Introducción
Actualmente,
las mujeres constituyen casi la mitad del total mundial de migrantes
internacionales: 95 millones. No obstante, pese a que contribuyen a
la reducción de la pobreza y a economías que luchan por
desarrollarse, sólo recientemente la comunidad internacional
comenzó a percatarse del significado de lo que pueden ofrecer
las mujeres migrantes. Y sólo recientemente los encargados de
formular políticas comenzaron a reconocer las particulares dificultades
y los riesgos que las mujeres enfrentan cuando se aventuran rumbo a
nuevas tierras.
Cada año, millones de mujeres que ocupan millones de empleos
en el extranjero envían centenares de millones de dólares
en remesas a sus hogares y comunidades de origen. Esos fondos van a
saciar bocas hambrientas, vestir y educar a los niños, costear
servicios de salud y, en general, mejorar los niveles de vida de los
seres queridos que quedaron atrás. Para los países anfitriones,
el trabajo de las mujeres migrantes está tan imbricado en la
trama misma de la sociedad, que casi no se percibe. Las mujeres migrantes
realizan duros trabajos en los hogares de familias de trabajadores,
atienden a los enfermos y reconfortan a los ancianos. Aportan sus conocimientos
técnicos y profesionales, pagan impuestos y apoyan calladamente
una calidad de vida que muchos dan por sentada.
Durante mucho tiempo, la cuestión de las mujeres migrantes ha
ocupado un lugar poco prominente en la agenda de las políticas
internacionales. Hoy, el mundo tiene una oportunidad sin par de cambiar
esta situación: por primera vez, representantes de gobiernos
de todo el mundo asistirán a un período extraordinario
de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas dedicado especialmente
a la migración. El Diálogo de alto nivel de 2006 dedicado
a la migración internacional y el desarrollo ofrece una oportunidad
de importancia crítica para velar por que se escuchen las voces
de las mujeres migrantes. El reconocimiento explícito de las
necesidades humanas de las mujeres y la necesidad de lograr la igualdad
entre hombres y mujeres es un requisito básico de cualquier marco
normativo racional, equitativo y eficaz que trate de encauzar la migración
de manera ordenada y humana.
Los beneficios son recíprocos. Para muchas mujeres, la migración
abre las puertas de un nuevo mundo donde hay más igualdad y menos
opresión y discriminación que limite la libertad y coarte
las oportunidades. Para los países de origen y para los de destino,
la contribución de las mujeres migrantes puede literalmente transformar
la calidad de vida. Sin embargo, esta dedicación entraña
un costo, puesto que la migración también tiene un costado
sombrío.
Desde la esclavitud contemporánea que padecen las víctimas
de trata hasta la explotación a que están sometidas muchas
trabajadoras domésticas, millones de mujeres migrantes enfrentan
peligros que dan pruebas de la falta de oportunidades adecuadas para
migrar sin riesgo y en condiciones legales. La trata no sólo
es una de las manifestaciones más horrendas de la migración
descarrilada; también menoscaba la seguridad nacional
y la estabilidad de los países. La débil cooperación
multilateral y la falta de formulación, aplicación y cumplimiento
de políticas y medidas encaminadas a proteger a las mujeres migrantes
contra la explotación y los abusos, redundan en que son las más
vulnerables quienes pagan, a veces con sus propias vidas.
La demanda de mujeres migrantes ha llegado a una magnitud sin precedentes,
y va en aumento. Las barreras innecesarias y discriminatorias, sumadas
a la insuficiente protección de los derechos humanos y laborales,
ni benefician a las familias ni convienen a los países, así
como tampoco a los centenares de miles de mujeres expuestas a condiciones
y abusos intolerables.
