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ECONOMÍA
INFORMAL Y GÉNERO
Pese a haber sufrido varias transformaciones, la división
sexual del trabajo, mantiene la asignación casi exclusiva
a las mujeres de las tareas domésticas, reproductivas y de
cuidado del hogar y la familia. A ello se suman los cambios sociales
y demográficos que se están produciendo, como la migración,
el aumento de las tasas de divorcio, el incremento de la cantidad
de mujeres jefas de familia, etc. Los efectos de esta división
se expresan en una sobrecarga de trabajo sin reconocimiento social,
ausencia de tiempo disponible para capacitación y recreación,
deficiente acceso a los sistemas de información, limitando
las opciones de ingreso al mercado laboral, las posibilidades de
participar en la vida social y política, y de tomar decisiones.
Estas, entre otras, son algunas de las causas por las cuales las
mujeres suelen ser mayoría en el desempeño de las
actividades informales.
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En el año 2001, el 49,7% del empleo femenino era informal,
mientras para los hombres esta cifra fue de 43,8%. A su vez, al
interior de la economía informal, las mujeres se concentran
en las categorías más inestables, desprotegidas y
precarias por lo que las condiciones de su inserción son
aún inferiores a la masculina. Asimismo, son más proclives
a vincularse como empleadas en unidades económicas de pequeña
escala, donde su contribución es invisible y casi no se las
tiene en cuenta. También es frecuente que se dediquen a actividades
agrícolas, que en muchos países de la región
ni siquiera son consideradas dentro de los sistemas estadísticos.
Al interior del sector informal el trabajo a domicilio, el trabajo
por cuenta propia y el trabajo doméstico son las categorías
proporcionalmente más importantes en el total de mujeres
trabajadoras. El trabajo a domicilio ofrece a las mujeres la mejor
posibilidad de compatibilizar sus responsabilidades domésticas
y familiares con actividades remuneradas. A las tradicionales tareas
correspondientes al sector textil y de la confección, se
agregan ahora los nuevos servicios tecnológicos (ventas telefónicas,
consultorías, Internet, etc.), las fases productivas manufactureras
terciarizadas, maquila de bajo porte y otras vinculadas al traslado
al ámbito productivo de muchas de las actividades domésticas,
lo que genera un espectro altamente heterogéneo tanto en
las condiciones y ritmos como en los requerimientos educativos y
formativos. En las actividades que requieren mayor intensidad tecnológica
y calificación existen mejores condiciones, como ser, la
existencia de un contrato escrito, beneficios y prestaciones sociales
similares a quienes trabajan en la empresa y remuneraciones competitivas
con el mercado local. Para la mujer, el trabajo a domicilio es también
en el domicilio, lo que hace que los límites entre el trabajo
remunerado y las ocupaciones domésticas se tornen difusos.
Los hombres en cambio, se desempeñan mayoritariamente en
un lugar especial de trabajo, aunque sea junto a su vivienda y normalmente
tienen un ayudante lo que hace que la jornada no sea tan extensa.
Las trabajadoras por cuenta propia fueron quienes lideraron de manera
rotunda el crecimiento, generando 9 de cada 10 nuevos puestos para
las mujeres.
En los sectores con menos exigencias de calificación, se
concentran las condiciones de mayor inestabilidad y desprotección
social. En general, los contratos son verbales y no contemplan ningún
tipo de protección social ni ingreso mínimo y la remuneración
es por pieza o a destajo y contra entrega. Por su parte, el trabajo
doméstico (categoría que cuenta con los niveles más
bajos de remuneración y protección social dentro del
sector informal) da cuenta del 22% de los nuevos empleos para mujeres
generados entre 1990 y 1998. Por ello, al igual que en las otras
dimensiones y estrategias de las políticas de formación,
en lo que hace a la economía informal la incorporación
de la perspectiva de género es fundamental para mejorar su
calidad y pertinencia.
El análisis de género de la economía informal
no se limita a identificar diferencias entre varones y mujeres sino
que aborda el conjunto de dimensiones que intervienen en las relaciones
sociales y, a partir de ellas, los ajustes que deben realizar las
políticas e instituciones para alcanzar metas equitativas.
La mirada de género ayuda a interpretar los datos, a crear
nuevos indicadores y a sugerir cómo pueden reducirse las
brechas existentes.
Los materiales que se presentan prentenden colaborar en el análisis
y la reflexión para un abordaje o lectura del mundo laboral
informal que incorpore el enfoque de género.
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