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Fecha de actualización:
27/11/2008

 

 

 

Juventud rural en Brasil y México. Reduciendo la invisibilidad

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II  DATOS EMPÍRICOS PARA SUPERAR LA INVISIBILIDAD Y LOS ESTEREOTIPOS

Algunos de los datos empíricos proporcionados por el CELADE, por la Base de Datos de Encuestas de Hogares (BADEHOG) de la CEPAL y por su Panorama Social anual permiten dar cuenta de la diversidad de realidades de los jóvenes rurales. Este detalle empírico diversificado ayuda, a su vez, a contrarrestar estereotipos sobre la juventud rural y a entender su comportamiento estratégico. La BADEHOG en particular ofrece la posibilidad de procesar todos los datos originales de encuestas de cobertura rural para ocho países de América Latina para varios años. En este trabajo hemos puesto énfasis en dos de ellos, México y Brasil, cuyas similitudes estructurales esconden importantes diferencias en las situaciones de sus respectivas juventudes rurales. El análisis de estas diferencias permite a esbozar una visión menos simplista y menos distorsionada de la realidad juvenil rural de la región latinoamericana.

A. Las poblaciones juveniles rurales crecen a diferentes ritmos

En términos generales, ha habido un pronunciado proceso de desaceleración del crecimiento y un envejecimiento de la población rural total en América Latina, como consecuencia de la emigración selectiva y de tendencias positivas de fecundidad y mortalidad. Sin embargo, en la mayoría de los países latinoamericanos la caída en el ritmo del crecimiento de la población rural está empezando a debilitarse. En la región como un todo y en términos netos, en consecuencia, el número de habitantes rurales se mantiene más o menos estable, fluctuando alrededor de 123 millones de personas durante cuatro décadas enteras, entre 1985 y 2025. La población urbana de América Latina se duplicará en el mismo lapso (CELADE 1995).

Por su parte, la población económicamente activa en agricultura seguirá su larga tendencia de lento crecimiento hasta alrededor del 2010, en parte por la incorporación de mayores porcentajes de mujeres (Dirven 1997).

La población joven -tanto urbano como rural- de la región en su conjunto está creciendo a ritmos cada vez más bajos. Sin embargo, varios países predominantemente rurales están registrando justamente ahora sus tasas máximas de crecimiento de las cohortes juveniles, como un aspecto de la fase actual de sus transiciones demográficas.

Así, las tendencias de crecimiento de la población joven (de 15 a 29 años) rural distan mucho de ser uniformes entre los diversos países de la región. Por ejemplo, mientras Colombia y Chile alcanzaron el tamaño máximo de sus juventudes rurales en la década de los '80, Bolivia recién alcanzó ese máximo en esta década y países como Paraguay y Perú verán aumentar los números de sus jóvenes rurales hasta alrededor de 2010 y 2015, respectivamente.

En México, ese momento de inflexión, en que el número total de jóvenes rurales llegó a su máximo, ocurrió a mediados de la década de los noventa. Para Brasil, el número de jóvenes rurales de 15-29 años alcanzó su máximo alrededor de 1985, declinando paulatinamente desde entonces. (CELADE, 1995).

B. Los jóvenes rurales migran según diversas lógicas

Con relación a este tema de importancia fundamental para la comprensión de la realidad de la juventud rural, las discusiones sobre emigración rural-urbana generalmente se limitan a señalar que la mayoría de los migrantes son jóvenes, sin dar cuenta de la gran variabilidad al interior de la migración juvenil o de los motivos para no emigrar en forma permanente. Hay antecedentes, por ejemplo, de que la migración varía en función de la diferencia entre el jornal medio rural y el sueldo mínimo urbano, y que la emigración de jóvenes educados es menor desde las zonas rurales más prósperas con mayor dotación de tecnología agrícola (CEPAL 1996).

