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I Papel de la formación profesional y técnica en la promoción de la equidad de género Entre las escasas certezas de las que se dispone en los tiempos actuales, quizás la que cuenta con mayor unanimidad de criterios refiere a una concepción del Desarrollo Humano que pone a las personas como centro y meta del mismo y, para ello, otorga a la educación en general y a la formación profesional en particular un rol protagónico en el proceso de expansión de las oportunidades y en el esfuerzo por disminuir y si es posible erradicar - todas y cada una de las manifestaciones de la exclusión social, entre las que -sin duda- las que atañen a la mujer y, en especial al empleo femenino, adquieren una significación incuestionable. El desarrollo económico y social no puede ser asegurado de manera sostenible sin que haya total participación, consciente y efectiva de las mujeres y sin embargo continúan imponiéndoseles restricciones, segmentaciones y sobreexigencias que obturan su acceso al empleo y al desarrollo profesional y personal lo que constituye uno de los más extendidos e irritantes mecanismos limitantes del ejercicio pleno de la ciudadanía. Si bien cada persona es singular y única, sus conductas y experiencias están condicionadas e influidas por las distintas posiciones sociales que ocupa, por su género, por su procedencia social y económica, por su cultura, por su edad. Hombres y mujeres se desarrollan a través del tiempo mediante procesos complejos de socialización en los que las representaciones sociales sobre lo femenino y masculino, los mensajes e ideales diferenciados transmitidos a mujeres y hombres en los distintos espacios sociales, las normas, las leyes, las políticas del Estado y la división sexual de tareas tienen carácter determinante en la construcción de experiencias sociales y subjetividades diferentes para cada sexo. Ello genera un reto fundamental para la educación que tiene que ver con su contribución a eliminar los condicionamientos sociales que impiden a mujeres y hombres desarrollar plenamente sus sentimientos, capacidades, expectativas. Hombres y mujeres conviven en este mundo y comparten muchas veces otras experiencias de discriminación; hombres y mujeres son campesinos, indígenas, jóvenes, viejos o negros. La equidad de género aspira a mejorar las relaciones entre estas dos partes de la humanidad, sin que signifique postular una identidad de sexos. Se trata de una cuestión de derechos humanos y una condición de justicia social e implica estimular que los hombres participen con igualdad de deberes y derechos en el mundo privado, de los afectos y de la familia, y las mujeres participen y se comprometan más con el mundo público y con la construcción societaria en un proceso de transformación cultural. Ampliar las posibilidades de desarrollo humano para todas las personas es construir una cultura de la paz en el mundo. De ahí la necesidad de generar, desde las instituciones educativas, políticas activas que den prioridad a las oportunidades educacionales de las mujeres, respetando su diversidad y eliminando prejuicios y estereotipos, promoviendo y mejorando la formación profesional y la educación técnica de la mujer en el entendido que, a través de estas políticas, no sólo se puede alcanzar el mejoramiento de las posibilidades y del desarrollo femenino sino promover el progreso social y económico general. (volver)
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