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Fecha de actualización:
27/11/2008

 

 


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EL PESO DEL GÉNERO EN LA EMPRESA
María Elena Valenzuela
http://www.oit.org.pe/portal/especial.php?secCodigo=81

 

En los últimos años se ha producido un notable aumento en el número de mujeres que está iniciando su propio negocio, aprovechando nuevas oportunidades económicas para crear empresas.

Un reciente estudio de la OIT destaca importantes avances en los empeños de las mujeres profesionales en América Latina por romper el invisible “techo de cristal” que limita su evolución laboral. Así, la OIT subraya que, en general, los países latinoamericanos y de Europa Oriental tienen una mayor proporción de mujeres en puestos profesionales y de dirección que los países asiáticos y africanos. “En América Latina - dice el informe - las mujeres ocupan entre el 25 al 35 por ciento de las posiciones profesionales y de dirección”, un porcentaje inferior al de los Estados Unidos (45.9 por ciento) pero muy superior al de Japón (8.9 por ciento), Pakistán (8.7 por ciento) y Arabia Saudita (0.9 por ciento). Asimismo, las mujeres son propietarias de 1/4 a 1/3 de todas la microempresas y las pequeñas y medianas empresas de la región (PYMES) y su participación continúa aumentando. En las últimas dos décadas, el número de mujeres en el sector empresarial aumentó del 22 al 48 por ciento.

Ellas están haciendo en cada país una contribución significativa a la creación de empleo y generación de la riqueza. Además, realizan un aporte significativo a la manutención y el bienestar de sus familias y sus ingresos han permitido a muchos hogares salir de la pobreza. El desarrollo de sus capacidades emprendedoras en oportunidades de negocio ha sido también una vía para el “empoderamiento” de las mujeres, a través de la adquisición de mayores habilidades y conocimientos, confianza en si misma y autoestima, reforzando su capacidad para incidir en las decisiones al interior de la familia y la comunidad.

El perfil de las emprendedoras es muy heterogéneo. En su mayoría tienen entre 30 y 45 años, pero algunas son más jóvenes y otras mayores. Casi todas tienen hijos y alrededor de un tercio son jefas de hogar. Muchas provienen de familias de emprendedores, y es justamente en el negocio familiar donde han aprendido a desarrollar estas habilidades. La forma en que organizan su negocio, el tiempo que le dedican, así como el sentido que le dan al trabajo es muy variada, al igual que la forma en que enfrentan las oportunidades y limitaciones del entorno. Un grupo importante de emprendedoras pertenece a hogares pobres, tiene bajo nivel educativo y trabaja en actividades que realiza por su cuenta o con el apoyo de algunos de sus hijos. No están en condiciones de manejar todos los recursos (crédito, fuerza laboral, trabajo familiar, su propio tiempo) necesarios para manejar con éxito su negocio. Operan con un capital mínimo y obtienen escasos ingresos. Su motivación y capacidad de emprendimiento está en directa relación con la necesidad de asegurar el ingreso familiar. Un segundo grupo corresponde a mujeres que tiene un negocio más consolidado, ha logrado acumular una base de capital y un nivel de ventas que les permite proyectarse en el tiempo. Oscilan entre el trabajo independiente y la contratación de apoyos temporales –generalmente familiares o vecinos- en períodos de mayor demanda. Un tercer grupo está conformado por mujeres con fuerte vocación, capacidades y habilidades emprendedoras, y aunque su nivel educativo es diverso, cuentan en general con una dotación de capital social que les permite acceder a redes, contactos e información para aprovechar las oportunidades de mercado. Cuentan con un plan de negocio, metas y estrategias para alcanzarlas, logrando posicionarse en los segmentos de empresas pequeñas y medianas.