La decisión de emigrar de un joven o de una joven rural tiene sentidos radicalmente diferentes en distintas etapas de la transición societal demográfica y ocupacional. Hay evidencias de que en una etapa incipiente de la transición, los hombres jóvenes emigran más, muchas veces para complementar el exiguo ingreso familiar y para ahorrar con el fin de establecer un hogar rural propio. En etapas más avanzadas de urbanización y transición demográfica, las mujeres jóvenes se encuentran más expuestas a nuevas alternativas y posibilidades reales diferentes de la vida de mujer campesina. Parece haber una asociación entre bajos niveles de educación y emigración predominantemente masculina, y una mayor emigración de las jóvenes rurales en contextos de mayores niveles de educación rural. Un caso especial lo presentan los conflictos armados durante los cuales hay más emigración rural masculina, lo mismo que en las oportunidades de migración internacional (como en México).

Otra tendencia generalizada en la discusión sobre emigración rural-urbana de los jóvenes es de lamentar el hecho de la migración misma, como una pérdida para la sociedad y la familia rurales. Sin embargo, esta emigración puede ser buena o mala para el sistema socio-económico rural según la situación específica de cada comunidad y cada familia. En contextos de extrema pobreza, de minifundios crecientemente más fragmentadas y suelos cada vez menos fértiles, la emigración de una parte de cada generación de jóvenes rurales puede contribuir a frenar la creciente pauperización y a restaurar un equilibrio en el medio ambiente humano.

En otros contextos locales, sin embargo, una emigración excesiva o muy selectiva de los jóvenes más emprendedores y más educados, o sesgada hacia un sexo, puede dificultar la reproducción de hogares y de instituciones productivas y comunitarias, dañando el tejido social rural local.

C. Los y las jóvenes rurales trabajan en diversas actividades agrícolas y no-agrícolas

Los datos estadísticos que nos proporciona el procesamiento de las encuestas de hogares ayudan a entender una serie de aspectos muy importantes en las vidas de los jóvenes rurales. Por ejemplo, el empleo productivo: las tasas varían fuertemente de país en país, desde 34% de los jóvenes varones rurales en Chile hasta 91% en Paraguay (Véase Gráfico 1 y Cuadro 2). En todos los países los jóvenes rurales masculinos son económicamente activos a tasas mucho más altos que los urbanos, mientras que entre las muchachas estas diferencias son menores. Claramente, en el caso de los jóvenes rurales, el trabajo y el aporte monetario que ellos realizan es esencial para sacar a sus hogares de la pobreza.

Gráfico 1

Gráfico 1.1 Brasil 1993, zonas rurales. Condición de actividad de los jóvenes varones de 15 a 29 años
Gráfico 1.1 México 1994, zonas rurales. Condición de actividad de los jóvenes varones de 15 a 29 años
Gráfico 1.2 Brasil 1993, zonas rurales. Condición de actividad de las mujeres jóvenes de 15 a 29 años
Gráfico 1.2 México 1994, zonas rurales. Condición de actividad de las mujeres jóvenes de 15 a 29 años

Muchos jóvenes rurales trabajan con sus padres en la finca familiar, pero esta tradición mantiene una fuerza muy variable en diferentes países de la región. Así, en México, la quinta parte de los varones rurales económicamente activos de 20-24 años trabajan en la agricultura familiar, mientras que en Brasil son más de dos quintas partes, es decir el doble de México (Gráficos 2.1 y 2.2). En cuanto a las mujeres, la cifra es 16% para México y 56% en Brasil (Cuadro 3).

