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Fecha de actualización:
27/11/2008

 

 

 

 

La Región de América Latina

Reducir las diferencias

Las mujeres en la mano de obra

En América Latina, la presencia de las mujeres en la mano de obra ha venido creciendo consistente y significativamente en las últimas décadas. Entre 1960 y 1990, el número de mujeres económicamente activas se ha multiplicado por más de 3, progresando de 18 a 57 millones, mientras que el factor multiplicador para los hombres ni siquiera ha llegado a 2, puesto que han pasado de 80 a 147 millones. La tendencia a largo plazo prevé un rápido aumento de la afluencia de mujeres al mercado del trabajo, junto con un ligero descenso de la tasa de incorporación de los hombres. De esta forma se irá cerrando la brecha entre los sexos en términos de su respectiva participación en la fuerza del trabajo.

Por encima y más allá de este aumento cuantitativo, se está dando un significativo cambio cualitativo en el modelo de las mujeres en la mano de obra, que apunta hacia una reducción en las diferencias observadas anteriormente entre las pautas de actividad de los hombres y de las mujeres. Este cambio cualitativo está creando una separación cada vez mayor entre la realidad de la presencia de las mujeres en el mundo del trabajo y la imagen de las mujeres como mano de obra secundaria.

Pruebas de un cambio cualitativo

  • Los niveles tanto de actividad laboral de las mujeres como de su desempleo continúan creciendo
  • Aumento en el número de horas dedicadas por las mujeres al trabajo retribuido, así como en el de años dedicados a sus vidas económicamente activas (un promedio de 9 años entre 1970 y 1990)
  • Mayor continuidad de las mujeres en sus carreras laborales, se registra un aumento en la proporción de mujeres que no abandonan el mercado del trabajo para tener hijos y que siguen económicamente activas durante los años de mayor incidencia de la maternidad
  • Porcentaje ascendente de mujeres cabezas de familia; varía entre el 25 y el 35% en los diferentes países de la región. Más aún: hay hogares en los que los ingresos de las mujeres igualan o superan a los de los hombres; un hecho que no se detecta ni en los censos de población ni en las encuestas por familias, dada la definición de cabeza de familia que se emplea usualmente. De forma semejante, en los países donde han mejorado las condiciones de empleo de los hombres, no se observa un abandono del mercado del trabajo por parte de las mujeres, como sería el caso si realmente fueran una mano de obra secundaria

  • Significativa alza del nivel de educación de la mano de obra femenina: el nivel medio de instrucción de las mujeres en el mercado del trabajo es mayor que el de los hombres, lo que desmiente la idea de que las mujeres tienen menores ingresos porque su educación básica es también menor. En los medios urbanos en toda América Latina en 1995, las mujeres trabajadoras tenían una media de 9 años de educación, frente a 8 los hombres

La mejora de los niveles de educación, combinada con la mayor implicación de las mujeres en la mano de obra, ha dado como fruto una mayor presencia femenina en las profesiones y especialidades técnicas: más del 50% en las zonas urbanas de muchos países de la región.

Sin embargo, y a pesar de los niveles más altos de educación, los salarios de las mujeres siguen siendo significativamente más bajos. En ningún país latinoamericano reciben el mismo salario hombres y mujeres con la misma base de educación Los salarios de las mujeres son, en general, menores que los de los hombres, cualesquiera que sean los niveles de educación que posean, y la disparidad se acentúa a medida que se asciende en la escala educativa (a mayor nivel de educación, mayor es la diferencia salarial entre los hombres y las mujeres).

La mejor educación entre la mano de obra femenina refleja, por lo tanto, un aspecto negativo y otro negativo con respecto a su situación en el mercado del trabajo. Aparte de testimoniar una mayor capacidad para la adquisición de destrezas, evidencia los mayores obstáculos que han de superar las mujeres en su acceso al empleo; necesitan acreditar unos niveles de educación significativamente más altos que los de los hombres para conseguir los mismos empleos u obtener los mismos ingresos.

Los diferenciales salariales indican también que la masiva afluencia de mujeres al mercado del trabajo, así como los cambios cualitativos que se aprecian en sus pautas de actividad, no han ido acompañados de ninguna disminución notable de las desigualdades entre los hombres y las mujeres respecto al empleo. La mayoría de los empleos de las mujeres se concentra aún en determinados sectores de actividad y se agrupa en un pequeño número de ocupaciones con una fuerte presencia femenina. Esta compartimentación sigue en en el fondo de las desigualdades existentes (incluida la de remuneración) entre los hombres y las mujeres en el mercado del trabajo. Para la mayoría de las mujeres trabajadoras es aún exiguo el acceso a los puestos situados en los peldaños superiores del escalafón jerárquico.

