Edad de la iniciación laboral
Continuando en el análisis de los resultados, surge una consideración
de singular importancia, pues evidencia que, si bien algunos conglomerados juveniles
tienen mayores probabilidades de incorporación al mercado laboral, la iniciación en el
mundo ocupacional se ve distorsionada, para la generalidad de los jóvenes, por la
precocidad que la caracteriza. Es así que resulta ineludible examinar la edad en que los
jóvenes emprenden su tránsito por el ámbito laboral. La iniciación en una ocupación
remunerada, así como la separación de los estudios y la procreación de hijos, se
constituyen en verdaderos hitos en la vida de los jóvenes. Convencionalmente, se espera
que los jóvenes se dediquen, principalmente, a actividades educativas que le garanticen
formación cultural y profesional y, sobre todo, capacitación para acceder al campo
laboral con oficios calificados. Este acceso, debería tener lugar después de la adecuada
culminación de los estudios, y de manera más o menos simultánea con el abandono
cronológico del período juvenil. Habiendo culminado la formación profesional y logrado
una adecuada inserción laboral, se crearía el marco de condiciones para el
establecimiento de familia propia. No obstante, la realidad muestra un panorama distinto y
alarmante por su marcada diferencia con la lógica de acontecimientos arriba descrita,
lógica que, a su vez, ha sido establecida por las expectativas e imágenes sobre la
juventud basadas en lo normativo, en las reglas de la sociedad.
Como ya se ha visto, más de la mitad de los jóvenes venezolanos no
asiste a un centro de enseñanza. Cerca de una tercera parte de este grupo abandonó los
estudios con edades inferiores a los 15 años, esto es, cuando ni siquiera habían
alcanzado el período juvenil, y más de la mitad de ellos dejaron de estudiar entre los
15 y los 19 años. Del mismo modo, cerca de una cuarta parte del segmento juvenil ya tiene
hijos y, de este total, más de la mitad tuvo su primer hijo entre los 15 y los 19 años.
Igualmente en el ámbito del empleo, se observan resultados en torno a la iniciación
laboral caracterizados por los mismos rasgos de precocidad. Una cifra cercana a los 48.000
jóvenes (47.642), que equivale al 1.8% del grupo juvenil con experiencia laboral, tuvo su
primera ocupación con edades inferiores a los 10 años, mientras que 23.7% (619.252) la
tuvieron entre los 10 y los 14 años. Es así, entonces, que más de una cuarta parte
(25.5%) de los jóvenes que han trabajado, tuvieron su primera ocupación remunerada antes
de haber alcanzado el período juvenil, verificándose en este grupo la lamentable
distorsión de la inserción laboral constituida por el trabajo infantil. A pesar de las
disposiciones legales que restringen la utilización de mano de obra menor de 15 años, es
evidente que un significativo grupo de la actual juventud tuvo esta negativa y perversa
iniciación en el mundo del trabajo.
Cerca de dos terceras partes (1.652.531 / 63.2%) de los jóvenes con
experiencia laboral, se iniciaron como fuerza de trabajo ocupada entre los 15 y los 19
años. Un monto mucho menor de jóvenes, equivalente al 9.9% (257.812), tuvo su primera
ocupación remunerada entre los 20 y los 24 años (13).
Estos resultados evidencian que la iniciación laboral tuvo lugar, para un gran
contingente de jóvenes, apenas comenzando el período juvenil, y no en la fase terminal
del mismo, como, convencionalmente, se esperaría. Si bien la iniciación laboral
excesivamente temprana se verifica en la totalidad del actual segmento juvenil, se
constata, sin embargo, una mayor frecuencia de la iniciación precoz en subgrupos
juveniles específicos. Efectivamente, los jóvenes varones, los jóvenes pobres, los de
niveles educativos más bajos y los jóvenes adolescentes, constituyen los grupos
juveniles que acusan una iniciación laboral mucho más temprana.
En el caso del sexo masculino, se corrobora la definitiva mayoría que
ellos constituyen en todo lo relativo al mundo del Trabajo. Esto confirma el planteamiento
que sostiene que el fenómeno laboral, tanto en el segmento juvenil así como en los otros
grupos etáreos del conjunto social, sigue siendo eminentemente masculino, pese a los
irrefutables incrementos que, durante el período modernizador y la posterior crisis
estructural, ha tenido la tasa de participación femenina en la actividad productiva. En
los jóvenes pobres (NBI) es más frecuente la iniciación laboral precoz, pues cerca de
una tercera parte de ellos (32.2% / 468.401) tuvo su primera ocupación remunerada antes
de los 15 años. En el grupo de jóvenes no pobres, (NBS) se observa que, durante la
infancia, sólo se iniciaron en el mercado laboral menos de una quinta parte de ellos
(17.1% / 186.558). Obviamente, sobre los jóvenes procedentes de hogares con las
necesidades básicas insatisfechas pesan más presiones de índole socioeconómica que
obligan su incorporación temprana a la fuerza de trabajo y, en general, al mercado
laboral -pese a lo difícil que les resulta el acceso- mientras que los jóvenes no
pobres, al tener satisfechas las necesidades básicas, tienen mayores posibilidades de
postergar su incorporación a la actividad productiva, en aras de una permanencia más
prolongada en el sistema educativo. Significa, entonces, que si bien en los jóvenes no
pobres se revela una mayor tasa de experiencia laboral, en los jóvenes en situación de
pobreza la iniciación laboral excesivamente temprana es mayor.
