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Fecha de actualización:
27/11/2008

 

 

 

 

La Región Árabe

Progresando

La situación

Los países árabes son, a la vez, coherentes y diversos. En su inmensa mayoría están unidos por una lengua común (el árabe), una religión (el Islam) y una misma herencia e identidad cultural. En consecuencia, concebimos la región como una entidad bien definida. Sin embargo, existe una marcada variedad entre los países individuales que la integran, con diferencias en términos de sistemas económicos, niveles de renta, estilos de gobierno y adhesión a las normas tradicionales que se dan en la región. Ésta, por ejemplo, incluye países productores de petróleo que tienen las rentas per cápita más altas del mundo, tales como Kuwait, Quatar y Arabia Saudita, junto con países de rentas bajas, tales como Yemen, Jordania y la República Árabe Siria. Existen asimismo grandes diferencias entre las estructuras de empleo y los sistemas de valores, incluso dentro de un mismo país. Estos diferentes contextos tienen efectos distintivos sobre las oportunidades de empleo de las mujeres y sus condiciones laborales en la región.

En la región del Golfo y en Arabia Saudita, que son economías productoras de petróleo y orientadas al sector de servicios, las tendencias del empleo se caracterizan por la ocupación de un elevado número de trabajadores extranjeros, tanto hombres como mujeres. En los últimos años, sin embargo, como consecuencia de la recesión económica mundial a la que se ha sumado una bajada de precios del petróleo, las políticas de empleo en esos países se han centrado en los medios para aumentar el número de los trabajadores nacionales, especialmente en los puestos que requieren la profesionalidad de quienes los desempeñan. Aún está por ver el impacto que tendrá esta política sobre las oportunidades de empleo de las mujeres en esos países.

En cuanto a los países con rentas medias y bajas de la región, hasta hace poco las tendencia del empleo podían caracterizarse por una fuerte emigración masculina, concretamente a los países productores de petróleo. Esto ha hecho que en estos países exportadores de trabajo proliferaran los hogares en los que las mujeres ejercen como cabezas de familia. La reforma económica y en algunos casos las medidas de ajuste estructural son otro rasgo más reciente. Y una de sus consecuencias es la de que muchas mujeres se enfrenten a la creciente pobreza y al aumento de los niveles de paro, fuerzas a las que son más vulnerables. La reducción del sector público con vistas a la privatización ha afectado también negativamente a las mujeres, puesto que el sector público es el que más mujeres emplea.

Un rasgo significativo de esta región es el bajo nivel de participación de la mujer en la mano de obra, unido a sus altos índices de fertilidad. De hecho, las elevadas tasas de crecimiento de la población desembocan en unos altos índices anuales de crecimiento de la mano de obra y en un número cada vez mayor de jóvenes que buscan empleo. En 1995, este crecimiento de la mano de obra fue el más elevado de entre todas las regiones del mundo: un 2,9%, frente al 1,7% de media mundial.

 

Mujeres trabajadoras

La participación de las mujeres árabes en la mano de obra sigue siendo la más baja de entre todas las regiones del mundo. Así, mientras que en 1996 las mujeres totalizaban el 40% de la mano de obra mundial, la participación de las mujeres árabes en Oriente medio y en la Región del Norte de África no superaba el 26%. Es importante mencionar que los países árabes con menor PIB e inferiores renta y niveles de educación, tales como Yemen, por ejemplo, parecen tener una participación femenina más elevada en la mano de obra que los países que gozan de índices más altos en los mismos capítulos, tales como Bahrein, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos.

En relación con estos índices aparentemente modestos de actividad económica entre las mujeres árabes, deben tenerse en cuenta varios factores relevantes. En primer lugar, las estadísticas no son necesariamente un fiel reflejo de la realidad, puesto que muchas mujeres, en una cifra no cuantificada, son trabajadoras familiares, en especial en la agricultura y en el sector no estructurado. En segundo lugar, pese a los bajos índices de actividad económica femenina en el sector estructurado, hay pruebas de que la participación de las mujeres en la mano de obra y sus condiciones de trabajo están experimentando algunos cambios. Así parece deducirse del hecho de que la tasa de crecimiento del empleo femenino supere la del crecimiento del empleo masculino. Otro dato en el mismo sentido es que una proporción significativa de las mujeres árabes ocupadas en el sector estructurado desempeñan puestos profesionales y técnicos, lo que se debe a los logros conseguidos en la educación y formación profesional de las mujeres: la presencia femenina en los niveles educativos terciarios ha pasado del 7% en 1985, al 16% en 1995, es decir, más del doble. Finalmente, otro factor digno de mención es la elevación de la edad en que la mujer llega al matrimonio, lo que aumenta el número de las jóvenes dispuestas a buscar empleo.

