La situación
Los países árabes son, a la vez, coherentes y diversos. En su
inmensa mayoría están unidos por una lengua común (el árabe),
una religión (el Islam) y una misma herencia e identidad cultural.
En consecuencia, concebimos la región como una entidad bien definida.
Sin embargo, existe una marcada variedad entre los países individuales
que la integran, con diferencias en términos de sistemas económicos,
niveles de renta, estilos de gobierno y adhesión a las normas
tradicionales que se dan en la región. Ésta, por ejemplo, incluye
países productores de petróleo que tienen las rentas per cápita
más altas del mundo, tales como Kuwait, Quatar y Arabia Saudita,
junto con países de rentas bajas, tales como Yemen, Jordania y
la República Árabe Siria. Existen asimismo grandes diferencias
entre las estructuras de empleo y los sistemas de valores, incluso
dentro de un mismo país. Estos diferentes contextos tienen efectos
distintivos sobre las oportunidades de empleo de las mujeres y
sus condiciones laborales en la región.
En la región del Golfo y en Arabia Saudita, que son economías
productoras de petróleo y orientadas al sector de servicios, las
tendencias del empleo se caracterizan por la ocupación de un elevado
número de trabajadores extranjeros, tanto hombres como mujeres.
En los últimos años, sin embargo, como consecuencia de la recesión
económica mundial a la que se ha sumado una bajada de precios
del petróleo, las políticas de empleo en esos países se han centrado
en los medios para aumentar el número de los trabajadores nacionales,
especialmente en los puestos que requieren la profesionalidad
de quienes los desempeñan. Aún está por ver el impacto que tendrá
esta política sobre las oportunidades de empleo de las mujeres
en esos países.
En cuanto a los países con rentas medias y bajas de la región,
hasta hace poco las tendencia del empleo podían caracterizarse
por una fuerte emigración masculina, concretamente a los países
productores de petróleo. Esto ha hecho que en estos países exportadores
de trabajo proliferaran los hogares en los que las mujeres ejercen
como cabezas de familia. La reforma económica y en algunos casos
las medidas de ajuste estructural son otro rasgo más reciente.
Y una de sus consecuencias es la de que muchas mujeres se enfrenten
a la creciente pobreza y al aumento de los niveles de paro, fuerzas
a las que son más vulnerables. La reducción del sector público
con vistas a la privatización ha afectado también negativamente
a las mujeres, puesto que el sector público es el que más mujeres
emplea.
Un rasgo significativo de esta región es el bajo nivel de participación
de la mujer en la mano de obra, unido a sus altos índices de fertilidad.
De hecho, las elevadas tasas de crecimiento de la población desembocan
en unos altos índices anuales de crecimiento de la mano de obra
y en un número cada vez mayor de jóvenes que buscan empleo. En
1995, este crecimiento de la mano de obra fue el más elevado de
entre todas las regiones del mundo: un 2,9%, frente al 1,7% de
media mundial.
Mujeres trabajadoras
La participación de las mujeres árabes en la mano de obra sigue
siendo la más baja de entre todas las regiones del mundo. Así,
mientras que en 1996 las mujeres totalizaban el 40% de la mano
de obra mundial, la participación de las mujeres árabes en Oriente
medio y en la Región del Norte de África no superaba el 26%. Es
importante mencionar que los países árabes con menor PIB e inferiores
renta y niveles de educación, tales como Yemen, por ejemplo, parecen
tener una participación femenina más elevada en la mano de obra
que los países que gozan de índices más altos en los mismos capítulos,
tales como Bahrein, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos.
En relación con estos índices aparentemente modestos de actividad
económica entre las mujeres árabes, deben tenerse en cuenta varios
factores relevantes. En primer lugar, las estadísticas no son
necesariamente un fiel reflejo de la realidad, puesto que muchas
mujeres, en una cifra no cuantificada, son trabajadoras familiares,
en especial en la agricultura y en el sector no estructurado.
En segundo lugar, pese a los bajos índices de actividad económica
femenina en el sector estructurado, hay pruebas de que la participación
de las mujeres en la mano de obra y sus condiciones de trabajo
están experimentando algunos cambios. Así parece deducirse del
hecho de que la tasa de crecimiento del empleo femenino supere
la del crecimiento del empleo masculino. Otro dato en el mismo
sentido es que una proporción significativa de las mujeres árabes
ocupadas en el sector estructurado desempeñan puestos profesionales
y técnicos, lo que se debe a los logros conseguidos en la educación
y formación profesional de las mujeres: la presencia femenina
en los niveles educativos terciarios ha pasado del 7% en 1985,
al 16% en 1995, es decir, más del doble. Finalmente, otro factor
digno de mención es la elevación de la edad en que la mujer llega
al matrimonio, lo que aumenta el número de las jóvenes dispuestas
a buscar empleo.