En el grupo de jóvenes que sólo han alcanzado grados correspondientes
a la 1ra. y 2da. etapa de la Educación Básica (hasta 6 años de escolaridad), se observa
una mayor frecuencia de la iniciación laboral notablemente temprana, puesto que,
más del 40% (365.853) de ellos se iniciaron en el mundo del trabajo antes de los 15
años, mientras que la iniciación laboral antes de los 15 años tuvo lugar sólo para el
17.1% (232.977) de los jóvenes que han alcanzado la 3ra. etapa de la Básica o la Media
Diversificada (de 7 a 11 años de escolaridad), y para el 6.2% (15.247) de los que han
adquirido algún grado de Educación Superior (12 y más años de escolaridad).
Considerando educación y empleo como vías normalmente excluyentes -"Si se trabaja,
no se estudia y viceversa..." (Solaris, en Gurrieri, 1971)- es fácil comprender la
correlación positiva entre inserción laboral precoz, y bajos niveles educativos. Las
razones de distinta índole, especialmente socioeconómicas, que inducen a la
incorporación al mercado de trabajo, presionan simultáneamente en favor de la deserción
escolar. No es casual que el período etáreo donde tiene lugar el mayor índice de
deserción escolar juvenil (15-19 años) sea, igualmente, el período donde la mayoría de
los jóvenes se inicia en el mundo ocupacional.
Al situar los resultados según el grupo etáreo, se observa que, en la
categoría jóvenes adolescentes (15-19 años), el problema de la inserción laboral
temprana denota un considerable incremento en comparación con el grupo de jóvenes
adultos (20-24 años). La tasa de iniciación ocupacional durante la infancia es para el
grupo adolescente de 36.8% (401.246) mientras que para el grupo adulto es de 17.4%
(265.648). Esta situación pareciera estar obedeciendo a que el tránsito de los jóvenes
adolescentes por la infancia estuvo enmarcado en el período más reciente, en el cual
tuvieron lugar, con mayor intensidad, los efectos de la crisis y de las respectivas
medidas de ajuste. Este contexto obligó -y aún obliga- a una considerable mayoría de la
población, al desarrollo de estrategias para la obtención de ingresos, entre las cuales
se cuenta la incorporación de los niños a ocupaciones remuneradas.
Iniciación laboral según categorías ocupacionales
Al observar la distribución de los jóvenes con experiencia laboral,
según las distintas categorías ocupacionales en que tuvo lugar su primer trabajo
remunerado, se comprueba la preeminencia del sector privado como empleador de fuerza de
trabajo juvenil. En efecto, el 42.3% (1.107.290) de los jóvenes con experiencia laboral,
tuvo su primera ocupación en empresas privadas constituida por 5 o más personas,
mientras que el 29.5% (771.600) se iniciaron en empresas, también del sector privado, de
menos de 5 personas. Por otra parte, 11.9% (311.937), se iniciaron como trabajadores por
cuenta propia y 9.2% (240.166) lo hicieron como servicio doméstico. Sólo un 5.8%
(150.843) de los jóvenes con experiencia laboral, se iniciaron con empleos en el sector
público, lo cual demuestra la limitada intervención de este sector como proveedor de
primeros empleos al segmento juvenil, pues de cada veinte (20) jóvenes con experiencia
laboral, sólo uno (1), aproximadamente, se inició como trabajador al servicio del
Estado.
Sistematizando los resultados de acuerdo a los criterios para
diferenciar sector formal e informal de la economía (14) se obtienen
categorías de mayor valor analítico, que permiten apreciar, las características
precarias de la iniciación laboral de la actual juventud. Con base en estos criterios, el
sector informal estaría conformado por las categorías trabajadores por cuenta propia,
trabajadores de empresas de menos de 5 personas y servicio doméstico, en tanto que el
sector formal quedaría circunscrito a trabajadores de empresas con 5 ó más personas y a
trabajadores del sector público. En este sentido, se observa que más de la mitad de los
jóvenes con experiencia laboral (50.6% / 1.323.703), se iniciaron como trabajadores en el
sector informal. El resto (48.1% / 1.258.133) tuvo como primera ocupación empleos en el
sector formal.
El sector informal se caracteriza por su situación desguarnecida en lo
concerniente a los beneficios de la Seguridad Social. La inserción en este sector es de
alta precariedad e inestabilidad, dado que los trabajadores que lo componen sólo reciben
como beneficio el ingreso monetario inmediato que obtienen por la venta de su trabajo o
mano de obra, en tanto que, sus posibilidades de conformar y negociar mejores condiciones,
no sólo laborales en sentido estricto (salario, horario, etc.), sino también aquellas
otras asociadas a la calidad de vida (jubilación, salud, ahorros, etc.), son escasas o,
sencillamente, nulas. Sin embargo, el problema para este tipo de trabajadores se ubica, no
sólo en las pocas posibilidades de Seguridad Social que este sector les ofrece, sino
también en sus restringidas capacidades para construir demandas en torno a la obtención
de mejores y más estables condiciones de empleo.