Gráfico 2

Gráfico 2.1 Brasil 1993, zonas rurales. Condición de ocupación de los jóvenes varones de 15 a 29 años
Gráfico 2.1 México 1994, zonas rurales. Condición de ocupación de los jóvenes varones de 15 a 29 años
Gráfico 2.2 Brasil 1993, zonas rurales. Condición de ocupación de las mujeres jóvenes de 15 a 29 años
Gráfico 2.2 México 1994, zonas rurales. Condición de ocupación de las mujeres jóvenes de 15 a 29 años

Conforme avanza la edad, la participación en la agricultura familiar evoluciona de manera distinta para hombres y mujeres (Gráficos 2.1 y 2.2). Mientras las mujeres de 25 a 29 mantienen niveles similares a las de 19 en esta actividad , principalmente como mano de obra familiar (antes como hijas, después como esposas), los varones disminuyen fuertemente su participación en la actividad familiar a través de los años, posiblemente por consecuencia de una forma más de exclusión juvenil: la exclusión del acceso a los medios de producción y autoempleo. A los 29 años muchos todavía no reciben la sucesión de la propiedad de la tierra, problema asociado al aumento de la esperanza de vida de la generación paterna y a la gerontocracia ya aludida.

En México, para los varones resulta más importante el trabajo asalariado agrícola fuera del hogar, actividad que ocupa a 24% de los activos, mientras que para Brasil la proporción es de 30%, menor que la proporción en el trabajo familiar.

En México e igualmente en Brasil sólo 5% de las mujeres rurales jóvenes activas se ocupan en trabajos agrícolas asalariados fuera del hogar(4).

Pero quizás lo más sorprendente es la alta proporción de jóvenes rurales que hoy trabajan en actividades no-agrícolas. En México, esta es la situación de 50% de los hombres jóvenes (en ocupaciones que varían desde albañil hasta técnico) y de 78% de las mujeres jóvenes (en actividades que varían desde empleada doméstica hasta maestra de escuela). En Brasil los jóvenes rurales en actividades no-agrícolas siguen siendo minoría, pero una minoría muy significativa: 31% de los hombres y 37% de las mujeres de 25-29.

Otro dato que requiere mayor análisis es el relativo a la proporción de mujeres que no tienen empleo remunerado ni estudian (Gráfico 1). Casi todas ellas se dedican a los "quehaceres domésticos". Esta actividad involucra a menos de la mitad de las muchachas rurales mexicanas de 15-19 años, pero a dos tercios de las que tienen entre 25 y 29 años. Esto puede reflejar una tendencia a retirarse del mercado de trabajo en el momento de casarse. En Brasil dos tercios de las mujeres jóvenes rurales trabajan a esa edad, más del doble que en México, y al contrario del caso mexicano, la proporción va en aumento con la edad.

D. Los y las jóvenes rurales estudian cada vez más

Más de un joven rural varón en cinco sigue estudiando en Brasil a lo 15-19 años, y más de una en tres de las mujeres. Brasil tiene la tasa más alta de la región de jóvenes que estudian a la vez que trabajan, en áreas rurales tanto como urbanas.

El nivel educacional de los jóvenes rurales de hoy los eleva muy por encima de la errada visión estereotipada de un analfabetismo funcional generalizado. La proporción de analfabetos funcionales (con 0 a 3 años de estudio aprobados) baja sostenidamente en todos los países (Gráfico 3), independientemente de coyunturas, de ciclos económicos y de "décadas perdidas". En consecuencia, las juventudes rurales tienen tasas de analfabetismo entre la mitad y un tercio de la generación de sus padres.

Sin embargo, la situación del analfabetismo funcional es heterogénea, y sigue siendo una lacra grande para los jóvenes rurales en algunos países. Mientras que en Chile sólo el 4% de los varones de 20-24 y el 3% de las muchachas rurales tienen menos de 4 años de estudio, en el Brasil esta condición afecta al 49% de los varones y al 39% de las mujeres rurales jóvenes(5). En el caso de los jóvenes rurales mexicanos, el 27% de los varones y el 21% de las mujeres son analfabetos funcionales. Como se ve en este y otros indicadores, en América Latina las mujeres rurales están superando el secular rezago que habían sufrido en el acceso a la educación formal.

