La Región de Asia sudoriental y el Pacífico (OIT/SEAPAT)
es muy diversa en términos de sistemas económicos y en cuanto
al tamaño, el nivel de desarrollo, el trasfondo cultural y la
historia de los distintos países que abarca. Estos factores han
influido respectivamente sobre las mujeres trabajadoras en las
sociedades, las economías y los mercados de trabajo.
Asía sustenta todavía ampliamente el criterio
tradicional de que el papel primario de las mujeres es ser madres
y esposas, y que el de los hombres es trabajar y ganar el pan.
Sin embargo, con los crecientes niveles de educación de las mujeres,
el desarrollo económico y un cambio demográfico, muchas más se
han incorporado al mercado del trabajo y las relaciones entre
hombres y mujeres han experimentado a la vez un cambio progresivo.
Las mujeres gozan de mayor igualdad en el trabajo en unos países
que en otros. De forma semejante, en los últimos años, diversas
fuerzas económicas, tales como la liberalización la reestructuración
económica en el marco de una creciente mundialización y las recientes
crisis financiera y económica asiáticas han afectado también profundamente
el bienestar socioeconómico y las pautas de empleo de millones
de mujeres y hombres en la región. A pesar de algunos progresos
conseguidos durante la pasada década, una gran mayoría de mujeres
trabajadoras en Asia y en el Pacífico siguen trabajando en los
sectores no estructurado y rural, en tareas peor remuneradas,
con menor seguridad en el trabajo y con formas de empleo más atípicas
que aquéllas de que gozan los hombres.

Participación en la mano de obra
La participación de las mujeres en la mano de
obra dentro de la región va desde un 26 a un 83% según los países.
Un estudio reciente de la OIT sobre las tendencias globales de
cambio en la participación en la mano de obra muestra que ciertos
factores económicos, así como determinadas medidas políticas,
están incidiendo sobre el mercado laboral. El gráfico que sigue
muestra los cambios en las diferencias por géneros de las correspondientes
tasas de participación en la fuerza de trabajo (TPFT) entre 1980
y 1990, y, allí donde resuelta posible, para 1990-97, desde una
perspectiva de crecimiento individualizada. Registra los países
según su crecimiento en los últimos 15 años. China era la indiscutible
protagonista, seguida de la República de Corea y de Tailandia.
Las variaciones en las diferencias entre los géneros
son distintas, como se observa en el gráfico al disponer los países
según su grado de crecimiento económico. Mientras que las economías
china y vietnamita se comportan razonablemente bien en esos términos,
a pesar de las transiciones que han experimentado, varias economías,
tales como las de Tailandia, Malasia, Hong Kong y China, no avanzan
tanto como cabe esperar. Sri Lanka, a pesar de un crecimiento
económico comparativamente bajo, redujo significativamente las
diferencias por géneros de las TPFT, presumiblemente en razón
de las medidas políticas tomadas con anterioridad. Hay una llamativa
diferencia entre la India, cuya economía creció a un ritmo algo
más rápido, y Sri Lanka, donde entre 1980 y 1990 se ensanchó la
brecha entre géneros de las TPFT. En el otro extremo, Australia
y Nueva Zelandia redujeron las diferencias relativas en las TPFT
en una época en la que sus economías crecían lentamente por sus
políticas en favor de las mujeres, que comenzó a finales de la
década de 1960 y dio sus frutos durante la de 1980..., pero la
reducción fue menor en la década iniciada en 1990. En mencionado
estudio de la OIT llegó a la conclusión de que los factores económicos
pueden complementar o reformar los factores sociales, ya sea reduciendo
o aumentando los diferenciales entre géneros.
Empleo y subempleo
En los países de la región que se encuentran en
vías de desarrollo, una grana mayoría de las mujeres trabajan
en el sector urbano no estructurado o en el sector rural. En los
primeros años de la década de 1990, los niveles de su ocupación
en el sector no estructurado, como porcentaje del empleo total
femenino en el sector urbano, iban desde los dos tercios en Pakistán
al 10% en Bangladesh. Los niveles de subempleo femenino son también
altos si atendemos al número de horas trabajadas. En general,
el subempleo tiende a afectar más a las mujeres que a los hombres.
Están presentes en el trabajo doméstico y su tasa de participación
en el empleo a tiempo parcial es abrumadoramente elevada, lo que
viene a mostrar que el empleo de las mujeres está condicionado
por sus responsabilidades familiares y la limitación del tiempo
que pueden dedicar a las actividades remuneradas. Una forma extrema
del trabajo de las mujeres es el no remunerado, que rara vez se
contempla en las estadísticas de economía: se trata sobre todo
de un trabajo doméstico y voluntario, que de ordinario no queda
consignado en los sistemas de contabilidad nacionales y que, por
lo mismo, tampoco se incluye en el PIB. Además, existe un número
creciente de mujeres con empleos atípicos.
Empleo atípico
Tendencias generales
Cada vez son más las mujeres que abandonan sus
países natales para ir al extranjero en busca de trabajo; las
mayoría de ellas aparecen englobadas en ocupaciones tan estereotipadas
como el servicio doméstico o la industria de la "diversión".