A pesar de su gran empuje, las mujeres todavía enfrentan, una serie de desventajas que les impide desarrollar todo su potencial emprendedor. A pesar de los grandes avances de los últimos años, la mayoría de los propietarios de empresa todavía son hombres y muchas empresarias se quejan que deben luchar con estereotipos sexistas y prácticas discriminatorias que dificultan su labor. Ellas se ubican mayoritariamente en empresas muy pequeñas, principalmente en negocios unipersonales o en microempresas. Así, a medida que aumenta el tamaño de la empresa, disminuye la proporción de empresarias. A pesar de que diversos estudios han demostrado que ellas tienen un manejo eficiente de sus negocios, los niveles de venta que alcanzan son en promedio más bajos que los de los hombres. Esto se debe al menor tamaño de sus empresas y sus mayores dificultades para acceder a recursos financieros, entre otros factores. Las mujeres cuentan con menores recursos para crear sus empresas y esta brecha en el capital inicial tiende a mantenerse en el tiempo, incidiendo en una escasez de activos y precariedad tecnológica. Aunque hay mujeres –especialmente jóvenes- que están ingresando a sectores no tradicionales, la mayoría se concentra en una gama limitada de rubros, muy competitivos, saturados y poco productivos, especialmente en el sector de servicios tradicionales y en el comercio a muy pequeña escala.

La gran mayoría de las emprendedoras combinan el manejo de sus empresas con las tareas domésticas y familiares. Muchas enfrentan tensiones para combinar los roles de trabajo y familia, especialmente en las etapas iniciales del negocio, que requieren de mayor dedicación, o cuando los hijos son pequeños y requieren de mayor atención. Debido a esto, muchas mujeres deben adaptar el manejo del negocio a las necesidades de la familia. Una de las estrategias es instalar una empresa que opere desde la vivienda. Esto les permite aprovechar mejor su jornada al evitar tiempos de traslado a otro lugar de trabajo; menores costos debido al ahorro de un arriendo; mayor flexibilidad y control sobre la organización del tiempo y mayores facilidades para combinar la actividad laboral con las tareas domésticas y cuidado de los niños. Sin embargo, también enfrentan un mayor grado de aislamiento, dificultades para poner un límite claro entre el tiempo de trabajo y el de descanso, y en ocasiones, falta de condiciones apropiadas para trabajar.

La lógica de equidad social y eficiencia económica que respalda la agenda de Trabajo Decente de la OIT, indica que es necesario generar políticas que contrarresten las desventajas de género y mejoren las oportunidades de las mujeres para crear empresas y hacerlas crecer. Para esto, es necesario fomentar desde el sistema escolar una cultura que valore el potencial de las niñas y apoye el desarrollo de sus capacidades emprendedoras.

Las políticas deberían considerar como objetivo explícito el empoderamiento de las mujeres emprendedoras. Las medidas más importantes, deberían considerar servicios de desarrollo empresarial dirigidos específicamente a apoyar la diversificación de los rubros en que concentran sus actividades, a fin de que accedan a sectores con escasa presencia de mujeres y con mayor potencial de crecimiento y productividad. Para esto requieren de información sobre mercados emergentes y capacitación para llegar a ellos con el nivel requerido.

El aumento de la productividad de empresas a cargo de mujeres tiene dos pilares. Por una parte, es necesario ampliar su acceso a servicios financieros expeditos, y a los montos y modalidades de pago adecuadas a sus necesidades. Se requiere superar las barreras que aun persisten limitando su acceso al crédito, a pesar de la normativa antidiscriminatoria y su baja tasa de morosidad. En segundo lugar, es preciso apoyar la innovación y transferencia tecnológica, poniendo especial atención en el acceso y uso por parte de las mujeres de las tecnologías de información y comunicación y desarrollando esfuerzos especiales por cerrar la brecha de género en el área digital.

Las responsabilidades familiares inciden en el quehacer de las emprendedoras y requieren de medidas para aliviar la carga doméstica y fomentar una distribución más equitativa de las tareas y responsabilidades familiares. Además de generar servicios de cuidado para hijos pequeños mientras ellas trabajan, se deben ampliar los sistemas de protección social a fin de cubrir las contingencias de carácter familiar (maternidad, enfermedades de otros miembros del hogar) que requieren de su tiempo y dedicación. Para aquellas que trabajan desde su casa, sería necesario desarrollar medidas que les permita superar el aislamiento y conectarse a los mercados, revisar el marco regulatorio a fin de facilitar el trabajo desde la vivienda, flexibilizar los requisitos de las instituciones crediticias ya que el mejoramiento del equipamiento doméstico también incide en los resultados del negocio.

Fuente: http://www.oit.org.pe/portal/especial.php?secCodigo=81


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