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Fecha de actualización:
27/11/2008

 

 

 

 

Europa central y oriental

Una brecha que se ensancha

La transición de las economías de Europa central y oriental desde una economía planificada por el poder central a una economía de mercado ha provocado amplios cambios en la estructura económica, así como en la vida política y social de todos los países de la región. Tras diez años en el camino hacia la transición y la reestructuración del mercado del trabajo, los tres problemas más apremiantes para las mujeres y las relaciones entre los géneros en el mundo laboral resultan ser:

    • Dificultades para asegurar el empleo y las rentas en unos mercados del trabajo fluctuantes
    • Insuficientes cobertura y eficacia de la protección social y de los servicios sociales
    • Inadecuada participación de las mujeres en el diálogo social y en la toma de decisiones concernientes al medio económico y político

Sin embargo, las características comunes a los países de la región, heredadas de su pasado comunista, han ido perdiendo importancia a medida que avanza la transición. No sólo se está ensanchando la brecha de las rentas entre los grupos sociales y las regiones de un mismo país, sino que están aumentando rápidamente también las diferencias entre los países y las subregiones, hasta el punto de que en ocasiones resulta ya difícil hablar de "una" región.

Varios países de la región, por ejemplo, están orientando sus esfuerzos económicos y de política social exclusivamente a acceder a la UE. Pero incluso entre este grupo de países las diferencias son a veces muy grandes. Otros han de hacer frente a retos tremendos, agravados aún más por las guerras que ha habido en la región durante la última década. Pero los países que antes pertenecieron a la Unión Soviética se ven, además, frente a otras realidades todavía más problemáticas, que tienen un serio impacto negativo sobre la situación económica y social de sus pueblos.

 

Un mercado del trabajo cambiante

Los mercados del trabajo son uno de los primeros y más importantes campos donde se dirime la reforma en el proceso de transición. Con el objetivo de asignar con mayor eficiencia los recursos humanos, reducir costos y aumentar la productividad, los mercados del trabajo de Europa central y oriental se han convertido en laboratorios para experimentos de reestructuración todavía en curso y que a menudo tienen un diferente impacto para los hombres y para las mujeres. La destrucción de puestos de trabajo y el aumento del desempleo, que se dispararon en algunos países y regiones durante la década de 1990, y una creciente desigualdad en la distribución de la renta provocada por la pobreza galopante fueron las consecuencias del proceso de reestructuración y de la recesión económica —y la lenta recuperación— de la década de 1990.

En muchos aspectos, sin embargo, ni los datos ni su interpretación permiten todavía extraer conclusiones, siquiera preliminares, a propósito de las consecuencias a largo de los procesos en curso. Los informes que llegan de la región con frecuencia por ahora más detalles anecdóticos que en datos comparables. Las variables que habrá que estudiar más a fondo para valorar la reestructuración del mercado del trabajo en su vertiente relativa al género abarcan: las respectivas tasas de participación en la fuerza de trabajo, en el desempleo, el subempleo y el empleo en el sector no estructurado, la segregación por tareas, los niveles salariales y sus diferencias en función del género, así como el trabajo familiar no retribuido y la asistencia que presta, por citar sólo las más importantes.

Una característica de las anteriores economías comunistas era la alta participación femenina en la mano de obra, que en muchos países de la región se situaba en torno al 50%. Su alta tasa de participación en el pasado se ha atribuido al impulso ideológico dado para promover la implicación de las mujeres en la vida económica y política, a criterios de conveniencia económica y a la necesidad de obtener, mediante el trabajo de las mujeres, unos ingresos familiares decentes. Los sistemas económico, político y social se desarrollaron de forma tal que estuviera garantizada la presencia de las mujeres en la vida pública. Los sucesivos gobiernos socialistas adoptaron cierto número de medidas para mantener la continuidad de la participación de las mujeres en la esfera económica. Para alcanzar este objetivo, el discurso socialista echó mano repetidamente de argumentos que parecían extraídos del ideario feminista (pero que de hecho sólo eran feministas en apariencia). Por eso, cuando el socialismo se desacreditó, pudo resentirse tal vez en cierta manera la imagen de las mujeres trabajadoras. Desde el comienzo de la transición a la economía de mercado se ha venido resaltando también el papel de las mujeres como amas de casa y, consiguientemente, el movimiento femenino ha hecho escasos progresos en los países en transición. Está claro que debe ser fortalecido dentro y fuera de los partidos políticos.