Las estadísticas muestran que en algunos países,
muchas, y otros la mayoría de estas trabajadoras
inmigrantes están empleadas en condiciones irregulares. Una importante
razón de semejantes altísimos niveles de irregularidad es la de
que, en los países de procedencia, la principal institución que
debería velar por esas trabajadoras el Estado puede
limitarse a prescribir y supervisar las formalidades y los canales
de emigración.
En los días de la Conferencia de Pekín, el número
total de trabajadores migrantes en Asia se elevaba a unos 6 millones
de personas. Aunque los sistemas de acopio de datos sobre la migración
no descomponen las cifras por sexos (es decir, no diferencian),
se calcula que la cuarta parte de esas personas (1,5 millones)
eran mujeres. Las mujeres han comenzado a reducir el desequilibrio
de géneros imponiéndose en los flujos de emigración autorizados
de los países quen envían emigrantes, tales como Indonesia las
Filipinas y Sri Lanka.
La migración puede ser para las mujeres un medio
de promoción personal, pero también puede tener el efecto contrario
cuando el resultado es que otros pasen a dominar sus vidas. Y
si bien es verdad que en la mayoría de los casos se derivan de
ellas beneficios económicos, las familias y sobre todo los
hijos a menudo se resienten por la ausencia del padre o
de la madre.
Ocupaciones vulnerables
La migración laboral se da porque existe una demanda
económica de servicios. Esa demanda está controlada y conformada
institucionalmente por los "guardianes" de
la sociedad, que son el reflejo de sus intereses económicos,
de sus preocupaciones sociales o políticas y, en ocasiones, incluso
de sus preferencias personales. Allí donde el desarrollo económico
es fuerte y duradero, determinadas tareas son progresivamente
rechazadas por todos los nacionales, excepto los más pobres (trabajos
"SALEP", en inglés). Si, en general, los inmigrantes
se concentran en ese tipo de trabajos, todavía es más cierto que
las mujeres inmigrantes se ven forzadas a ocuparse mayoritariamente
en aquellos donde su situación es más vulnerable.
Las mujeres inmigrantes empleadas como trabajadoras
domésticas están sometidas a abusos y explotación, e incluso a
violencias. El trabajo doméstico, incluso cuando la contratación
se haga de conformidad con las normas y permisos de inmigración,
en la mayoría de los países no está protegido por la legislación
laboral. Más aún, las trabajadoras domésticas se encuentran aisladas,
en ocasiones tienen prohibido abandonar la casa, y es frecuente
que sus empleadores o intermediarios les retengan sus pasaportes,
lo que ofrece a éstos un medio para conseguir su sumisión forzada.
Afortunadamente las trabajadoras domésticas han capeado la crisis
financiera asiática mucho mejor que la mayoría de los demás trabajadores
migrantes. El tipo de trabajo que desempeñan, y su bajo costo,
hace que las familias que las emplean se lo piensen dos veces
antes de despedirlas. Los inmigrantes que trabajan en el sector
del sexo son casi siempre mujeres, y su situación, regularizada
o no, las convierte en el grupo más vulnerable de todos. La cifra
de trabajadoras migrantes empleadas en este sector es considerable;
en tanto que la de empleadas en el sector de servicios o en la
producción industrial es mucho menor.
Más de tres de cada cinco niños que trabajan en
todo el mundo lo hacen en países asiáticos en vías de desarrollo
153 millones, y el 46% son niñas. Si el trabajo en
el seno de la familia fuera tenido en cuenta en las estadísticas,
la cifra de niñas trabajadoras sería mucho más elevada. La opinión
generalizada es que la crisis asiática que estalló a mediados
de 1997 ha hecho hecho aumentar el número de niños y niñas que
han dejado la escuela para incorporarse al mundo del trabajo.
La pobreza sería la causa del trabajo infantil, que desaparecería
al aumentar los ingresos familiares. Sin embargo, esta opinión
no se ve apoyada por los datos recientes de los países asiáticos
de baja y media renta, los cuales sugieren que, al igual que ocurre
con el problema de las desigualdades entre los adultos por razón
del género, se requiere algo más que el mero crecimiento económico
para erradicarlo.
La mayoría de las niñas (y de los niños) trabajan
en la agricultura, la pesca y la explotación forestal. Dependiendo
de la medida en que los niños se vean favorecidos a la hora de
la escolarización y de la división sexual del trabajo que prevalezca
en una sociedad determinada, las niñas pueden superar a los niños
en el trabajo agrícola y en el sector de servicios. Por otra parte,
las niñas son muy vulnerables a los abusos y el acoso físico o
emocional, en particular cuando son introducidas a trabajar en
el sector del comercio del sexo o trabajan en el servicio doméstico
para familias privadas. En general, los niños que trabajan pierden
tiempo de escolaridad y de formación profesional. Por consiguiente,
tienden a ocuparse en tarea de baja productividad y se ven constreñidos
a mantener en el futuro ese mismo tipo de trabajo, sus familias
tendrán ingresos bajos y sus países quedarán relegados a los peldaños
inferiores de la división internacional del trabajo.