Por otra parte, se asiste a un aumento de las tasas de desempleo femenino, que han venido creciendo regularmente desde 1975 a 1995% y han pasado en ese periodo del 13% al 21%, tal vez por efecto de los factores que se han mencionado. En general, el desempleo femenino es mayor en las economías que están en proceso de reestructuración y privatización. Alcanza sus cotas más altas entre quienes buscan su primer trabajo y las que tienen superiores niveles de educación, como resultado directo del crecimiento de la mano de obra a medida que buscan empleo más jóvenes mejor preparadas. Por desgracia, no parece que esto vaya unido a un aumento de puestos adecuados en el mercado laboral.

Entre el 60 y el 70% de las mujeres trabajan en el sector de servicios. Esto se debe a las percepciones sesgadas por la discriminación de géneros que tradicionalmente asignan a las mujeres ciertos papeles y capacidades, y a que se las anima a abrazar la enseñanza y las tareas de oficina. El sector agrícola es el segundo desde el punto de vista de la concentración en él de mujeres trabajadoras. En países con base agrícola, como Yemen, la participación de las mujeres en ese sector alcanzaba el 88% en 1994. Vale la pena observar que la Región Árabe difiere en este aspecto de otras regiones, como la de Asia, que experimentó un significativo aumento del empleo femenino como resultado de una rápida industrialización.

Es importante señalar que la proporción de mujeres en ocupaciones directivas y profesionales ha pasado del 11% en 1975 al 24% en 1995. Esto no significa que las mujeres estén encontrando menor discriminación o hayan de superar menos barreras, sino que más bien es el resultado de sus altos niveles de educación. Y lo cierto es que las mujeres que trabajan en ocupaciones profesionales suelen estar en puestos de nivel medio o bajo.

Las mujeres árabes empleadas en el sector estructurado son, en su mayoría, asalariadas. Esto es así en porcentajes que van desde el 100% en Qatar al 46% en la República Árabe Siria, pero representan tan sólo un 6% en Yemen. El trabajo independiente se da sobre todo por parte de mujeres en tareas que requieren poca o ninguna preparación y en una producción doméstica. Sin embargo, en muchos países se ven cada día más negocios cuyas propietarias son mujeres. Algunas de ellas, en efecto, han comenzado a movilizarse y organizarse a través de asociaciones de mujeres empresarias y comités femeninos en el seno de las cámaras de comercio, o simplemente conectando unas con otras (en Siria, Líbano, Jordania, Arabia Saudita y Yemen). Sin embargo, en los dos tipos de trabajo independiente las mujeres se enfrentan con obstáculos derivados de la dificultad de acceder a la propiedad de bienes e instalaciones, a la formación técnica, a los conocimientos en materia de dirección empresarial, a la información, al crédito, etc.

 

Factores que influyen sobre la igualdad entre los géneros

Las mujeres árabes se enfrentan también, por supuesto, aunque en diferentes grados, a un modelo de pensamiento tradicional, a códigos de comportamiento restrictivos y a una segregación en razón del género que vincula el honor familiar a la virtud de la mujer. Las decisiones que atañen a su educación, formación y tipo de empleo se toman, en gran medida, en el seno de la familia. Por consiguiente, las tradiciones familiares pueden prohibir que las mujeres trabajen bajo ciertos horarios o en determinadas ocupaciones o puestos, haciendo caso omiso de las oportunidades de trabajo y de las necesidades económicas.

Al igual que ocurre en otras partes del mundo, la visión de las mujeres como sujetos secundarios de la obtención de ingresos y primarios en punto a sus funciones reproductoras, influye hasta cierto punto sobre los empleadores del sector privado. Los empleadores perciben que entre las mujeres se dan tasas altas de rotación en el empleo a consecuencia de sus responsabilidades familiares y dudan en ascenderlas o proporcionarles oportunidades de formación. Las prácticas de contratación de personal muestran un alto grado de segregación ocupacional basada tanto en las normas culturales que se dan en ciertos tipos de ocupaciones como en los estereotipos de ciertas tareas en función del género, por lo que las mujeres se ven relegadas a ciertas ocupaciones que se consideran adecuadas a sus capacidades o a sus roles en la sociedad. Otra característica del empleo en esta región son las desigualdades salariales existentes entre hombres y mujeres, que a menudo se fundan meramente en la percepción de las diferencias de género que albergan los empleadores.