Aunque han sido muchas las voces que han manifestado preocupación por el descenso de la tasa de participación de las mujeres en la fuerza de trabajo durante la transición, ésta sigue siendo aún, en conjunto, más alta que en la mayoría de los países industrializados de Europa occidental. Ahora, a los diez años del comienzo de las reformas, parece claro que, aunque las mujeres han sufrido más que los hombres por la destrucción de empleos en algunos países, ésta no ha sido la regla general en todos ellos. En realidad, la medida en que la destrucción de empleos ha afectado de forma diferente a mujeres y hombres depende de la estructura económica y de la segregación laboral anteriores, así como de las cambiantes connotaciones de género de los trabajos a medida que, al modificarse sus responsabilidades y su retribución, los hombres pasan a realizar trabajos que antes eran "femeninos" (y viceversa). Muchas mujeres han encontrado también una alternativa a la falta de empleo a tiempo completo ocupándose a tiempo parcial.

Por consiguiente, el grado en que las mujeres se ven expulsadas de un mercado del trabajo tenso no sólo depende de la disponibilidad de empleos, sino también de valores culturales y de la división del trabajo atendiendo al género o, más ampliamente, de las relaciones de igualdad o desigualdad de géneros vigentes en la sociedad. La interrelación de estos factores tiene una gran especificidad cultural, depende de otras fuerzas, tales como la influencia de la iglesia, y varía notablemente no sólo de un país a otro, sino incluso entre regiones y grupos culturales dentro de un mismo país. Resulta difícil, sin embargo, valorar estas interacciones, porque los mercados del trabajo están duramente castigados y el desempleo y el subempleo son muy elevados en la mayoría de los países de la región.

 

Empleo decente, ingresos razonables

En toda la región el desempleo es un problema que con frecuencia afecta más a los hombres que a las mujeres, con índices más altos de desempleo entre éstas y, en muchos casos, diferencias notables. Más aún: las mujeres desempleadas s ven generalmente expuestas a un riesgo mayor de permanecer en el paro durante mayor tiempo. También las afectan muchísimo el paro encubierto y el trabajo en el sector no estructurado. Se trata de dos problemas que se están agravando en los países de la región, pero para los que aún no se dispone de datos específicos para cada género y, consiguientemente, de análisis. Como ocurre también en Europa occidental, por razones que no siempre están claras, entre las mujeres la probabilidad de ponerse trabajar por cuenta propia o convertirse en empresarias es menor de la que se da entre los hombres. Sin embargo, puesto que el empleo por cuenta propia constituye a menudo una forma de paro encubierto y no proporciona oportunidades de unos ingresos decentes, más allá de los meros datos recogidos se precisa su análisis para determinar en qué medida el empleo independiente o por cuenta propia aumenta en realidad las oportunidades y las opciones de las personas.

La segregación en el empleo por motivos de género, heredada de la época comunista, se ha mantenido en general durante la transición, y a menudo se ha reforzado incluso. Las mujeres trabajadoras constituyen una mayoría abrumadora en determinados campos, tales como el sector textil, oficinas, sanidad y educación, el sector público y el de servicios en general, en puestos de baja remuneración y escasa autoridad. A menudo se les paga menos que a los hombres por un trabajo igual o un trabajo del mismo valor, pero habría que contar con evaluaciones adecuadas para medir el alcance de este problema y rectificar semejante desviación. Como no es así, la consecuencia es que, en la mayor parte de la región, los ingresos de las mujeres son inferiores a los de los hombres, y que incluso mujeres bien calificadas tienltades para conseguir unos ingresos decentes a través de un empleo adecuado a su capacidad.

