IV. EL PROBLEMA EDUCATIVO. Matrícula, Segmentación y Expectativas
1. Educación y juventud
La expansión de la matrícula educativa constituye uno de los más
nítidos indicadores de la denominada fase modernizadora que tuvo lugar en América Latina
entre los años '50 y '70. Este proceso de cambio estructural vino acompañado por otros
vinculados a la dinámica de crecimiento del empleo -en especial en el sector
industrial-manufacturero- y al progresivo avance hacia la estabilización política y a la
democratización. Para las masas juveniles de aquella época la Educación se convirtió
en un referente fundamental a partir del cual definir su inserción a la vida social. Al
margen de la diversidad de situaciones nacionales en medio de las cuales se desarrolló el
proceso educativo latinoamericano, se pueden nombrar positivos impactos comunes a los
países de América Latina. En este sentido, los indiscutibles avances en problemas tan
antiguos como el analfabetismo deben ser resaltados. De igual forma, la democratización
educativa, promovió un considerable incremento de la población estudiantil en el nivel
básico de la enseñanza. Asimismo, favoreció importantes avances en el mejoramiento de
las condiciones de acceso a la Educación Superior.
De esta manera, la expansión educativa ejerció un insustituible papel
en el impulso de los planes de industrialización nacional, sobre todo en lo concerniente
a la formación de recursos humanos para acometerlos. Igualmente, se constituyó en un
campo de negociación y concesión ante los crecientes reclamos de participación de los
estratos medios de la sociedad y, en buena medida, de aquellos provenientes de los
sectores populares: "Los Estados nacionales respondieron positivamente a esta mayor
demanda educativa. En parte, por razones de fondo vinculadas con el interés de lograr un
efectivo desarrollo educativo y, en parte también, porque era un terreno en el que las
concesiones resultaban relativamente sencillas" (Primer Informe sobre la Juventud de
América Latina, 1990).
El impacto de la expansión educativa, tuvo también grandes
repercusiones en las dinámicas migratorias y, consecuentemente, en los procesos de
urbanización. El atractivo efecto generado por el desarrollo de la infraestructura en las
ciudades, estimuló e incrementó las expectativas educacionales orientadas hacia un
traslado al medio urbano. Tal fenómeno tuvo lugar a pesar de que las políticas
educativas auspiciaron la creación de unidades escolares en el medio rural, puesto que la
Educación concebida de mejor calidad y dotada de niveles y grados superiores, se asumió
como proceso fundamentalmente urbano. Este intenso movimiento en la dinámica de la
Educación generó, por otra parte, cambios de gran significación en lo correspondiente
al plano intergeneracional.
Tal situación obedeció, no sólo al acceso mayoritario de la
población de menor edad al sistema educativo, sino, muy particularmente, al volumen de
años de escolaridad y a la calidad programática y curricular de los respectivos grados y
niveles de la Educación que obtuvieron las generaciones de entonces, en relación a los
perfiles escolares y, en general, al patrimonio educativo de sus padres. "Las
diferencias en el nivel educativo de las generaciones adultas y las jóvenes han sido
interpretadas como una fuente de tensiones, conflictos y pérdida de capacidad de
socialización de los adultos con respecto a los jóvenes, aunque también se ha
manifestado que la mayor escolarización de los jóvenes, generalmente, asociada a la
socialización en las pautas de cultura urbana, operó como un mecanismo de apertura a
procesos de socialización inversa, es decir, de padres por hijos, por ejemplo, para la
integración de los migrantes rurales a los medios urbanos" (Braslavsky, 1988, en
Rodríguez y Ottone, 1989).
