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Fecha de actualización:
13/08/2008

 

 

 

 

La Región de África

De Pekín 95 al año 2000

 

En los últimos tiempos, la evolución de las tendencias económicas globales, sumada a la inestabilidad política, a la extensión de los conflictos armados y a una creciente pobreza, ha influido significativamente sobre la participación de las mujeres africanas en el mundo del trabajo y su contribución al desarrollo económico de la región. Lo cual plantea un serio reto a los esfuerzos por realzar el papel y la consideración de las mujeres en África tal como los consagró la Declaración de Pekín de 1995.

 

Problemas: Mundialización y conflicto armado

La mundialización de la economía ha trasladado la demanda desde los sectores primarios a los sectores de servicios, reduciendo consiguientemente las oportunidades de ingresos para los productores africanos, que exportan principalmente materias primas. Por otra parte, la mano de obra de África carece de la formación y los recursos necesarios para competir eficazmente en el actual mercado mundializado. Los programas de reajuste estructural y de devolución de la deuda han supuesto una reducción sistemática de los servicios sociales y una disminución del valor de los bienes producidos por las mujeres en el sector primario. Pero si es todo el continente africano, en conjunto, el que se ha rezagado en términos de desarrollo económico, a las mujeres les ha correspondido la peor parte por causa de las históricamente arraigadas desigualdades que aún existen en lo relativo a oportunidades económicas y educativas y a la prestación de servicios sociales.

Como resultado de todo ello, la inmensa mayoría de las mujeres en África siguen ocupadas en una agricultura de subsistencia como lo estaban hace tres décadas, con anterioridad a la independencia. Durante ese tiempo ha crecido la contribución económica de las mujeres africanas a los ingresos familiares, pero sólo un porcentaje relativamente pequeño de ellas ha podido beneficiarse de nuevas oportunidades. Aun así, lejos de ser víctimas pasivas del cambio económico, lo cierto es que, a través de su actuación económica, esas mismas mujeres han desempeñado con frecuencia un papel determinante en la orientación de la transformación económica de sus comunidades.

Aparte de desestabilizar la vida política y económica, el conflicto armado en África ha ahondado el pozo de la pobreza. Una alarmante novedad de la pasada década es que la mayoría de las víctimas de estas guerras sean mujeres y niños; las personas desarmadas se han convertido en objetivos de los alzados en armas. Por eso no puede sorprendernos que una gran mayoría de los siete millones de refugiados que hoy existen en África la compongan mujeres con sus hijos. Este preocupante estado de cosas tiene un adicional efecto depresor sobre el desarrollo social, las perspectivas económicas y la calidad de vida. Para el desarrollo de África es imprescindible una resolución duradera de estas crisis.

Un cambio en los roles de hombres y mujeres

Aunque las sociedades africanas difieren en cuanto a su organización social, la mayoría comparten determinadas características. Una de ellas es la complejidad de los roles en función del género. Tradicionalmente, las mujeres desempeñan múltiples roles y gozan de diversas posiciones basadas en la edad, el parentesco y la afiliación. Éstas, a su vez, determinan y confieren distintos niveles de autoridad en diferentes dominios de las esferas pública y privada, así como accesos, también diferentes, a los recursos materiales y humanos.

En los últimos cincuenta años se han producido algunos cambios importantes. Las mujeres han tenido un papel significativo en el paso de una economía de subsistencia tradicional a otra más abierta y dependiente del comercio, que ha transformado las sociedades rurales a lo largo y ancho del continente africano. A pesar de ello, mientras que la participación de los hombres como trabajadores en los sectores modernos es una realidad perfectamente visible, la actividad de las mujeres en la trasformación de las unidades de producción tradicionales dentro de sus comunidades no es tan aparente, y su contribución a la economía moderna es un hecho en gran parte ignorado.

Para valorar con exactitud la posición y consideración de las mujeres en el seno de las sociedades del continente africano es preciso comprender en alguna medida la complejidad y la variedad de los papeles que desempeñan. Sólo entonces será posible diseñar intervenciones susceptibles de producir resultados óptimos.

  • Indicadores sociales
    Desde 1995 los índices totales de alfabetización en el África subsahariana han pasado del 40 al 50%. La escolarización femenina parece haber crecido, aunque todavía son relativamente pocas las mujeres que estudian en centros de enseñanza secundaria y superior. Las tasas de mortalidad infantil, por cada 1.000 nacimientos, han pasado de 96 al 104, en tanto que las mortalidad maternal han permanecido prácticamente constantes. El número de hogares en los que la mujer es la principal fuente de ingresos familiares ha aumentado notablemente en la pasada década y se estima hoy en un 25%.
  • Participación en la mano de obra
    En el África subsahariana, más del 75% de las mujeres que trabajan lo hacen en el sector agrícola; sólo un 3%, aproximadamente, en el industrial; y en torno a un 15% en el sector de servicios. Por contra, en el Norte de África sólo encontramos un 20% de mujeres ocupadas en el sector agrícola, en tanto que alrededor del 56% trabajan en el de servicios y el 26% en el industrial. En la mayoría de los países del continente son pocas las mujeres que gozan de un empleo regulado. Las que lo tienen se concentran predominantemente en puestos de oficinas en el sector público. La mayoría de las mujeres son trabajadoras independientes dentro del sector primario de producción o en el sector no estructurado.
  • Cambios institucionales
    Hay crecientes pruebas de que está cobrando fuerza en África la voluntad política de mejorar la situación de las mujeres. Cada vez son más los gobiernos que han creado ministerios y mecanismos para abordar específicamente los problemas de género e integrar la preocupación por la mujer en todos los aspectos del desarrollo político, económico y social. Países como Benin, Burkina Faso y Malí han montado recientemente un ministerio para asuntos de la mujer. Una proporción significativa de gobiernos africanos han ratificado los convenios que los comprometen a promover la igualdad de géneros en el mundo laboral. Más aún, las asociaciones de trabajadores y de empleadores han creado puntos de atención a las cuestiones de género para ocuparse específicamente de los intereses de las mujeres.