Por otra parte, se asiste a un aumento de las tasas de desempleo
femenino, que han venido creciendo regularmente desde 1975 a 1995%
y han pasado en ese periodo del 13% al 21%, tal vez por efecto
de los factores que se han mencionado. En general, el desempleo
femenino es mayor en las economías que están en proceso de reestructuración
y privatización. Alcanza sus cotas más altas entre quienes buscan
su primer trabajo y las que tienen superiores niveles de educación,
como resultado directo del crecimiento de la mano de obra a medida
que buscan empleo más jóvenes mejor preparadas. Por desgracia,
no parece que esto vaya unido a un aumento de puestos adecuados
en el mercado laboral.
Entre el 60 y el 70% de las mujeres trabajan en el sector
de servicios. Esto se debe a las percepciones sesgadas por la
discriminación de géneros que tradicionalmente asignan a las mujeres
ciertos papeles y capacidades, y a que se las anima a abrazar
la enseñanza y las tareas de oficina. El sector agrícola es el
segundo desde el punto de vista de la concentración en él de mujeres
trabajadoras. En países con base agrícola, como Yemen, la participación
de las mujeres en ese sector alcanzaba el 88% en 1994. Vale la
pena observar que la Región Árabe difiere en este aspecto de otras
regiones, como la de Asia, que experimentó un significativo aumento
del empleo femenino como resultado de una rápida industrialización.
Es importante señalar que la proporción de mujeres en
ocupaciones directivas y profesionales ha pasado del 11% en 1975
al 24% en 1995. Esto no significa que las mujeres estén encontrando
menor discriminación o hayan de superar menos barreras, sino que
más bien es el resultado de sus altos niveles de educación. Y
lo cierto es que las mujeres que trabajan en ocupaciones profesionales
suelen estar en puestos de nivel medio o bajo.
Las mujeres árabes empleadas en el sector estructurado
son, en su mayoría, asalariadas. Esto es así en porcentajes que
van desde el 100% en Qatar al 46% en la República Árabe Siria,
pero representan tan sólo un 6% en Yemen. El trabajo independiente
se da sobre todo por parte de mujeres en tareas que requieren
poca o ninguna preparación y en una producción doméstica. Sin
embargo, en muchos países se ven cada día más negocios cuyas propietarias
son mujeres. Algunas de ellas, en efecto, han comenzado a movilizarse
y organizarse a través de asociaciones de mujeres empresarias
y comités femeninos en el seno de las cámaras de comercio, o simplemente
conectando unas con otras (en Siria, Líbano, Jordania, Arabia
Saudita y Yemen). Sin embargo, en los dos tipos de trabajo independiente
las mujeres se enfrentan con obstáculos derivados de la dificultad
de acceder a la propiedad de bienes e instalaciones, a la formación
técnica, a los conocimientos en materia de dirección empresarial,
a la información, al crédito, etc.
Factores que influyen sobre la igualdad entre los géneros
Las mujeres árabes se enfrentan también, por supuesto,
aunque en diferentes grados, a un modelo de pensamiento tradicional,
a códigos de comportamiento restrictivos y a una segregación en
razón del género que vincula el honor familiar a la virtud de
la mujer. Las decisiones que atañen a su educación, formación
y tipo de empleo se toman, en gran medida, en el seno de la familia.
Por consiguiente, las tradiciones familiares pueden prohibir que
las mujeres trabajen bajo ciertos horarios o en determinadas ocupaciones
o puestos, haciendo caso omiso de las oportunidades de trabajo
y de las necesidades económicas.
Al igual que ocurre en otras partes del mundo, la visión
de las mujeres como sujetos secundarios de la obtención de ingresos
y primarios en punto a sus funciones reproductoras, influye hasta
cierto punto sobre los empleadores del sector privado. Los empleadores
perciben que entre las mujeres se dan tasas altas de rotación
en el empleo a consecuencia de sus responsabilidades familiares
y dudan en ascenderlas o proporcionarles oportunidades de formación.
Las prácticas de contratación de personal muestran un alto grado
de segregación ocupacional basada tanto en las normas culturales
que se dan en ciertos tipos de ocupaciones como en los estereotipos
de ciertas tareas en función del género, por lo que las mujeres
se ven relegadas a ciertas ocupaciones que se consideran adecuadas
a sus capacidades o a sus roles en la sociedad. Otra característica
del empleo en esta región son las desigualdades salariales existentes
entre hombres y mujeres, que a menudo se fundan meramente en la
percepción de las diferencias de género que albergan los empleadores.