En cualquier caso, habría que animar a las mujeres a que optaran por la formación en profesiones distintas de las tradicionalmente tenidas por "adecuadas" para ellas. Necesitan también habilidades competitivas y, por lo mismo, acceso y guía una educación de calidad y a una formación en las profesiones que demanda el mercado del trabajo. También habría que animarlas a reciclar su formación cuando sea preciso para aumentar su capacidad de adquirir las nuevas habilidades que pueden revelarse necesarias en un mercado del trabajo en transición.

 

Protección social y servicios sociales

Como madres y cabezas de familia, las mujeres dependen a menudo de los servicios sociales y también, con demasiada frecuencia, de insuficiente apoyo a sus ingresos a través de los planes de protección social. Los cambios ideológicos y las dificultades presupuestarias han hecho que durante la transición los estados de Europa central y oriental se hayan ido alejando de la asunción de una responsabilidad plena sobre la protección social de sus ciudadanos. Los subsidios y la infraestructura de apoyo para la prestación de servicios sociales, tales como jardines de infancia y centros de atención postescolar, etc., se han visto recortados, traspasando la responsabilidad de la protección social que facilitaban al sector privado y, por ende, a la familia. Como resultado de ello, la protección social se ha tornado más precaria y todos los trabajadores tienen ahora más difícil combinar familia, trabajo y responsabilidades sociales. Allí donde estos cambios se han sumado a una distribución tradicional de tareas y responsabilidades entre hombres y mujeres, las mujeres han sido más duramente golpeadas que los hombres por el fortalecimiento de la tradicional división del trabajo. Además, el retroceso en materia de derechos relacionados con la reproducción, que se ha dado en toda la región, ha tendido también a fortalecer los papeles tradicionales atribuidos a las personas en razón de su género.

Durante el comunismo, los planes de seguridad social y de atención al bienestar de la madre y del niño se concebían como camino para garantizar la presencia de las mujeres en la mano de obra. La política social estaba configurada para ayudar a las mujeres a combinar su papel de madres con sus responsabilidades como trabajadoras. Al capacitarlas para compaginar el trabajo con las responsabilidades familiares, la política social comunista sirvió también para reforzar las relaciones tradicionales entre géneros, es decir, el papel tradicional de las mujeres en el hogar. De esta forma,las políticas estatales legitimaron en cierta medida las desigualdades por razón del género y la discriminación en el empleo.

Está vigente aún una medida heredada del socialismo para facilitar la continuidad de la actividad económica de las mujeres; en concreto, el permiso por cuidado del hijo, remunerado bien con una cantidad fija, bien con un porcentaje de los salarios anteriores. Los planes en vigor son generosos en términos de cuantía y duración de las prestaciones. El permiso por cuidado del hijo fue introducido en la mayoría de los países en la década de 1960, para remediar la deficiente calidad de los centros de atención a los niños y el absentismo de las madres con hijos pequeños. Esta política tiene, sin embargo, algunos serios inconvenientes: tiene , por ejemplo, a justificar la discriminación de las mujeres en cuanto a salario o promoción laboral con el argumento de que semejantes interrupciones en su actividad son costosas para los empleadores y pudieran afectar a su actitud ante la formación. Por otra parte, la duración normalmente larga de ese periodo de permiso contribuye a reforzar los estereotipos de género que presentan al hombre como fuente de ingresos para la familia y a las mujeres como proveedoras de cuidados. A la larga, pues, el permiso por cuidado del hijo puede tener efectos negativos sobre el empleo de las mujeres.

En unos tiempos en que la protección social es más precaria, queda menos margen aún para cambiar los tradicionales roles de mujeres y hombres, y la contribución de las mujeres en apoyo de la familia se centra ahora en gran parte en las tareas no remuneradas de la reproducción y de atención a los miembros de ella. Además, la actual tensión en los mercados del trabajo puede provocar una situación en la que a las mujeres ni siquiera les quede la posibilidad de aprovechar los beneficios existentes para ellas, tales como la licencia por maternidad, por temor a comprometer, si lo hacen, su situación laboral.

