PERSPECTIVAS
Ronderos, narcotraficantes, evangélicos y cada vez menos senderistas
definen, pues, el nuevo escenario rural en las zonas devastadas por la violencia. La gran
ausencia: alternativas económicas y sobre todo alternativas políticas a Sendero
Luminoso. El colapso del sistema político y la actual bancarrota de Sendero Luminoso,
hacen que la juventud rural continúe como en 1980, políticamente disponible. Por ahora,
ese vacío lo llena en parte la "antipolítica" del presidente Fujimori, por el
cual votaron mayoritariamente los ronderos de Ayacucho, pero no los campesinos de Puno y
otras zonas afectadas por la violencia, en el referendum para aprobar una nueva
Constitución, celebrado en octubre de 1993.
¿Qué hacer para lograr reconstruir un escenario en el cual los
jóvenes puedan integrarse exitosamente en la vida adulta y así contribuir al desarrollo
rural con equidad?
Después de 13 años, el campo y las comunidades se han militarizado.
El panorama es sumamente complejo. Por un lado, se ha profundizado una cultura
autoritaria. Por otro, en ciertos aspectos la vida social se ha democratizado. Los
"indios", que antes vivían relegados en las punas, han sido empujados por la
guerra más cerca de las ciudades y están armados. A nivel nacional, el número de
ronderos se calcula en más de 300 mil. Hasta fines de 1993 una de sus demandas
principales eran más y mejores armas. Las propias Fuerzas Armadas no dejaban de estar
nerviosas /.
La primera tarea es, por tanto, desarmar y desmilitarizar el campo. En
muchas zonas en las cuales la guerra sucia había destruido la organización comunal, las
rondas han servido sorprendentemente como mecanismo alrededor del cual dicha organización
se reconstruye (véase Coronel, 1994). Pero en vez de favorecer el desarrollo de estos
aspectos más "civiles" de las rondas, el gobierno y las Fuerzas Armadas
enfatizan su militarización controlada desde el Estado. Paralelamente, sería necesario
reducir las prerrogativas de las Fuerzas Armadas, que aumentaron desmesuradamente como
producto de la guerra, la "abdicación de la autoridad democrática" de la
década de 1980 y la política del actual gobierno.
Otra tarea es reconstruir un mínimo de condiciones de producción. En
ello podrían participar también las rondas y las organizaciones de desplazados, que
suman más de 600 mil en todo el país y ante la disminución de la violencia pugnan hoy
por el retorno (véase Coral, 1994). A la cabeza de esas organizaciones de desplazados se
encuentran muchos de los jóvenes o ex-jóvenes que tuvieron que huir en la década
pasada. Arturo, por ejemplo, es hoy presidente de la Asociación de Familias Desplazadas
de Ayacucho en Lima (ASFADEL).
En ese sentido, la aplicación a la comunidad de las vinculaciones y
las habilidades adquiridas durante el período de desplazamiento, aún cuando éste haya
sido doloroso, pueden servir para reconstruir el campo y sus instituciones. Pueden servir
también para facilitar la reconstrucción de las redes campo-ciudad, que favorecen la
reproducción familiar.
A la luz de los acontecimientos que se producen en países como
Ecuador, Bolivia. Guatemala e inclusive recientemente México, queda planteada una
interrogante: ante el agotamiento de Sendero Luminoso como dador de identidad, tal vez se
abra la posibilidad para que los jóvenes educados post-Sendero Luminoso construyan
identidades e "imaginen comunidades" étnicas, para usar el término de Benedict
Anderson (1983). En todo caso, imaginar comunidades democráticas requiere una
revisión profunda del sistema educativo en todos sus niveles, para que la educación sea
democrática e intercultural.
Finalmente, sin entrar a discutir los problemas económicos que escapan
a los marcos de este trabajo, un aspecto indispensable si se quiere seguir pensando
países viables y con una perspectiva democrática, lo constituye la reconstrucción de un
sistema de partidos (si es que alguna vez lo hubo en sentido estricto en el Perú) o de
alguna otra forma de representación política, que sea capaz de extenderse hacia el campo
y plantearse tal vez por primera vez en nuestra historia una relación de horizontalidad
entre ciudadanos urbanos y rurales, sin distinción de lengua, etnia, religión, género,
edad o lugar de procedencia.