Esta visión de las mujeres como personas dependientes
y sólo secundariamente aportadoras de ingresos aparece arraigada
asimismo en las instituciones del Estado y en sus procesos políticos.
Basándose en semejante supuesto, la legislación sobre la seguridad
social familiar niega a las mujeres trabajadoras la igualdad de
derechos con los hombres para la protección de sus familias. En
muchos países las mujeres han tenido que luchar para poder tener
sus propios negocios, o para viajar sin el permiso y la aprobación
legal de sus padres o cónyuges. Según la legislación familiar
vigente en la mayoría de los países de la región, las mujeres
heredan menos que los hombres y no tienen ningún derecho legal
a iniciar un proceso de divorcio o a mantener la custodio de sus
hijos.
Marco normativo y políticas
Las políticas de empleo y un marco normativo y legislativo
que promuevan la igualdad son elementos importantes para influir
sobre las tradiciones, las inhibiciones familiares y las formas
de discriminación basadas en percepciones de las diferencias de
género.
La mayoría de las leyes laborales vigentes en los países árabes
se basan en el principio de no discriminación entre los sexos.
Un número importante de países árabes han ratificado los Convenios
básicos de la OIT relativos a la igualdad de los géneros. Siete
de entre los diez países de la Región han ratificado el Convenio
sobre igualdad de remuneración, de 1951 (núm. 100), y ocho han
ratificado el Convenio sobre la discriminación (empleo y ocupación)
de 1958 (núm. 111). Además de los Convenios de la OIT, el hecho
de que un elevado número de países de esta región haya ratificado
el Convenio de Naciones Unidas sobre la eliminación de la discriminación
contra las mujeres es otra prueba de su compromiso político por
procurar la igualdad de los géneros. Compromiso que se ha traducido
también en algunos de esos países que, a raíz de la Conferencia
de Pekín, han establecido mecanismos institucionales para lograr
el avance de la mujer.
Las mujeres árabes, sin embargo, no están adecuadamente representadas
en los niveles decisorios. Su contribución a los procesos de toma
de decisiones políticas concernientes a los temas laborales es
muy limitada, lo que explica que muchas de tales políticas no
tomen en cuenta las cuestiones de género. De forma semejante,
es muy limitada también la participación de las mujeres árabes
en los niveles decisorios tanto de los sindicatos como de las
organizaciones de empleadores.
Una mirada al frente
Son necesarios más esfuerzos para promover la igualdad de las
mujeres en el trabajo. A la luz de las normas establecidas y de
los apriorismos existentes acerca de los roles sociales que corresponden
a las mujeres, se aprecia una urgente necesidad de concienciar
y sensibilizar ante las cuestiones de género a todos los niveles
de la población: a las propias mujeres, a sus comunidades, y a
los que tienen a su cargo trazar políticas y adoptar decisiones.
Ciertamente harán falta signficativos esfuerzos por parte de los
gobiernos y de las organizaciones de los trabajadores y los empleadores
para integrar más a las mujeres en la vida pública y económica.
A pesar de las barreras que aún existen y del camino que habrá
que recorrer para promover la igualdad, lo cierto es que la situación
de las trabajadoras árabes está mejorando. En muchos países de
la región existe ya el marco institucional para salvaguardar a
escala nacional los derechos de las mujeres. Los reponsables de
fijar políticas y legislar tienen cada vez más difícil ignorar
los problemas relativos a la igualdad de géneros, incluso aunque
el cambio no se aprecie aún. En general, las mujeres se dejan
ver más en la vida pública y comienzan a organizarse más ellas
mismas en diversos ámbitos. Cada vez son más numerosas las organizaciones
femeninas dedicadas a promover la igualdad. Y proliferan también
las organizaciones de autoayuda dedicadas a facilitar créditos,
formación y desarrollo empresarial. Crece la presencia pública
de las mujeres que triunfan en los negocios, así como también
la representación femenina en los cargos públicos. Y la mano de
obra se enriquece con más y más jóvenes árabes educadas y capacitadas
profesionalmente. A pesar de las dificultades a que se enfrentará
esta joven generación, muchas de esas mujeres son muy capaces
de sacar todo el partido de sus posibilidades, son conscientes
de sus derechos y poseen la habilidad necesaria para negociar
la igualdad de la mujer en el trabajo.