Lo que sepulta definitivamente el estereotipo de una juventud rural sin educación es el dato sobre los que tienen siete o más años de educación aprobados (Gráfico 4) -nivel que corresponde en casi todos los casos a una educación de nivel medio o mejor-. En Chile, entre los jóvenes rurales de 20-24 años, 74%, tanto varones como mujeres, han alcanzado este nivel avanzado de educación. En México, las cifras correspondientes son 42% y 39%, respectivamente. En Brasil, 19% de los varones y 23% de las mujeres jóvenes tienen siete o más años de educación aprobados. La educación sigue siendo una fase que termina en la primera juventud, pero cada año va mejorando el perfil educativo de la juventud rural en toda la región.

1. La educación como recurso propio en el proyecto de vida

La educación es reconocida como el recurso clave para aumentar la competitividad a nivel de país, permitiendo competir exitosamente en la economía globalizada. Pero es también un capital propio, una herramienta que adquiere el o la joven, y no sólo un aspecto del crecimiento del producto bruto del sistema económico nacional.

En términos generales, como lo señala Reuben (1990, p. 52), un mayor conocimiento formal le permite al joven o a la joven rural aportar a su familia y comunidad y mejorar la relación con el mundo exterior; por otra parte, el mayor conocimiento tiene gran importancia en los recursos para sus propias estrategias de vida personales.

¿Cómo toma un joven rural la determinación, en un caso concreto, de hasta qué nivel sigue asistiendo a la escuela? Aunque la respuesta varía mucho, de país en país y de familia a familia, en gran medida esta decisión es tomada de hecho por los padres, ya que la mayoría de los niños rurales abandonan la escuela antes de tener autonomía de decisión sobre su futuro. Cada vez más, sin embargo, y en cada vez más ambientes nacionales y locales, los estudios secundarios están empezando a constituirse en una opción real para la juventud rural, a una edad en que elaboran sus propias definiciones de aspiraciones, expectativas y planes reales.

Los datos revelan importantes diferencias entre las juventudes rurales de uno y otro país latinoamericano en cuanto al número de años de estudio aprobados (Gráficos 3 y 4). En general estas diferencias corresponden a etapas históricas diferentes en cuanto a la expansión de la cobertura de educación gratuita en el territorio rural. Algunos países están todavía en una etapa en que la cobertura estable en pequeñas localidades rurales es débil y reciente, y -como se ha señalado arriba- la mitad o más de los jóvenes todavía tienen 0 a 3 años de estudio aprobados. Guatemala, Brasil y Honduras son ejemplos de esta situación. En estos contextos, la mayoría de los jóvenes rurales han incorporado en sus estrategias sólo un mínimo de educación formal antes de dedicarse exclusivamente (sea por voluntad propia o por decisión de los padres) al trabajo remunerado o a los quehaceres domésticos.

En otros países, la educación primaria completa ya es una meta factible, por la oferta gubernamental y también porque ha sido internalizada como norma por parte de padres e hijos. La incorporación de los ciclos superiores de educación formal en las estrategias de los jóvenes rurales es difícil de detectar con los datos disponibles, ya que muchos de los educandos de nivel secundario terminan residiendo en los centros urbanos (y escapan de las encuestas rurales). No obstante, no sólo en México sino también en países como Costa Rica, Panamá y Venezuela entre el 25% y 50% de los adultos jóvenes residentes en zonas rurales ya tienen 7 o más años de estudio aprobados.

2. Educación y estrategia de vida del joven varón

Hay grandes diferencias entre jóvenes rurales varones y mujeres, tanto en términos de los determinantes de su asistencia o su retiro de la educación formal como en términos de las formas de acceder al conocimiento fuera de la escuela. En cuanto a los varones jóvenes, hay una inesperada falta de correlación entre el nivel de ingreso del hogar y la tasa de asistencia escolar. Esto contradice la hipótesis que los hogares pobres tienen menos posibilidades y motivaciones para que sus hijos se eduquen (CEPAL, 1990). Aún más, la correlación entre asistencia de jóvenes varones y la cantidad de tierra que tienen los padres parece ser más bien negativa (Palau y Caputo, 1994).

