INTRODUCCION
Luego de la reforma agraria (1969-1975), resulta cada vez más difícil
en el caso peruano delimitar precisamente una juventud rural e incluso una sociedad
rural con estructura y dinámica específicas y distinguibles de la sociedad urbana y/o de
la sociedad nacional /. No obstante la regresión de los últimos quince años, las
fronteras entre el mundo rural y el urbano no han dejado de volverse cada vez más
borrosas.
Desde la propia sociedad rural, los procesos de organización y
movilización social, las grandes migraciones y las estrategias desarrolladas por los
migrantes rurales, principalmente aquellos de origen andino, han contribuido a diluir esos
límites (véase Golte y Adams, 1987). Además, a partir de la década de 1980 la crisis
económica ha favorecido la expansión de estrategias de reproducción que abarcan ciudad
y campo. Comunidades andinas, zonas de colonización en especial allí donde se
explota la coca o el oro centros urbanos intermedios y la ciudad de Lima, se
convierten en nudos de una red que permite la reproducción de conjuntos de parientes y/o
paisanos que desarrollan actividades económicas coordinadas y complementarias. El nudo
estrictamente rural de esta red tiende a ser utilizado como despensa y área de repliegue,
plataforma y paraguas para una mejor inserción en el mercado (véase Steinhauf, 1991).
Este resquebrajamiento de las fronteras rural/urbanas se advertirá
también en el presente trabajo, aún cuando él se restringe en líneas generales a los
jóvenes de las áreas que los censos definen como rurales, es decir, de centros poblados
de menos de 2 mil habitantes. El trabajo se basa en testimonios recogidos en el
departamento de Ayacucho (donde esos centros son en su mayoría comunidades campesinas) y
analiza el impacto que en los últimos trece años tuvo sobre la nueva generación la
insurgencia de Sendero Luminoso, teniendo como telón de fondo la vinculación cada
vez mayor de esos jóvenes con el mercado, las ciudades, la escuela y los medios de
comunicación.
Del mito de Inkarrí al mito del progreso
Según el mito de Inkarrí, surgido en tiempos coloniales y
recogido por antropólogos en la década de 1950 /, el inca fue decapitado por los
conquistadores, pero a partir de su cabeza enterrada su cuerpo se está reconstituyendo.
Cuando esté completo, el antiguo rey emergerá a la superficie y volverán los tiempos,
idealizados por cierto, del Incario.
Hasta la primera mitad del presente siglo, la esperanza en el regreso
del inca fue uno de los motores principales de la resistencia y los levantamientos indios.
Pero desde la década de 1920 y sobre todo a partir de mediados de siglo, entre la
mayoría del campesinado andino el mito de Inkarrí comenzó a ser reemplazado por el que
podríamos denominar "mito del progreso" /. Esta es la palabra clave, que
comenzó a avanzar conforme se expandían el Estado, el mercado y los medios de
comunicación /.
El tránsito del mito de Inkarrí al mito del progreso reorienta en
ciento ochenta grados a sectores crecientes de las poblaciones andinas, que dejan cada vez
más de mirar hacia el pasado. Ya no esperan el regreso del inca, son el nuevo inca en
movimiento. A mediados de siglo, los jóvenes de entonces plasman esta reorientación en
organización. Entre 1958 y 1964 los andes peruanos presencian el más importante
movimiento por la tierra, que quiebra las estructuras señoriales terratenientes. La
reforma agraria decretada por el gobierno del General Velasco en 1969, aparece como una
sanción estatal de este hecho social, abriendo al mismo tiempo nuevas compuertas al
"progreso". La expansión de la escuela, la organización y los movimientos de
migrantes en las ciudades, las movilizaciones sindicales, así como los movimientos de
mujeres y jóvenes urbanos son otros hitos en esta larga marcha que se ve bloqueada por el
fracaso del gobierno reformista de Velasco. En la década de 1980, el bloqueo se agudiza
por la crisis económica y política, así como por la creciente violencia subversiva.
Desde fines de los años setenta, el repliegue del Estado en el campo
fue dejando a las grandes empresas asociativas surgidas de la Reforma Agraria / como
islotes aislados y semiabandonados de modernización, crecientemente asediados por
campesinos pobres pero en muchos casos más modernos que los viejos terratenientes o que
las nuevas empresas. En la década de 1980, en diferentes partes del país diversos
actores trataron de llenar ese creciente vacío de poder en el campo: burguesías agrarias
y/o comerciales en algunos valles de costa y sierra; organizaciones campesinas como las
rondas de autodefensa en las sierras de Cajamarca y Piura, al extremo norte del país /;
bloques sociales donde convergían organizaciones campesinas, iglesia progresista y
partidos de izquierda, como en el altiplano de Puno /; narcotraficantes en la ceja de
selva, especialmente en el valle del Huallaga; Sendero Luminoso inicialmente en la sierra
sur-central.