Las
representaciones de género se trasladan al ámbito laboral
e interactúan con las exigencias y condicionantes productivas
y económicas determinando la división sexual del trabajo.
Esta división ha adjudicado, sin retribución, a las
mujeres la responsabilidad casi exclusiva de las tareas de atención
y cuidado y contribuye significativamente a explicar que en el ámbito
del trabajo "productivo" el mercado haya reservado a la
mujer los puestos más alejados del poder de decisión
y prolongado los hábitos hogareños, adjudicándole
las tareas asimilables y más rutinarias, menos creativas y
escasamente valoradas, alejándolas de los empleos técnicos,
con alto contenido tecnológico o con las mejores perspectivas
de desarrollo de carrera.
Pese
al sistemático crecimiento de las tasas de participación
femenina y de sus perfiles educativos, las mujeres siguen afectadas
por el más alto desempleo, perciben menores remuneraciones
para trabajo de igual valor, son sometidas a criterios de selectividad
e ingreso más rigurosos, se les reclaman superiores niveles
educativos para acceder a las mismas oportunidades de empleo y sufren
la segmentación horizontal y vertical en términos de
desempeño.
El
trabajo femenino se caracteriza por mayores niveles de informalismo,
precariedad y desprotección social todo lo cual hace que las
mujeres estén sobre-representadas entre los pobres. "En
todo el mundo, la desigualdad de género confluye con las privaciones
económicas generando formas de pobreza que afectan, en general,
en mayor medida a las mujeres que a los hombres." 1
Las
políticas de formación no son neutrales al contexto
por lo que responden al paradigma de desarrollo económico y
social vigente y reproducen valores, normas y sesgos vigentes en la
sociedad en la que están inmersas, incluyendo las ideas y concepciones
respecto a lo femenino y lo masculino y, especialmente, la segmentación
profesional por género. Así, presentan sus propias barreras
internas para una participación diversificada femenina, tales
como:
* la inexistencia o carencias de un sistema de información
y orientación vocacional y ocupacional con enfoque de género
que estimule nuevas opciones y rompa los estereotipos,
* la persistencia de un lenguaje sexista y de estereotipos en la
divulgación y definición de la oferta, en los materiales
didácticos, en los desarrollos curriculares, así como
en las prácticas y metodologías docentes,
* la rigidez y falta de flexibilidad en la estructura de los cursos,
* la no inclusión de las necesidades femeninas en la infraestructura,
* una participación muy baja en los puestos directivos y
como docentes en las áreas técnicas y tecnológicas,
* una intermediación laboral que busca romper la segmentación,
etc.
Por
ello, el mundo del trabajo y la formación constituyen puntos
de entrada privilegiados para liberar a la sociedad de la discriminación.
Una distribución más igualitaria de las oportunidades
de trabajo, los recursos y los factores productivos, incluida la educación
en todas sus expresiones y, consecuentemente, de las responsabilidades
familiares entre mujeres y hombres de diferentes razas, religiones
u orígenes étnicos, es una condición indispensable
para alcanzar un desarrollo sostenible y de cualquier estrategia para
reducir la pobreza.
1- Memoria del Director General de la OIT -Conferencia
Internacional del Trabajo 91.a reunión 2003