Aparentemente, la necesidad de usar la fuerza de trabajo de los hijos varones en los cultivos es un criterio determinante para la familia con tierra, más que el eventual aumento potencial del ingreso por mayor logro escolar. Parece que, entre los jóvenes rurales de sexo masculino, la educación sería parte importante de una estrategia de vida sobre todo de aquéllos varones que tienen pocas expectativas de heredar tierras.

3. Educación y estrategia de vida de la joven rural

Para la mujer rural joven, al igual que la migración, la educación formal toma un nuevo significado libertador. Pero para ser "algo más" que una ama de casa campesina, no basta con migrar, porque sin educación la migrante está condenada a una condición de ninguna manera superior: la de sirviente doméstica. Como lo expresa Madeira (1985, p. 167) para el caso brasileño, opera fuertemente "la ideología del ascenso social por la vía de la escolaridad". La escuela, por lo demás, "ofrece status y posibilidades de sociabilidad inmediatas... de pertenecer a una cultura joven" (Madeira 1985). Este último valor de la escuela es subrayado también por Valdés para Chile (1985, p. 284): "la escuela es el único medio permitido para la mujer joven de estar incluida en la sociedad, de participar en su comunidad".

En las últimas décadas se ha invertido el privilegio educacional de los varones en el campo latinoamericano. Las mujeres mayores tienen perfiles educacionales inferiores a los varones; esta desventaja se mantiene en unos pocos países con fuerte presencia indígena como Guatemala. En la gran mayoría de países, sin embargo, las mujeres jóvenes rurales muestran menos analfabetismo y más años de educación que los muchachos. Diversas evidencias indican que el mayor aumento de la educación entre las muchachas que entre los muchachos rurales refleja una estrategia de intentar acceder a ocupaciones no-agrícolas en las áreas urbanas (Véase también la sección sobre migración, arriba).

A pesar de su menor educación, las madres son un apoyo importante para las hijas en sus esfuerzos por educarse. Como señala Valdés:

"...las mujeres son individuos que están percibiendo los efectos de los cambios sociales y económicos de la sociedad en que viven....arrastran toda la carga de su rol doméstico y de un trabajo agobiante, repetitivo, enclaustrante y carente de satisfacciones...[las madres de hoy] financian con gran esfuerzo cualquier proyecto de vida de sus hijas que les signifique la adquisición de herramientas de trabajo y autonomía: estudios, profesión, títulos" (Valdés, 1985, p. 277).

4. Impactos de la educación en las relaciones entre el o la joven y su hogar

Si bien la educación permite al o a la joven rural mejorar su productividad en el trabajo, y así contribuir a aliviar la pobreza de su hogar de origen, también le permite ejercer mayor subjetividad y protagonismo, en contra de la tradicional autoridad paterna. Sobre todo se toma en cuenta que muchos jóvenes traban fuera del predio familiar, el origen autónomo de estos ingresos juveniles aumenta la probabilidad de conflicto con los padres sobre el destino de los aportes en dinero que hacen los jóvenes y sobre quien controla esos usos.

Por lo demás, la educación invariablemente expone al joven a nuevas ideas, tanto de visión del mundo como de valores éticos y derechos, diferentes de las ideas tradicionales campesinas al respecto. Le modifica la concepción del mundo, lo que lleva frecuentemente al conflicto con instancias sociales importantes del medio en que los jóvenes viven. Aumentan los desafíos juveniles a la gerontocracia en la comunidad, frente a nuevos retos de democratización, descentralización y competitividad.

Sin embargo muchos padres y dirigentes adultos valoran el aporte que pueden hacer los hijos a partir de sus conocimientos adquiridos, y están dispuestos a ceder parte de su autoridad y hasta de su propiedad por voluntad propia.