A la vez, los planes de seguridad social han sufrido importantes reformas, la mayoría de las cuales aún se encuentran en curso, en todos los países de la región. Las reformas en el seguro de enfermedad y en los sistemas de pensiones se están dando, con todo, sin prestar suficiente atención a las necesidades de las mujeres y a la especificidad de sus carreras profesionales, que discurren entre el trabajo en el seno de la familia y el asalariado. Por el contrario, en las discusiones acerca de la reforma de las pensiones, incluso se ha llegado a censurar a las mujeres por poner en apuros al sistema de pensiones debido a su mayor expectación de vida e inferior umbral de edad para acceder a una pensión. Al mismo tiempo, sin embargo, las mujeres en paro, por debajo de la edad de jubilación, así como las ancianas, están representadas con exceso entre los grupos con rentas más bajas y las personas que viven en la pobreza.

Es difícil decir cuál va a ser el impacto de los nuevos sistemas de protección social que se están diseñando en la región sobre las relaciones entre los géneros. Pero podría ser muy bien que, para las mujeres que a menudo han de cambiar entre la familia y la carrera, los nuevos planes individuales de pensión que ahora están en boga, y el debilitamiento del carácter redistributivo de los sistemas de pensiones, no fuera la opción preferida. Pero ocurre con bastante frecuencia que las voces de las mujeres se pierden en el vacío.

Dialogo social y acción directiva

La igualdad entre hombres y mujeres está garantizada legalmente en todos los países de Europa central y oriental. Pero a pesar de que la discriminación está prohibida desde el punto de vista de las leyes, las mujeres se enfrentan en la práctica a un trato desigual y a la marginación, no sólo en el mercado del trabajo y ante la política de protección social, sino, de forma más amplia, en los niveles decisorios.

En el pasado, la presencia de las mujeres en la vida pública política y en las estructuras gobernantes de partidos políticos y otras organizaciones sociales –a menudo garantizada por un sistema de cuotas– carecía de impacto real en muchas instancias. Con la transición, sin embargo, esa presencia femenina ha disminuido claramente, hasta el punto de que el porcentaje de mujeres en los puestos de gobierno y en los parlamentos de la región está ahora por debajo del promedio internacional de aproximadamente un 20%. Y hay escasos indicios de que el impacto de las mujeres sobre las decisiones políticas y económicas se haya fortalecido en algún país de la región.

Pero las mujeres no sólo están preteridas en el nivel gubernamental. Entre todos los interlocutores sociales, en los sindicatos y en las organizaciones de empleadores, las mujeres están luchando por salir de una posición subordinada y marginal. Por consiguiente, los intereses de las mujeres no están aún igualitariamente representados en el diálogo social y en los niveles directivos relevantes para el mundo del trabajo. Para las cuestiones sobre los derechos y las necesidades de las trabajadoras a menudo no hay lugar en la agenda. Y todavía menos si se trata de debatir los cambios necesarios para repartir las responsabilidades y el poder entre mujeres y hombres de manera que se respete la igualdad de géneros. Los acuerdos de negociación colectiva a todos los niveles, por ejemplo, rara vez incluyen cuestiones sobre la igualdad de género o sobre los especiales intereses y necesidades de las mujeres trabajadoras.

Una posición marginal, sin embargo, podría abrir nuevas oportunidades para formar una coalición. Hay mucho campo para una cooperación –siquiera parcial– y un diálogo productivo entre las personas que trabajan por la igualdad de género en los gobiernos, los sindicatos, las organizaciones de empleadores, las organizaciones no gubernamentales y las instituciones académicas. Cabe esperar que éste será el caso. Sólo el futuro mostrará si semejante esperanza está justificada.

 

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