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Esto no es posible sin la incorporación sistemática
de la dimensión de género precisamente porque el género
es un elemento constitutivo de las relaciones sociales en cuanto
expresa el conjunto de características psicológicas
y culturales, las funciones y los roles que una sociedad dada adjudica
a los hombres y a las mujeres y, a partir de las cuales, valora
y jerarquiza sus actividades.
Es decir, el género es un instrumento de análisis
que muestra a las personas situadas y condicionadas socialmente,
revela las relaciones y la distribución de poder y recursos
entre unos y otras y, por tanto, constituye una dimensión
de base sobre la cual actúan las otras dimensiones generadoras
de diferencias: etnia, edad, nivel educativo, ingresos, condición
rural o urbana, etc. Es decir, los frenos y transformaciones en
el ámbito de género influyen en los otros condicionamientos
sociales y viceversa.
Por ello, la transversalización de la perspectiva
de género es una condición para mejorar la pertinencia
y equidad de las políticas. Transversalizar género
quiere decir visualizar y tomar en cuenta, en todas las dimensiones
y factores del proceso de desarrollo, las singularidades, los obstáculos
y las limitaciones para la participación y valoración
de los aportes de mujeres y varones. A partir de esa consideración,
también implica diseñar e implementar acciones para
superar las desigualdades y discriminaciones de partida que afectan
a las mujeres.
La incorporación del enfoque de género en el desarrollo
rural es especialmente determinante por cuanto se trata de territorios
más tradicionales e intensamente afectados por los contrastes
y por las inequidades entre hombres y mujeres en el acceso y distribución
de los recursos y de los beneficios del desarrollo y porque, dadas
las condiciones y la organización de la producción
y de la vida doméstica, el grado de aislamiento que padecen
las mujeres es muy elevado.
Entre sus objetivos, la equidad de género busca que las
mujeres puedan expresar sus necesidades y desarrollar su potencial
en la casa y en la comunidad entera. Por su parte, el desarrollo
rural es una perspectiva del progreso que se vincula de forma cada
vez más contundente con la del desarrollo local. Ello requiere
de un planteamiento colectivo de cambio social a mediano y largo
plazo y de la promoción de conexiones y redes entre todos
los protagonistas con el fin de crear una dinámica endógena,
integrando lo social y lo económico en un enfoque global.
En ese escenario, y a título de mero ejemplo, promover una
participación y representación femenina mayor en organizaciones
rurales, fuertes e independientes, puede constituir un medio eficaz
de asegurar un desarrollo sostenible y socialmente igualitario.
En síntesis, no parece posible pensar en la actualidad en
un desarrollo rural eficiente y en el combate a la pobreza y la
exclusión sin una valoración más igualitaria
y justa de los aportes y roles de las mujeres y de los hombres,
sin la eliminación de las desigualdades en el acceso y en
la toma de decisión sobre los recursos así como en
los beneficios logrados y, por ende, sin reforzar las posibilidades
y derechos de las mujeres rurales.
Los documentos y enlaces a otras
páginas web que se presentan a continuación tienen
por finalidad profundizar en las razones y beneficios de un enfoque
de género en el abordaje de la problemática del medio
rural
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