Casi todo el mundo trabaja, o quiere trabajar.
No todos los que trabajan están empleados, por supuesto, y hay
mucho trabajo que pasa inadvertido y no es remunerado. Parte del
trabajo corresponde al mundo de la economía y el dinero, otra
parte se encamina a la obtención de fines sociales ajenos a la
esfera económica. Abunda el trabajo penoso, pero también el que
produce satisfacción. Una parte del trabajo se realiza como empleo
en puestos sometidos a regulación, en grandes empresas. Otra parte
se realiza sin regulación ninguna en las calles o en los campos,
e incluso en el hogar. Una gran cantidad del trabajo que hacemos
es necesario, como fuente de ingresos y de sustento, pero también
hay mucho trabajo voluntario.
Todas estas pautas y diferencias presentan un
marcado componente de género. El trabajo de las mujeres, por ejemplo,
queda sin remuneración mucho más frecuentemente que el de los
hombres, o no está considerado como trabajo y es, por consiguiente,
invisible. Por otra parte, las mujeres están excesivamente representadas
en la mayoría de las categorías de empleo más precarias, así como
en el grupo de quienes no tienen empleo.
El objetivo principal de la OIT es hoy el de promover
oportunidades para que las mujeres y los hombres consigan un trabajo
decente y productivo, en condiciones de libertad, equidad, seguridad
y respeto de la dignidad humana. La diversidad de formas de trabajo
hace complejo este objetivo. Para empezar, es necesario incluir
a todos los trabajadores; el principio fundamental es que todos
cuantos trabajan, hombres y mujeres, gocen de derechos en el trabajo.
Es decir, no sólo los trabajadores asalariados en empresas reguladas,
sino también los trabajadores independientes, los eventuales y
los empleados en empresas no reguladas, así como aquellos cuyo
trabajo no se ve y que son predominantemente mujeres que trabajan
en una economía de prestación de cuidados o en el ámbito del hogar.
La libertad, la equidad, la seguridad y la dignidad pueden adoptar
formas diversas en distintos ambientes, aunque el principio se
mantenga igual en el fondo. La Declaración de la OIT sobre los
principios y derechos fundamentales en el trabajo recoge las dimensiones
vitales de esta visión: libertad de asociación, ausencia de discriminación
y trabajo forzoso, rechazo del trabajo infantil. Más allá de estos
derechos fundamentales, existen otras preocupaciones, tales como
la seguridad del ambiente de trabajo, la duración e intensidad
del trabajo, las posibilidades de realización personal, la protección
contra las contingencias y las incertidumbres. También, la de
que el trabajo debería ser productivo si tiene que proporcionar
unos ingresos decentes. Y, por encima de todo, que debería haber
trabajo asequible para todos aquellos que lo buscan y lo necesitan.
Estas ideas, tomadas en conjunto, constituyen
la esencia de lo que se expresa como un trabajo decente. Se ha
dicho en ocasiones que el adjetivo "decente" coloca
demasiado bajo el listón. Decente puede interpretarse meramente
como lo contrario de "indecente", un nivel lindante
con el mínimo de lo tolerable. Pero la palabra tiene también en
español, al igual que en otros idiomas, el sentido de algo que
satisface o supera los estándares sociales básicos y marca, por
lo tanto, un umbral para el trabajo y el empleo que incorpora
derechos universales y que es consistente con los valores y las
metas de la sociedad en que se da. En este sentido, lo considerado
"decente" evoluciona como lo hacen también las posibilidades
de las sociedades, de manera que el umbral avanza al compás del
progreso económico y social.
¿Cómo puede lograrse el objetivo de promover el
trabajo decente? Desde la perspectiva de la OIT, la respuesta
se ve como la síntesis de cuatroobjetivos estratégicos:
- Implantación de los principios y derechos
fundamentales en el trabajo
- Creación de más empleo y de mayores oportunidades
de ingresos para hombres y mujeres
- Extensión de la protección social, y
- Promoción del diálogo social
Estos objetivos están estrechamente entrelazados:
el respeto de los principios y derechos fundamentales es una condición
previa para la construcción de un mercado del trabajo socialmente
legitimado; el diálogo social, el instrumento con el que los trabajadores,
los empleadores y sus representantes discuten e intercambian ideas
acerca de los medios para alcanzar ese objetivo. La creación de
empleo es el instrumento esencial para elevar los niveles de vida
y ampliar las posibilidades de obtener ingresos, en tanto que
la protección social brinda los medios para alcanzar la seguridad
en los ingresos y la seguridad del medio en que se realiza el
trabajo.