En el pasado la decisión de seguir o dejar la educación primaria se tomaba por parte de los padres durante la etapa de la infancia del sujeto. Pero crecientemente esta decisión corresponde a la etapa juvenil, ya que con la prolongación de los estudios se empieza a llegar a niveles de educación secundaria, cuando el sujeto es capaz de elaborar estrategias propias.

E. Los jóvenes rurales se casan a diferentes edades

Ya se ha cuestionado aquí la generalización de que todos los jóvenes rurales se casan muy tempranamente y se convierten en adultos en ese momento. En realidad, la proporción de jóvenes que todavía siguen siendo solteros (no casados ni en uniones consensuales) entre la población rural de 20 a 24 años de edad varía -para 1990 a 1994- desde 36% en Guatemala, pasando por un 47% en Honduras, 56% en Venezuela, y un 59% en Costa Rica, hasta un 66% en Chile.

Estos promedios, además, esconden diferencias importantes en la proporción de solteros entre hombres y mujeres de la misma edad. En el Brasil, el 56% de los jóvenes rurales siguen siendo solteros a los 20-24 años: 41% de las mujeres y 70% de los jóvenes hombres, quienes suelen casarse a mayor edad y con mujeres más jóvenes que ellos.

Lejos de formar parejas al alcanzar la capacidad biológica reproductiva, la juventud rural en general vive la constitución de un matrimonio como un proceso gradual en el cual están involucrados los padres y otros parientes, y que no les significa una autonomía absoluta en el momento de casarse. Aún después de casados, una proporción importante vive un período más o menos largo en el hogar paterno (i.e., cuyo jefe es generalmente el padre del joven marido: la residencia virilocal). Solamente una pequeña minoría de jóvenes rurales son "autónomos" en el sentido de ser jefe de su propio hogar, antes de cumplir 25 años de edad (Gráfico 5).

La proporción de hombres jefes de su propio hogar es de sólo 28% en el Brasil a los 20-24 años (poco más que sus pares urbanos, i.e. 23%), y aún menor en otros países de la región (Gráfico 5). En el Brasil, el 8.5% de los hombres rurales emparejados no son jefes de sus propios hogares a los 20-24 años, residiendo en su mayoría con sus padres.

En el Gráfico 5, destaca la alta proporción de mujeres rurales brasileñas de 20-24 años que son cónyuges de jefes de hogares autónomos: 52% (el 2% son jefas). Esta es la mayor tasa de los ocho países latinoamericanos para los cuales hay datos, y casi el doble de la proporción de jefes masculinos de esa edad. Refleja la tendencia a formar parejas con hombres mayores; de todas maneras, unido a la mayor emigración femenina, significa que hay 979.000 solteros de 20-24 en el campo del Brasil, y sólo 547.000 solteras de la misma edad (Véase Cuadro 4).

La conformación de pareja y de un hogar es un proceso incipiente para gran parte de la población rural juvenil; trunco y frustrado para algunos.

Hasta hace muy poco, en gran parte de las zonas rurales de la región, la elección de un cónyuge era una decisión en que participaban más los padres y los hombres mayores de su grupo de descendencia, que los mismos jóvenes protagonistas del potencial matrimonio. En algunas comunidades campesinas andinas, cualquier matrimonio era y sigue siendo una alianza entre familias, que implica una serie de intercambios y acceso a tierras (Durston 1996 y Sánchez Parga 1982).

Hoy en día, la juventud rural en la región suele tener mayor libertad para elegir según sus sentimientos y su propia percepción de sus intereses a la persona con quién se casa. Pero tampoco han renunciado los padres al derecho a opinar sobre (y oponerse a un matrimonio temprano, con una persona muy pobre o con una de fuera del medio local). El mismo lugar de residencia de la joven pareja es determinada en gran parte por los lazos de trabajo y las estrategias complementarias del varón y su padre. En muchas culturas campesinas, si la familia del varón tiene poca tierra y si la esposa no tiene hermanos grandes, la residencia puede ser uxorilocal ("donde la mujer") -un ejemplo evidente de negociaciones entre la pareja y las dos familias en socialización-.