Desde el decenio de 1990, los gobiernos han considerado la migración
internacional en diversas conferencias de las Naciones Unidas. Una de
las principales es la Conferencia Internacional sobre la Población
y el Desarrollo (CIPD) celebrada en 1994. En 2004, al celebrarse el
décimo aniversario de la CIPD, el Programa de Acción seguía
siendo uno de los principales y más completos acuerdos gubernamentales
mundiales jamás establecidos sobre migración internacional
y desarrollo. Entre los compromisos fundamentales que asumieron, los
gobiernos convinieron en abordar las causas profundas de la migración,
especialmente las relativas a la pobreza y tratar de que
la opción de permanecer en el propio país sea viable para
todos. Posteriormente, la comunidad mundial se congregó
en torno a los Objetivos de Desarrollo del Milenio. En el año
2000, los Jefes de Estado y de gobierno se comprometieron por unanimidad
a relegar la pobreza a la historia y poner fin a la discriminación
por motivos de género.
Las comunicaciones y los transportes a escala mundial han posibilitado
que las personas disfruten más que nunca de mayor libertad de
movimiento. Pero es preciso que nadie se vea forzado a migrar debido
a la desigualdad, la exclusión o las limitadas alternativas existentes
en los países de origen. Mientras los gobiernos y los expertos
debaten la mejor manera de encauzar la migración, el aspecto
medular de la cuestión es que los migrantes son, ante todo y
en primer lugar, seres humanos dotados de derechos humanos. Para que
la migración se encauce de manera equitativa, es preciso que
las medidas adoptadas no impongan mayores penalidades a los más
vulnerables, quienes ya se debaten contra la desigualdad reinante en
el sistema. Entre esas personas, predominan los migrantes de bajos ingresos
y de sexo femenino. La migración está adoptando cada vez
más un curso indeseable que se pliega al costado negativo de
la globalización, exacerbando las desigualdades existentes. Mientras
algunos grupos de elite, constituidos por personas sumamente calificadas,
disfrutan cada vez más de los beneficios de la migración,
las barreras contra los migrantes más pobres son cada vez más
estrictas.
Los problemas de la inmigración y del desarrollo van de consuno.
El aumento de las inversiones en reducir la pobreza, propiciar la igualdad
entre hombres y mujeres y fomentar el desarrolloinclusive el cumplimiento
de los compromisos asumidos por países donantes de aportar asistencia
oficial para el desarrollo (AOD)son factores necesarios para lograr
un sistema más ordenado de migración. Es preciso que se
adopten esas medidas para poder reducir la distancia que separa a los
ricos de los pobres y ampliar las oportunidades de que disponen todos,
inclusive las mujeres, que en demasiados países carecen de acceso
igualitario a las oportunidades de ganarse la vida. Tiene importancia
crítica aplicar racionales políticas de inmigración
que respondan a los intereses económicos y, al mismo tiempo,
salvaguarden los derechos humanos y la igualdad entre hombres y mujeres.
Asimismo, esas políticas han de contribuir a eliminar obstáculos
innecesarios a la movilidad, que pueden redundar, y muchas veces redundan,
tanto en el menoscabo de la dignidad humana como en la pérdida
de vidas humanas.
Los países, en ejercicio de su soberanía, tienen derecho
a controlar la inmigración y disuadir del ingreso ilegal. Por
otra parte, éste es sólo un aspecto de cualquier marco
integral de políticas y no debería ser el único
aspecto importante en que se focaliza la atención(8). Un hecho
positivo es que actualmente es mayor el número de países
que reconocen la necesidad de encauzar la migración, en lugar
de restringirla.
Las mujeres están migrando y seguirán haciéndolo.
Sus necesidades son urgentes y merecen que se les preste atención
con carácter prioritario. Sólo en esas condiciones se
maximizarán los beneficios de la migración internacional
y se minimizarán los riesgos. Las mujeres migrantes figuran entre
las personas más vulnerables a la conculcación de sus
derechos humanos, por su doble condición de migrantes y de mujeres.
El arduo trabajo que realizan merece reconocimiento y es preciso proteger
sus derechos humanos. Es necesario que sus voces sean oídas.
Las ideas visionarias y el liderazgo pueden contribuir a apartar los
debates públicos de un sensacionalismo reaccionario y del énfasis
en la alteridad, y guiarlos hacia el reconocimiento de nuestra
humanidad común, que nos congrega a todos en un mundo donde las
fronteras están desapareciendo cada vez más.
Texto completo en español
http://www.unfpa.org/swp/2006/pdf/sp_sowp06.pdf