Estas diversas dimensiones del trabajo decente
se refuerzan unas a otras. Con frecuencia el mercado del trabajo
se interpreta en términos de sustitución de alternativas y así
se piensa que el aumento de calidad de los empleos generará costos
laborales más altos y hará que se creen menos empleos. Pero la
mayoría de los mercados del trabajo no funcionan de manera tan
simple. Los empleos de mejor calidad suelen ser más productivos.
Generan también confianza y cooperación, así como una inversión
física y humana que aumenta todavía la productividad. Pero, por
encima de todo, son sillares con los que construir una legitimidad
social y, con ella, la estabilidad a largo plazo del desarrollo
económico. El engarce entre los valores sociales y económicos
del trabajo y las condiciones en las que se realiza está, por
consiguiente, en el corazón de una estrategia que busque promover
el trabajo decente. Y la comprensión progresivamente generalizada
de esta realidad es, en sí misma, una fuente de progreso social:
así, por ejemplo, la mejor comprensión de las desigualdades en
razón del género en el mercado del trabajo ha terminado por incluirlas
en la discusión sobre la legitimidad de los modelos de desarrollo
dominantes.
Seguir esta estrategia, pues, supone juntar distintos
instrumentos: legales, económicos e institucionales. Es preciso
desarrollar instituciones y enfoques que que hagan de la política
social un factor de producción y que introduzcan importantes metas
sociales en la política económica. Porque, si bien es cierto que
el trabajo decente puede ser uno de los fundamentos del progreso
económico, también lo es que sólo podrá desempeñar este papel
si el marco institucional es correcto. Esto significa empresas
que no sólo sean competitivas, sino también capaces de responder
a las metas y a los objetivos de los trabajadores. Significa instituciones
en el mercado del trabajo que promuevan la concordancia entre
los objetivos sociales y los económicos, a la vez que ofrezcan
incentivos para lograrla. Y significa también posibilidades para
una discusión y una participación democráticas.
La legitimidad reclama asimismo universalidad.
Lo que quiere decir elaborar políticas que incluyan a hombres
y mujeres, tomando en consideración el hecho de que la desigualdad
por razón del género está arraigada en el funcionamiento del mercado
del trabajo e incluso en la opinión común acerca de lo que se
considera un trabajo productivo. Y significa asimismo que hay
que poner en marcha políticas eficaces para los que trabajan en
pequeñas empresas o en empresas del sector no estructurado, en
el hogar y en trabajos eventuales, así como para las minorías
más desfavorecidas y los trabajadores discapacitados.
También se trata aquí de un problema de dimensiones
mundiales. Las políticas encaminadas a promover un trabajo decente
han de insertarse en una economía mundial cada vez más integrada,
en la que cambian constantemente las oportunidades para las empresas,
con lo que esto implica para los empleos y los mercados del trabajo.
La mundialización ha abierto nuevas oportunidades de crecimiento
y de empleo; pero, si el marco institucional es erróneo, la intensificación
de la competencia en los mercados mundiales puede llevar también
a una espiral de deterioro de los salarios y de las condiciones
laborales, con la inestabilidad de los flujos financieros poniendo
en peligro los progresos tanto económicos como sociales. También
aquí los riesgos y las oportunidades son asimétricos con respecto
a los géneros. A la hora de encarar estos retos, la comunidad
internacional comienza a comprobar que, por su misma integración,
los problemas del desarrollo no pueden ser tratados con soluciones
sectoriales. Pues bien, si se requiere una respuesta igualmente
integral, el principio de un trabajo decente ofrece una dimensión
centrada y crucial: un camino para introducir los estándares sociales
en el desarrollo y asignarles una participación eficaz en la economía
internacional.

(Trabajo
decente) (El conflicto armado
y la promoción en el empleo) (Los
retos de la mundialización) (El
trabajo infantil) (La negociación
colectiva) (Condiciones de trabajo)
(El control de las finanzas) (Cooperativas)
(Educación y formación profesional)
(Las actividades de los empleadores)
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igualdad en el sector urbano no estructurado) (Zonas
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a domicilio y la economía mundial) (Dirección
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jubilación) (El acoso sexual)
(El desarrollo de la pequeña empresa)
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en puestos directivos) (Mujeres
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y familia) (El empleo juvenil)