El matrimonio se relaciona con otros objetivos de las estrategias de vida y con los recursos para su consecución. Por un lado, el matrimonio suele interrumpir la educación formal. Por otro, que una familia campesina tenga suficiente tierra puede permitir a los hijos e hijas casarse más temprano. La migración puede verse inhibida por el matrimonio; pero en algunos medios, como las zonas altas de Ecuador y de Guatemala, el matrimonio en comunidades con pocas tierras puede ser una causa de la migración temporal, mientras el hogar joven no acumule los recursos para su reproducción.

El matrimonio también puede estar asociado -junto con la educación y la migración- a una estrategia de escape de la dura realidad de pobreza rural. Para la joven campesina, el empleo asalariado en el sector moderno agroindustrial, de maquila o en una ocupación no-manual, es atractivo en parte y porque abre posibilidades de casarse en un medio distinto al de la pobreza rural, anhelo fomentado también por los modelos de vida deseables promulgados por los medios de comunicación masiva.

En la mayoría de los casos, esta alternativa es más un sueño que una realidad. Por otro lado, muchas jóvenes esperan encontrar en el matrimonio dentro del medio campesino un relativo y alcanzable aumento de su autonomía, al convertirse ellas mismas en amas de su propia casa. Universalmente, las jóvenes campesinas se casan a edades más tempranas que sus pares masculinos, en parte porque son los hombres mayores los que han podido consolidar una estrategia de ingreso que les permite mantener una pareja.

F. La juventud rural participa en organizaciones

Una de los eslabones claves del síndrome de exclusión social es la falta de participación como actor social que afecta a los excluidos. El carácter pasajero de la condición juvenil, sumado al deseo de ser adulto y salir de la dependencia, es un obstáculo más a la movilización de jóvenes en todo contexto socio-cultural. Pero por otro lado, los intereses y proyectos generacionales pueden unir y motivar a personas de una misma cohorte en forma más sostenida. Por lo demás, muchos jóvenes desarrollan un fuerte sentido de identidad local y regional, base potencial de la movilización como actor colectivo.

Se suele suponer que la participación de los jóvenes rurales en organizaciones formales es prácticamente nula, y que esto constituye un obstáculo para el trabajo promocional con ellos y para su potenciación ("empowerment") como agentes del desarrollo rural. Este supuesto toma en cuenta la distancia entre hogares rurales dispersos, la carga de trabajo juvenil y el conservadurismo de los padres al respecto.

Existe, sin embargo, un gran potencial para la organización y la movilización, en las redes informales de amistad entre jóvenes rurales, los cuales frecuentemente se han conocido todas sus vidas. Por otro lado, las escasas evidencias indican que los jóvenes rurales, si bien tienen una participación minoritaria en organizaciones formales, participan en ellas más que sus pares urbanos. Las organizaciones y actividades más frecuentes son clubes deportivos para los varones y grupos religiosos para las mujeres, seguidos por clubes de jóvenes agricultores (tipo 4-H o 4-S) y por ramas juveniles de cooperativas (datos de la Red de Juventud Rural del Cono Sur (REJUR); Espíndola y Romero 1994; y INJ/Chile 1996).

La participación en organizaciones es un primer intento para visibilizar a la juventud rural. Al descubrir su existencia se puede llamar la atención sobre los cambios que vive, dar cuenta de su diversidad y desconstruir los estereotipos existentes.

 

 

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(4) Los datos estadísticos correspondientes a México provienen de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIG). Los de Brasil son de la Pesquisa Nacional para Amostra de Domicilios (PNAD) del Instituto Brasileiro de Geografía e Estadística (IBGE).
(5) Datos de 1995.

 

 

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