La mayor participación de las mujeres en los mercados del trabajo latinoamericanos ha demostrado ser un importante factor para permitir a muchas familias superar la pobreza. En la medida en que este fenómeno se define de los ingresos familiares per cápita, un aumento en el número de los que aportan dinero a la familia puede ayudar a incrementar los ingresos de ésta. Según ciertas estimaciones, los ingresos de la mujer constituyen aproximadamente un tercio de los ingresos totales de las familias urbanas en que trabajan fuera del marco familiar ambos cónyuges, y en una cuarta parte de las familias urbanas la mujer contribuye con el 50% o más de los ingresos totales. Sin embargo, se dan importantes diferencias en las tasas de participación de las mujeres en el mercado del trabajo: son precisamente las que proceden de familias más pobres las que tienen mayor dificultad en encontrar trabajo (por sus bajos niveles de educación y capacitación, y porque, por ejemplo, carecen de apoyo para cuidar a sus hijos) y, por lo mismo, de contribuir a que sus familias puedan escapar de la trampa de la pobreza.

Las mujeres, además, se han visto especialmente afectadas por los problemas experimentados por la mayoría de las economías latinoamericanas para generar empleo productivo, así como por la tendencia a deteriorar la calidad del empleo, observada asimismo en la región y reflejada, entre otros indicadores, por el crecimiento del sector no estructurado y la inseguridad en el empleo. Están excesivamente representadas en el sector no estructurado urbano y rural, así como en ciertos subsectores del mercado del trabajo estructurado (cadenas de montaje y trabajo rural estacional, por ejemplo), en los que más precarios son los niveles de protección y de seguridad sociales

 

Superar las barreras

En una época en la que se reconoce cada vez más en América Latina (particularmente por parte de los miembros de la OIT) la importancia de la formación y de la capacitación ocupacional como factor clave para aumentar la productividad y la competitividad de la economía, así como mejorar la calidad del empleo, sobrevive aún una grave desigualdad entre los géneros con respecto al acceso al aprendizaje y a las oportunidades de recibir una formación profesional.

Para vencer estas persistentes y recurrentes desigualdades entre los hombres y las mujeres en el mundo del trabajo, es vital que la meta de la igualdad (y la eliminación de toda una serie de mecanismos discriminatorios generadores de desigualdades) se incorpore explícitamente la elaboración, puesta en marcha y evaluación de las políticas y de los programas desarrollados por la OIT y sus miembros; y en especial en los programas dirigidos a combatir la pobreza, generar empleo e ingresos, y procurar aumentar la formación profesional. Esto presupone también la disponibilidad de estadísticas e indicadores mejorados con respecto al género, así como de análisis más completos de una serie de problemas específicos concernientes a la situación de las mujeres trabajadoras y a las relaciones de género en el trabajo.

Importa subrayar que, durante la década de 1990, y en particular tras la cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en Pekín, se ha dado una creciente preocupación por parte de los gobiernos y las organizaciones de empleadores y de trabajadores en varios países de América Latina con respecto a la puesta en marcha de programas y de políticas para promover la igualdad de los géneros en el mundo del trabajo. En el contexto institucional se han registrado también importantes avances, tales como la creación y/o el refuerzo de oficinas patrocinadas por los gobiernos para ocuparse de la problemática de las mujeres, la elaboración de programas de igualdad de oportunidades, la creación de comisiones tripartitas para promover la igualdad de oportunidades en el empleo, y la constitución, por parte de las organizaciones de empleadores y de trabajadores, de departamentos especiales para abordar el mismo el mismo problema. Todo esto supone un importante reto para la OIT, que debe tener la capacidad de prestar un apoyo más eficaz y eficiente a las necesidades de sus miembros.

Un desglose por géneros de los datos relativos a las estructuras del empleo en 8 países permite identificar unas cujantas tendencias emergentes entre 1990 y 1996.

Tendencias emergentes, 1990-96

  • Las tasas de desempleo de las mujeres son sistemáticamente más altas que las de los hombres en los países de la región (8,5% para la fuerza del trabajo total, 7,6% para los hombres y 9,9% para las mujeres)
  • El movimiento del empleo hacia el sector no estructurado es más pronunciado en el caso de las mujeres. El porcentaje de mujeres que desempeñan trabajos en dicho sector, sobre el total del empleo femenino, es considerablemente mayor que las cifras equivalentes para el total de la mano de obra. Esta diferencia se ha hecho más marcada en la primera mitad de la década

  • El grado de inseguridad del empleo de las mujeres en el sector no estructurado es más elevado. Por una parte, sobre las mujeres pesa mucho más la carga del trabajo en el hogar; por otra, su presencia en microempresas (un subsector en el que es posible encontrar empleos de mejor calidad, y que está mejor dispuesto para integrarse en el sector estructurado) es francamente escasa, y aumentó muy poco, contrariamente a la tendencia observada en el conjunto de las personas empleada

 

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