La trata de mujeres, así como de niños y niñas,
es un fenómeno que sigue dándose en muchas partes del mundo. Sus
pautas están ligadas a la percepción de la disparidad de rentas
entre los países. Tailandia es el principal país receptor de mujeres
y de niños objeto de semejante tráfico, procedentes de los países
más pobres que lo rodean. Pero, a la vez, muchas mujeres thai
y filipinas son objeto de una trata que las lleva a países o zonas
de rentas altas, tanto dentro como fuera de Asia. El Sudeste asiático,
India y Pakistán son los principales receptores de otros de la
subregión. Algunas mujeres son llevadas después al Oriente Medio.
Un rasgo llamativo de esta práctica es su selectividad en función
de la edad y del lugar de origen. Las jóvenes entre los trece
y los veinte años se destinan a la industria del comercio del
sexo o al servicio doméstico privado, y a los menores se los utiliza
para la mendicidad o la prostitución. Los costos de semejante
tráfico son altísimos para sus víctimas y las comunidades de donde
proceden en términos de salud, así como de violencia física y
psicológica.
La pobreza en su dimensión relativa al género
- La pobreza de las mujeres sus causas
La pobreza atiende a afligir a las mujeres más
que a los hombres. Hay una relación directa entre el predominio
del sector agrícola y la incidencia de la pobreza; cuanto más
alta es la participación sectorial de la agricultura en el empleo
total, más pronunciada es la pobreza, y precisamente en el propio
sector agrícola sobre todo. Puesto que las mujeres se encuentran
excesivamente representadas en la agricultura y en las actividades
relacionadas con él, donde se dan los ingresos y los niveles salariales
más bajos, la pobreza las afecta en una proporción desmesurada.
Y lo que vale para la agricultura vale también para el sector
no estructurado: predominan en él las actividades de bajos ingresos
y, en conjunto, hacen que dicho sector esté a caballo sobre la
línea de la pobreza. Muchas mujeres buscan refugio en las actividades
del sector no estructurado, pero la mayoría de ellas apenas pueden
satisfacer sus necesidades personales y las de sus hijos. También
el desempleo las afecta, en general, de forma desproporcionada,
por lo que su suerte es peor que la de los hombres en los países
en desarrollo de Asia y del Pacífico.
En algunos países, esta dimensión de la pobreza
en su relación con el género puede medirse también por la incidencia
de familias encabezadas por mujeres. Si bien no puede decirse
que les vaya peor que a las otras familias en todos los casos,
sí es verdad que en los países donde se halla extendida la pobreza
están en desventaja. Las mujeres tienen menor acceso al empleo
y a las oportunidades de obtener ingresos, puesto que tienden
a mostrar menor movilidad que los hombres, y tampoco pueden acceder
como ellos a los bienes y recursos de producción. Por eso es más
probable que los hogares encabezados por mujeres se vean afectados
cuando se producen ajustes estructurales u otras reformas y cuando
los boiernos recortan sus inversiones sociales.
- La crisis financiera: su
impacto sobre las mujeres
Las valoraciones cuantitativas del impacto de
la crisis asiática sobre la participación de las mujeres en la
mano de obra, el desempleo y los ingresos, indican un claro empeoramiento
en algunos países y variables resultados en otros. En el sector
estructurado parece haber habido consecuencias de diferente signo
según los países. Pero, con la excepción de Corea, donde parece
haberse desalentado a las mujeres trabajadoras, las tasas de participación
de las mujeres han ido para arriba (por ejemplo, en Filipinas
e Indonesia), lo que indica que las mujeres han incrementado su
nivel de actividad económica ganando menos o lo mismo que antes.
En general, la crisis asiática ha traído la penuria a muchas mujeres
debido a la alta tasa de inflación y al decaimiento del mercado,
que han determinado que las poblaciones más pobres, en particular,
se hundieran aún más en la escala de la pobreza. El golpe ha sido
especialmente duro para las mujeres empleadas en la agricultura,
trabajadoras domésticas, dedicadas a la artesanía tradicional,
tejedoras y vendedoras.
En los recortes provocados por la reciente crisis
financiera asiática, la discriminación por razón del género ha
sido también un grave problema, y aunque las mujeres han reaccionado
buscando medios de obtener ingresos complementarios para proveer
a las necesidades básicas de sus familias, lo cierto es que la
disminución de sus retribuciones se está prolongando excesivamente
en el retroceso de la economía en conjunto. Más aún: han comenzado
a reaparecer en primer plano preocupantes formas de empleo, tales
como el trabajo infantil, y lacras como el tráfico de mujeres
y niños. Sin embargo, sigue abierto el debate acerca de si las
cortapisas sociales que hoy encuentran las mujeres en el mercado
del trabajo pueden ser removidas mediante políticas y disposiciones
sociales específicas que protejan a las mujeres, o simplemente
fomentando la igualdad de los géneros en el trabajo, de consuno
con las políticas económicas globales tendentes a conseguir un
crecimiento a largo plazo.