Principales retos

  • Insuficiente empleo en el sector estructurado
    Las mujeres del continente africano tienen los niveles más bajos del mundo en cuanto a participación en el sector estructurado de la economía. Y las empleadas en este sector apenas se encuentran representadas en los puestos directivos. Ambas cosas pueden achacarse a un complejo conjunto de factores, entre los que se incluyen la falta de acceso adecuado a la formación profesional y a la educación sistematizada, a prácticas discriminatorias en el sector estructurado y a la persistencia de estereotipos sexuales en las profesiones.
  • Altos niveles de participación en la agricultura y en el sector no estructurado
    La mayoría de las mujeres africanas trabajan en la agricultura y en los sectores no estructurados. Ahora bien, estos tipos de empleo se caracterizan por un rendimiento comparativamente pobre, bajos salarios y condiciones laborales que no respetan la normativa generalmente admitida.
  • Efectos negativos de la transformación económica mundial
    La mundialización de la economía y los programas de ajuste estructural han marginado a las mujeres trabajadoras y recortado drásticamente su acceso a las «redes de seguridad» sociales.
  • Extensión del conflicto armado
    La guerra ha afectado a muchísimas mujeres y a las personas a su cargo. En muchas zonas del África rural, las minas terrestres han convertido en peligrosas amplias extensiones de tierras cultivables. La destrucción de la infraestructura de y medios de producción amenaza con impedir para muchas generaciones el desarrollo del capital humano.
  • La situación legal de la mujer
    Las mujeres africanas desconocen en general los instrumentos legales que se encuentran a su disposición. La legislación moderna (la adopción del derecho romano-holandés) y una interpretación interesadamente simplificada del puesto de las mujeres en la sociedad tradicional las han relegado a la consideración legal de menores. Consiguientemente, el acceso a los recursos productivos tales como el crédito y la propiedad individual de la tierra, el derecho a poseer bienes con independencia del marido y el de extender a quienes dependen de ellas los beneficios sociales derivados de su trabajo les son negados por pura rutina.
  • Creciente feminización de la pobreza
    El sector de una agricultura de subsistencia y el sector no estructurado son los que muestran los índices más altos de pobreza urbana y rural. La historia enseña que la mayoría de los gobiernos han invertido muy poco en estos sectores. Las familias encabezadas por mujeres presentan índices de pobreza más elevados que los de aquellas en las que el cabeza de familia es un hombre, pero el número de las primeras está aumentando a consecuencia de la guerra y de la emigración de trabajadores.
  • Inadecuada capacidad de las instituciones para desarrollar programas
    Pese a la voluntad política de desarrollar estrategias para mejorar la participación de las mujeres en el mundo del trabajo, muchas de las instituciones comprometidas en esta tareay sus componentes carecen de los conocimientos técnicos y de los recursos materiales necesarios para alcanzar sus objetivos.

 

Lecciones aprendidas

Recomendaciones para futuros programas

  • Desarrollar capacidades tanto en el seno de la OIT como entre sus componentes
    Hay una urgente necesidad necesidad de disponer de personal capacitado en las oficinas de la OIT en la región y de proporcionar una formación más intensiva a los miembros de sus equipos. Esto requerirá crear en la región más puestos dedicados a los problemas de género.

  • Mayor seguimiento de los programas que se revelan eficaces
    La experiencia ha demostrado que muchos de los programas de la OIT diseñados para resolver las cuestiones de género han cosechado grandes éxitos. Sin embargo, una vez completada la fase inicial del proyecto, se ha hecho poco para consolidar los frutos y ampliar la influencia del programa. Resulta, pues, imprescindible asignar los recursos necesarios para el seguimiento de estos programas.

  • Mayor acomodación a las particularidades regionales y subregionales
    A la hora de elaborar por escrito pautas y listas de comprobación específicas para la región hará falta un análisis sistemático de las particularidades de sus miembros y de sus necesidades en el mundo laboral.

  • Más contacto directo con las autoridades sobre el terreno
    La experiencia ha demostrado que la posibilidad de que los proyectos tengan continuidad es mayor cuando participan en ellos los responsables de la toma de decisiones. Todos los que han tenido éxito contaron con miembros que promovieron el diálogo entre los participantes y las autoridades en todos los niveles.

  • Relación con quienes comparten el interés por el desarrollo
    Es importante poner mayor énfasis en la relación con las partes interesadas en el desarrollo y dirigir su atención sobre la forma como las cuestiones relativas al género y al trabajo se articulan con sus propios objetivos.

Por último, debe destacarse fuertemente la importancia que tiene reunir datos separados en función del género (es decir, separados por sexos) y aplicar sistemáticamente este procedimiento para identificar estrategias específicas para la región. Se trata de un elemento esencial para restaurar el equilibrio de oportunidades para las mujeres africanas en el mundo del trabajo.

 

La región árabe

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