Las evolución estructural en la Educación, propia del período
modernizador comenzó, no sólo a detenerse sino, peor aún, a revertirse durante los
años de la prolongada crisis de los '80. En efecto, la severa restricción económica
impuesta por la crisis y por el conjunto de medidas y decisiones adoptado para enfrentarla
provocaron, en el campo de la Educación, al menos tres negativos efectos para la actual
generación juvenil. En primer término, la reducción cuantitativa de la cobertura
educacional para un número de individuos con edades normativamente escolares, a tenor de
lo cual se ha configurado un éxodo creciente y progresivo de jóvenes estudiantes, a
medida que se avanza en las distintas etapas de la Educación Básica. De hecho, aún
cuando la incorporación al nivel inicial tiene lugar para la casi totalidad de los
jóvenes, los tramos correspondientes al 3er., 6to. y 9no. grado constituyen los momentos
sucesivos en los cuales se concentra el mayor volumen de abandono de los estudios. El
segundo e indeseable efecto, es el referido al deterioro objetivo de la calidad de la
Educación ofrecida a los grupos de menor edad. El desaliento relativo que ha
experimentado en los últimos años la inversión educacional -traducida en la
restricción de gastos en infraestructura y equipamiento y en el envilecimiento del
ingreso económico de la planta docente, entre otros- conjuntamente a lo que se ha
denominado "segmentación vertical"(6)
tiende a reproducir en la Educación, aspectos y características semejantes a la
jerárquica diferenciación social, toda vez que, se configuran poblaciones y matrículas
estudiantiles socialmente estratificadas y, por tanto, con inequidad en el acceso al
conocimiento y con desigual distribución de oportunidades para la inserción laboral.
El tercer rasgo que ha podido identificarse en el panorama de la
Educación, en relación a los efectos negativos generados por la crisis, está localizado
en el campo de los procesos subjetivos de los jóvenes, procesos en los que construyen sus
imágenes de porvenir. Este tercer rasgo consiste en la caída de las expectativas de
inserción social a través de la Educación. Probablemente, el efecto demostración que
ha producido, sobre la actual juventud la desventura ocupacional y la incertidumbre
laboral que, con frecuencia, afecta a las personas formalmente acreditadas en la
Educación, se encuentra fomentando en los jóvenes un creciente desencanto con el mundo
educativo como vehículo de ascenso social. La baja estima que se tiene de la Educación
como recurso para encarar el futuro, puede estar fundamentada en los procesos de
elaboración y difusión de arquetipos de conducta juvenil que promueven estilos de vida,
generalmente, distanciados de contenidos que estimulen al empeño sistemático requerido
por la actividad educativa. El énfasis de estas imágenes elaboradas sobre los jóvenes,
ha venido redundando en la promoción de practicas hedonistas e individualistas, sin la
correspondiente contraparte en el esfuerzo. Asimismo, inducen un tipo de pragmatismo
carente, no sólo de sentimientos de solidaridad social, sino, además, profundamente
vacío de sentido de realidad, dada la importancia que asigna a factores como la suerte y
la casualidad y a distorsiones valorativas como la exacerbación de la apariencia, el
narcisismo y la frivolidad.
De tal manera que, en la actualidad, la empresa de proveer de
oportunidades de estudio a las jóvenes generaciones, atraviesa por grandes disyuntivas.
La Educación se encuentra en una situación de tensión entre la eficacia de las acciones
por mantenerla como mecanismo de integración, ascenso y movilidad, y un modelo económico
y social que ha demostrado poco éxito en asegurar, a las mayorías, equidad suficiente
para su acceso a los bienes y a la construcción de un proyecto de vida estable y
adecuado. Es evidente que, para los jóvenes venezolanos, en sus actuales circunstancias
de vida, la Educación, como espacio para la identificación de objetivos en su horizonte
social y como garantía para lograrlos, ha venido resultando muy poco eficiente. Al lado
del imperativo de los ingresos económicos para hacer frente al proceso generalizado de
empobrecimiento de la población, de la reducción de los recursos públicos para la
Educación y del debilitamiento de las expectativas académico-estudiantiles de los
jóvenes -todos ellos factores causalmente asociados al abandono educativo- se configura,
además, "... un sistema amorfo con ciclos que pretenden simultáneamente servir para
el desarrollo intelectual, la formación cultural y la capacitación laboral" (Rama,
1.987) pero que sólo logra mediocres resultados que no conforman a nadie, ya que no
habilita adecuadamente ni para la enseñanza superior ni para el mercado de trabajo"
(Primer Informe sobre la Juventud de América Latina, 1.990).
De esta forma, es posible colocar la reflexión sobre el ámbito
educativo en torno a tres ideas básicas. La primera, la creciente debilidad del vínculo
juvenil con la Educación. La segunda, la cada vez más limitada formación educativa de
los jóvenes, lo cual reedita antiguos esquemas de elitización para minorías con
recursos. La tercera, el desplazamiento, discreto pero tendencial, del lugar privilegiado
que había venido ocupando la Educación como vehículo de integración y ascenso social,
a consecuencia de su progresiva ineficacia para el logro de estos objetivos.