Esta visión de las mujeres como personas dependientes y sólo secundariamente aportadoras de ingresos aparece arraigada asimismo en las instituciones del Estado y en sus procesos políticos. Basándose en semejante supuesto, la legislación sobre la seguridad social familiar niega a las mujeres trabajadoras la igualdad de derechos con los hombres para la protección de sus familias. En muchos países las mujeres han tenido que luchar para poder tener sus propios negocios, o para viajar sin el permiso y la aprobación legal de sus padres o cónyuges. Según la legislación familiar vigente en la mayoría de los países de la región, las mujeres heredan menos que los hombres y no tienen ningún derecho legal a iniciar un proceso de divorcio o a mantener la custodio de sus hijos.

Marco normativo y políticas

Las políticas de empleo y un marco normativo y legislativo que promuevan la igualdad son elementos importantes para influir sobre las tradiciones, las inhibiciones familiares y las formas de discriminación basadas en percepciones de las diferencias de género.

La mayoría de las leyes laborales vigentes en los países árabes se basan en el principio de no discriminación entre los sexos. Un número importante de países árabes han ratificado los Convenios básicos de la OIT relativos a la igualdad de los géneros. Siete de entre los diez países de la Región han ratificado el Convenio sobre igualdad de remuneración, de 1951 (núm. 100), y ocho han ratificado el Convenio sobre la discriminación (empleo y ocupación) de 1958 (núm. 111). Además de los Convenios de la OIT, el hecho de que un elevado número de países de esta región haya ratificado el Convenio de Naciones Unidas sobre la eliminación de la discriminación contra las mujeres es otra prueba de su compromiso político por procurar la igualdad de los géneros. Compromiso que se ha traducido también en algunos de esos países que, a raíz de la Conferencia de Pekín, han establecido mecanismos institucionales para lograr el avance de la mujer.

Las mujeres árabes, sin embargo, no están adecuadamente representadas en los niveles decisorios. Su contribución a los procesos de toma de decisiones políticas concernientes a los temas laborales es muy limitada, lo que explica que muchas de tales políticas no tomen en cuenta las cuestiones de género. De forma semejante, es muy limitada también la participación de las mujeres árabes en los niveles decisorios tanto de los sindicatos como de las organizaciones de empleadores.

 

Una mirada al frente

Son necesarios más esfuerzos para promover la igualdad de las mujeres en el trabajo. A la luz de las normas establecidas y de los apriorismos existentes acerca de los roles sociales que corresponden a las mujeres, se aprecia una urgente necesidad de concienciar y sensibilizar ante las cuestiones de género a todos los niveles de la población: a las propias mujeres, a sus comunidades, y a los que tienen a su cargo trazar políticas y adoptar decisiones. Ciertamente harán falta signficativos esfuerzos por parte de los gobiernos y de las organizaciones de los trabajadores y los empleadores para integrar más a las mujeres en la vida pública y económica.

A pesar de las barreras que aún existen y del camino que habrá que recorrer para promover la igualdad, lo cierto es que la situación de las trabajadoras árabes está mejorando. En muchos países de la región existe ya el marco institucional para salvaguardar a escala nacional los derechos de las mujeres. Los reponsables de fijar políticas y legislar tienen cada vez más difícil ignorar los problemas relativos a la igualdad de géneros, incluso aunque el cambio no se aprecie aún. En general, las mujeres se dejan ver más en la vida pública y comienzan a organizarse más ellas mismas en diversos ámbitos. Cada vez son más numerosas las organizaciones femeninas dedicadas a promover la igualdad. Y proliferan también las organizaciones de autoayuda dedicadas a facilitar créditos, formación y desarrollo empresarial. Crece la presencia pública de las mujeres que triunfan en los negocios, así como también la representación femenina en los cargos públicos. Y la mano de obra se enriquece con más y más jóvenes árabes educadas y capacitadas profesionalmente. A pesar de las dificultades a que se enfrentará esta joven generación, muchas de esas mujeres son muy capaces de sacar todo el partido de sus posibilidades, son conscientes de sus derechos y poseen la habilidad necesaria para negociar la igualdad de la mujer en el trabajo.

 

Europa central y oriental

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