Las mujeres en la mano de obra
En América Latina, la presencia de las mujeres en la mano de
obra ha venido creciendo consistente y significativamente en las
últimas décadas. Entre 1960 y 1990, el número de mujeres económicamente
activas se ha multiplicado por más de 3, progresando de 18 a 57
millones, mientras que el factor multiplicador para los hombres
ni siquiera ha llegado a 2, puesto que han pasado de 80 a 147
millones. La tendencia a largo plazo prevé un rápido aumento de
la afluencia de mujeres al mercado del trabajo, junto con un ligero
descenso de la tasa de incorporación de los hombres. De esta forma
se irá cerrando la brecha entre los sexos en términos de su respectiva
participación en la fuerza del trabajo.
Por encima y más allá de este aumento cuantitativo, se está dando
un significativo cambio cualitativo en el modelo de las
mujeres en la mano de obra, que apunta hacia una reducción en
las diferencias observadas anteriormente entre las pautas de
actividad de los hombres y de las mujeres. Este cambio cualitativo
está creando una separación cada vez mayor entre la realidad de
la presencia de las mujeres en el mundo del trabajo y la imagen
de las mujeres como mano de obra secundaria.
La mejora de los niveles de educación, combinada con la mayor
implicación de las mujeres en la mano de obra, ha dado como fruto
una mayor presencia femenina en las profesiones y especialidades
técnicas: más del 50% en las zonas urbanas de muchos países de
la región.
Sin embargo, y a pesar de los niveles más altos de educación,
los salarios de las mujeres siguen siendo significativamente más
bajos. En ningún país latinoamericano reciben el mismo salario
hombres y mujeres con la misma base de educación Los salarios
de las mujeres son, en general, menores que los de los hombres,
cualesquiera que sean los niveles de educación que posean, y la
disparidad se acentúa a medida que se asciende en la escala educativa
(a mayor nivel de educación, mayor es la diferencia salarial entre
los hombres y las mujeres).
La mejor educación entre la mano de obra femenina refleja, por
lo tanto, un aspecto negativo y otro negativo con respecto a su
situación en el mercado del trabajo. Aparte de testimoniar una
mayor capacidad para la adquisición de destrezas, evidencia los
mayores obstáculos que han de superar las mujeres en su acceso
al empleo; necesitan acreditar unos niveles de educación significativamente
más altos que los de los hombres para conseguir los mismos empleos
u obtener los mismos ingresos.
Los diferenciales salariales indican también que la masiva afluencia
de mujeres al mercado del trabajo, así como los cambios cualitativos
que se aprecian en sus pautas de actividad, no han ido acompañados
de ninguna disminución notable de las desigualdades entre los
hombres y las mujeres respecto al empleo. La mayoría de los empleos
de las mujeres se concentra aún en determinados sectores de actividad
y se agrupa en un pequeño número de ocupaciones con una fuerte
presencia femenina. Esta compartimentación sigue en en el fondo
de las desigualdades existentes (incluida la de remuneración)
entre los hombres y las mujeres en el mercado del trabajo. Para
la mayoría de las mujeres trabajadoras es aún exiguo el acceso
a los puestos situados en los peldaños superiores del escalafón
jerárquico.
La mayor participación de las mujeres en los mercados del trabajo
latinoamericanos ha demostrado ser un importante factor para permitir
a muchas familias superar la pobreza. En la medida en que este
fenómeno se define de los ingresos familiares per cápita, un aumento
en el número de los que aportan dinero a la familia puede ayudar
a incrementar los ingresos de ésta. Según ciertas estimaciones,
los ingresos de la mujer constituyen aproximadamente un tercio
de los ingresos totales de las familias urbanas en que trabajan
fuera del marco familiar ambos cónyuges, y en una cuarta parte
de las familias urbanas la mujer contribuye con el 50% o más de
los ingresos totales. Sin embargo, se dan importantes diferencias
en las tasas de participación de las mujeres en el mercado del
trabajo: son precisamente las que proceden de familias más pobres
las que tienen mayor dificultad en encontrar trabajo (por sus
bajos niveles de educación y capacitación, y porque, por ejemplo,
carecen de apoyo para cuidar a sus hijos) y, por lo mismo, de
contribuir a que sus familias puedan escapar de la trampa de la
pobreza.
Las mujeres, además, se han visto especialmente afectadas por
los problemas experimentados por la mayoría de las economías latinoamericanas
para generar empleo productivo, así como por la tendencia a deteriorar
la calidad del empleo, observada asimismo en la región y reflejada,
entre otros indicadores, por el crecimiento del sector no estructurado
y la inseguridad en el empleo. Están excesivamente representadas
en el sector no estructurado urbano y rural, así como en ciertos
subsectores del mercado del trabajo estructurado (cadenas de montaje
y trabajo rural estacional, por ejemplo), en los que más precarios
son los niveles de protección y de seguridad sociales
Superar las barreras
En una época en la que se reconoce cada vez más en América Latina
(particularmente por parte de los miembros de la OIT) la importancia
de la formación y de la capacitación ocupacional como factor clave
para aumentar la productividad y la competitividad de la economía,
así como mejorar la calidad del empleo, sobrevive aún una grave
desigualdad entre los géneros con respecto al acceso al aprendizaje
y a las oportunidades de recibir una formación profesional.
Para vencer estas persistentes y recurrentes desigualdades entre
los hombres y las mujeres en el mundo del trabajo, es vital que
la meta de la igualdad (y la eliminación de toda una serie de
mecanismos discriminatorios generadores de desigualdades) se incorpore
explícitamente la elaboración, puesta en marcha y evaluación de
las políticas y de los programas desarrollados por la OIT y sus
miembros; y en especial en los programas dirigidos a combatir
la pobreza, generar empleo e ingresos, y procurar aumentar la
formación profesional. Esto presupone también la disponibilidad
de estadísticas e indicadores mejorados con respecto al género,
así como de análisis más completos de una serie de problemas específicos
concernientes a la situación de las mujeres trabajadoras y a las
relaciones de género en el trabajo.
Importa subrayar que, durante la década de 1990, y en particular
tras la cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en
Pekín, se ha dado una creciente preocupación por parte de los
gobiernos y las organizaciones de empleadores y de trabajadores
en varios países de América Latina con respecto a la puesta en
marcha de programas y de políticas para promover la igualdad de
los géneros en el mundo del trabajo. En el contexto institucional
se han registrado también importantes avances, tales como la creación
y/o el refuerzo de oficinas patrocinadas por los gobiernos para
ocuparse de la problemática de las mujeres, la elaboración de
programas de igualdad de oportunidades, la creación de comisiones
tripartitas para promover la igualdad de oportunidades en el empleo,
y la constitución, por parte de las organizaciones de empleadores
y de trabajadores, de departamentos especiales para abordar el
mismo el mismo problema. Todo esto supone un importante reto para
la OIT, que debe tener la capacidad de prestar un apoyo más eficaz
y eficiente a las necesidades de sus miembros.
Un desglose por géneros de los datos relativos a las estructuras
del empleo en 8 países permite identificar unas cujantas tendencias
emergentes entre 1990 y 1996.