En el caso de las primeras incursiones laborales del segmento juvenil,
esta situación se expresa con grave intensidad. Tal como se ha expuesto anteriormente, la
iniciación laboral precoz, inducida por un contexto socioeconómico desfavorable y con
agudo apremio, conlleva generalmente deserción escolar. En estas condiciones de poca
edad, formación educativa insuficiente y necesidades básicas insatisfechas, sólo queda
como posibilidad cierta el inestable sector informal, pues para estos jóvenes no
existían opciones laborales, sino el imperativo de trabajar. El sector formal exige, para
proveer de empleos, requisitos mínimos tales como mayoría de edad y formación educativa
que comprenda al menos, nueve (9) años de escolaridad (anteriormente 6 años o Educación
Primaria), características con las cuales no contaban la mayoría de los jóvenes al
iniciarse como trabajadores remunerados. Al considerar el nivel educativo y el nivel de
vida de los jóvenes en el análisis de la informalidad en la iniciación ocupacional, se
observa de manera más contundente el planteamiento descrito.
Los jóvenes que hasta ahora han alcanzado niveles educativos más
bajos (1ra. y 2da. etapa de Básica) son los que presentan la mayor tasa de iniciación
laboral en el sector informal (62.7% / 562.605) mientras que los jóvenes que han
alcanzado algún grado de Educación Superior, presentan la tasa más baja (30.5% /
75.038). Igualmente, en el grupo de jóvenes pobres (NBI) con experiencia laboral, se
registró una más alta tasa de iniciación laboral informal (56.2% / 817.258) con
respecto a sus pares no pobres (NBS), quienes mostraron un porcentaje mas bajo que los
primeros en 12 puntos, aproximadamente, (43.7% / 475.911). En cuanto a los grupos
etáreos, se observa que los jóvenes adolescentes (15-19 años) se iniciaron laboralmente
en el sector informal, en una proporción mucho mayor (59.6% / 648.257) que los jóvenes
adultos (20-24 años) (44.2% / 675.446) lo cual es consistente con la afirmación de que
los jóvenes adolescentes, al haber iniciado su tránsito por el mundo ocupacional en el
período de intensificación de la crisis económica, lo hicieron en un contexto de
mayores dificultades y limitaciones en comparación con los jóvenes que, actualmente,
constituyen la juventud adulta, situación que los colocó en mayor propensión de
inserción en el sector informal. Aún más, si se observa sólo a la luz de lo
estrictamente cronológico, estos jóvenes tienen menos años de escolaridad que los
jóvenes adultos y, habiendo visto que se iniciaron más precozmente en el mundo laboral,
probablemente lo hicieron con niveles educativos más bajos que éstos últimos.
En relación a los géneros, la iniciación laboral en el sector formal
e informal, no reveló diferencias significativas entre uno y otro sexo . No obstante,
dentro de la informalidad, se observan diferencias por género en la categoría, servicio
doméstico, pues mientras sólo un 0.8% (12.695) del total de jóvenes varones con
experiencia laboral se inició como tal, en el sexo femenino, las mujeres jóvenes que se
iniciaron en esta categoría, alcanza un 22% (227.471) del total de mujeres jóvenes con
experiencia laboral.
13. Obviamente, esta última cifra se
compone sólo de jóvenes adultos, pues son los que por razones cronológicas pueden
engrosar el grupo en cuestión.
14. Los criterios utilizados para la clasificación de sector de la
economía, son los propuestos por la Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI)
en los Indicadores de Fuerza de Trabajo. 1er Sem 1993.
(Prefacio) (Aspectos metodológicos) (Trayectoria técnica) (Objetivos generales y específicos) (Cobertura poblacional y geográfica) (Diseño de la muestra) (Análisis
de los resultados) (La juventud venezolana: inserción e
incertidumbre) (Aspectos sociodemográficos) (El problema educativo) (Nivel
educacional de la juventud) (Matrícula educativa
actual de la juventud) (La separación de los
estudios: sus causas) (Expectativas y condiciones de
asistencia educativa) (El bloqueo laboral) (El desempleo juvenil) (La iniciación
laboral) (Los jóvenes trabajadores) (Capacitación para el trabajo) (Los
jóvenes sin ocupación: ni estudian ni trabajan) (La
desintegración familiar) (Sexualidad, prevención y
procreación) (La desmovilización política) (Percepciones de la vida pública) (Asociacionismo juvenil) (La
conflictividad y el malestar juvenil) (Salud) (Tedio juvenil y fantasía suicida) (Tiempo libre juvenil) (Contenido
del tiempo libre en los jóvenes) (La demanda de
actividades en el tiempo libre) (Referencias
bibliográficas y documentales) |
|