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Fecha de actualización:
17/07/2008

 

 

 

 

Zonas francas de exportación

¿Políticas no discriminatorias con respecto al género?

 

La mundialización ha visto un espectacular crecimiento de las cadenas de producción, que ahora se extienden por todo el mundo. Las zonas francas de exportación (ZFE) albergan muchas de las empresas implicadas en esas cadenas. Existen actualmente en el mundo unas 2.000 ZFE, como mínimo, que dan empleo a unos 27 millones de personas. Entre el 60% y el 90% de los trabajadores de esas zonas son mujeres, a menudo jóvenes y que han encontrado allí su primer empleo. La experiencia del trabajo que tienen estas mujeres difiere notablemente de la de los hombres que trabajan con ellas. Porque esas mujeres tienen, además, responsabilidades domésticas y desempeñan determinados roles "tradicionales" que complican su vida laboral. Sin embargo, la falta de sensibilidad hacia el género por parte de quienes establecen políticas, de los administradores, empleadores e incluso de los sindicatos hace que no sea tenida en cuenta la especial situación de las mujeres que trabajan en esas zonas. De esta forma se ven negativamente afectadas por políticas que en teoría no discriminatorias con respecto al género, pero que en la práctica discriminan a las mujeres.

Los administradores y empleadores de la zona son conscientes de los problemas planteados por el absentismo, el abandono y la baja productividad, pero a menudo se ven impotentes para resolverlos. Un obstáculo que han de superar es la falta de una perspectiva sensible a las cuestiones de género, sin la cual es difícil apreciar la naturaleza real del problema; en concreto, la doble carga de trabajo y responsabilidades familiares que han de sobrellevar con frecuencia las mujeres trabajadoras, así como el efecto negativo de unos límites socialmente impuestos a su educación, formación y oportunidades profesionales. Pero una perspectiva atenta al género dotaría a los responsables de la planificación y a los ejecutores de los planes en la práctica de la capacidad de análisis necesaria para adoptar medidas para que las mujeres puedan compaginar su trabajo y sus responsabilidades familiares, así como para darles un acceso a las oportunidades de formación y promoción en sus carreras del que ahora carecen.

Otro ejemplo de particular importancia para las mujeres es el del cuidado de los hijos. En muchas ZFE en todo el mundo, las mujeres tienen dificultad para encontrar instalaciones adecuadas donde dejar a sus hijos mientras ellas trabajan. Se trata de un problema que las hace perder mucho tiempo y dinero, y que las agobia también. En algunos casos, la madre se ve obligada incluso a dejar el trabajo para cuidar de sus hijos, privando a la familia de sus ingresos y al empleador de una trabajadora con experiencia. Si las autoridades y los empleadores de la zona combinaran sus recursos, podrían crear o subvencionar centros de atención de día, que aliviarían la carga de las madres trabajadoras y las animarían a reintegrarse al trabajo después de haber dado a luz. Algunas empresas de zonas francas han montado pequeñas guarderías dentro de las instalaciones de la fábrica, mientras que otras han apoyado la creación de otras de carácter comunitario.

Otro importante ámbito de preocupación es el de la formación, tanto profesional como en iniciativas de autoempleo. En muchas ZFE las mujeres se ocupan en tareas de transformación o montaje muy simples y reciben sólo una formación mínima. En los casos peores, esto quiere decir que una mujer puede llevar trabajando cinco años en una empresa de confección y no saber cómo acabar una prenda completa, porque se ha limitado a realizar una sola tarea repetitiva. Lo que significa que carece de una habilidad que pueda transferir a otro tipo de trabajo. Como resultado de ello, puede ser que abandone la zona con escasas posibilidades de encontrar empleo en cualquier otra parte. Es esencial, por consiguiente, que a los empleadores de las ZFE se les ofrezcan incentivos para formar a sus trabajadores y que los administradores de la zona brinden facilidades para una formación continuada. Si ofrecen también formación práctica en medios de autoempleo, las mujeres trabajadoras que abandonen la zona podrán emprender actividades generadoras de ingresos basadas en las habilidades adquiridas durante su permanencia en ella, que incluso podrían ser generadoras de empleo.

La OIT prepara actualmente un manual que tendrá como objetivo conciencias acerca de la especial situación de las mujeres que trabajan en la ZFE y exponer las mejores prácticas para abordar los problemas a los que se enfrentan.

Un día en la vida de una madre que trabaja en una ZFE

Una madre típica que trabaja en una ZFE típica tiene que levantarse varias horas antes de que comience su turno de trabajo en la empresa, porque tiene que preparar la comida para la familia y atender a sus hijos. Tal vez tenga que recorrer un largo camino a pie para tomar algún medio de transporte público, o incluso cubrir a pie la distancia que la separa del trabajo. Así que, para cuando llega a él, es probable que esté ya cansada antes de comenzar su agotadora jornada de diez horas. Puede ser que no haya desayunado y que, por consiguiente, le falte energía para mantener la producción que espera de ella su supervisor.

Si la máquina que maneja se estropea, tiene que llamar a un técnico, un hombre, para que la repare. Porque, en tanto esté ociosa, pierde el tanto por pieza y las primas por producción que normalmente obtendría. Hay mucha gente aguardando a que el técnico arregle sus máquinas, por lo que bien pudiera ser que le ofreciera dar prioridad al arreglo de la suya a cambio de algún favor sexual.

Si tiene que alcanzar determinada cuota diaria para poder ganar el salario mínimo, tal vez tenga que emplear dos o tres horas extras (no remuneradas) para llegar a ella, y si la fábrica se está quedando retrasada en el servicio de los pedidos, es probable que se ordene a todos los trabajadores prolongar la jornada.

Esto afecta a todos los trabajadores, hombres y mujeres, pero en general los hombres no tienen que hacer la comida, limpiar la casa y cuidar de la familia. Si la prolongación de la jornada la obliga a salir de la fábrica después de oscurecer, pudiera correr algún peligro físico o verse en la imposibilidad de utilizar el transporte público hasta su casa. Pero estas jornadas de 16 a 18 horas diarias acaban exigiendo su precio: las tasas de absentismo y abandono entre las mujeres que trabajan en la zona franca son altas. Muchas se agotan y dejan el trabajo después de cinco o seis años de actividad laboral allí. Otras se casan, tienen hijos y ya no pueden reanudar su vida de trabajo porque sus responsabilidades domésticas son demasiado exigentes.


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