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Fecha de actualización:
17/07/2008

 

 

 

 

Trabajo y familia

 

Trabajo y familia. Familia y trabajo. Éstas son las dos principales preocupaciones de muchos trabajadores, hombres y mujeres, a lo largo y ancho del mundo. Pero no fue así siempre. Podría decirse que antes a los hombres les preocupaba el trabajo, y a las mujeres la familia. Pero hoy son más que nunca las mujeres –y las madres– que desempeñan un trabajo remunerado. Según las estimaciones del Banco Mundial, entre 1960 y 1997 las mujeres han incrementado su participación en la fuerza del trabajo total ¡en un 126%! En la actualidad, las mujeres integran casi la mitad de la mano de obra del mundo. Se ha producido un colosal aumento de las familias en las que el hombre y la mujer obtienen ingresos derivados de sus respectivos trabajos, y han aumentado también mucho las familias monoparentales. A menudo los ingresos de las mujeres son vitales para la supervivencia de la familia. Según estimaciones de la OIT, se calcula que en todo el mundo la proporción de hogares en los que las mujeres son la principal fuente de ingresos asciende al 30% del total. Y no sólo están presentes hoy las mujeres en el mundo del trabajo, sino que muchas se ocupan en los considerados tradicionalmente "trabajos masculinos".

La perspectiva de género

Este aumento de la participación de las mujeres en la fuerza del trabajo ha inducido un cambio en los roles y las expectativas de género, tanto en la familia como en la propia empresa. A medida que son más las mujeres que pasan a desempeñar un empleo retribuido, crece también el número de hombres que comparten mucho más que antes las tareas domésticas y las funciones de atención a la familia, tradicionalmente consideradas femeninas. Teóricamente, pues, a medida que aumenta el número de familias con dos fuentes de ingresos, las mujeres salen de su papel "familiar" para implicarse en el mundo del "trabajo", en tanto que los hombres lo hacen de su papel tradicional en el "trabajo" para asumir nuevas responsabilidades con la "familia". Pero la realidad es que la redistribución de las responsabilidades financieras en el seno de la familia no se ha visto acompañada de una redistribución equivalente de las responsabilidades de trabajo en el hogar. Que todavía son las mujeres quienes desempeñan una parte desproporcionada de las tareas domésticas. Que tienen ahora más trabajo que nunca, hasta el extremo de que podría decirse que muchas realizan un "segundo turno" laboral cada día.

Más aún, a pesar de la presencia de las mujeres en la empresa, todavía se espera del trabajador ideal que tenga ciertas cualidades de las tradicionalmente consideradas "masculinas": que él (o ella) anteponga a todo su "carrera profesional"; que centre su vida en el trabajo; que esté en condiciones de dedicar al trabajo largas jornadas para adaptarse al rápido ritmo de producción que requiere el mercado mundializado; que pueda ajustar su vida familiar a las exigencias del trabajo, cuando éste lo demande; y que, en fin, no esté coartado por unas obligaciones familiares que reclamen su dedicación a ellas. En los nuevos usos laborales, no es infrecuente que las empresas inicien la jornada con desayunos de trabajo y las concluyan con sesiones de planificación que se prolongan durante la cena. Y los programas de formación pueden requerir del trabajador prolongadas ausencias del hogar. Por consiguiente, a pesar de haber incorporado a las mujeres en la fuerza del trabajo, la empresa sigue buscando al hombre en su modelo de división del trabajo entre "hombre proveedor de ingresos-mujer forjadora de la familia". Ahora bien, esta idea suya de "trabajador ideal" con cualidades "masculinas" es discriminatoria tanto contra las mujeres como contra los hombres con responsabilidades familiares. Lo que quiere decir que las percepciones sociales sobre el trabajo y la familia no han cambiado al mismo ritmo con que se ha transformado el mercado del trabajo a consecuencia de la mayor participación de las mujeres en él. Y esto trae consigo toda una serie de problemas:

Separación artificial de trabajo y familia

Lo cual lleva a un mayor estrés y a un descenso de la productividad en la empresa, porque, mientras desempeñan su trabajo, los trabajadores están inquietos por las funciones de asistencia que deben prestar en sus hogares. Y esto, a su vez, da lugar a un elevado índice de abandonos del mercado del trabajo, puesto que muchos trabajadores, incapaces de compaginar el trabajo en la empresa y sus obligaciones familiares, abandonan sus empleos. Pero la pérdida de trabajadores entraña la pérdida de las destrezas que poseen y la de la inversión realizada en formarlos, lo que redunda en mayores costos para la empresa.

  • Discriminación en la empresa
    Es más probable que sean las mujeres, y no los hombres, quienes se responsabilicen de las cuestiones familiares. Por otra parte, son ellas quienes dan a luz y necesitan dejar el trabajo durante ciertos periodos de tiempo. En estas condiciones resulta muy difícil superar la inveterada discriminación contra las mujeres en las empresas derivada de su papel en la reproducción y de sus "tradicionales" roles femeninos.
  • Adaptación a los deberes de prestación de cuidados
    Para adaptarse a sus deberes de prestación de cuidados familiares, muchas mujeres trabajan a tiempo parcial, pero los trabajadores a tiempo parcial rara vez gozan de unas condiciones laborales comparables y de unos derechos equivalentes a los de los trabajadores a jornada completa.

 

Políticas favorecedoras de la familia: tendencias emergentes

Las nueva realidades reclaman nuevas iniciativas por parte de los empleadores y de las autoridades, y tanto los gobiernos como las empresas están empezando a cobrar conciencia de ello. El Convenio de la OIT sobre trabajadores con responsabilidades familiares, 1981 (núm. 156), ratificado hasta ahora por 29 países, buscó promover la igualdad de oportunidades y de trato en el empleo entre los trabajadores con responsabilidades familiares y aquellos que no las tienen. Hasta ahora, los enfoques más innovadores para abordar el problema trabajo-familia han surgido de la empresa privada. Parte de este esfuerzo ha sido fruto de su "conciencia social" y su sentido de "responsabilidad social". Pero lo más importante de todo es que esa experiencia suya ha demostrado que las políticas destinadas a compaginar trabajo y vida familiar son un medio eficaz para mejorar la dedicación y la productividad de los trabajadores.

Iniciativas trabajo-familia
Medidas para promover la igualdad

  • Atención a los niños
  • Atención a los ancianos
  • Permiso parental y por maternidad
  • Apoyo a las mujeres en la maternidad y en la vuelta al trabajo
  • Horarios flexibles de entrada y salida del trabajo
  • Acuerdos flexibles de permisos
  • Planes de interrupción de la carrera profesional
  • Teletrabajo, trabajo a domicilio, etc.

 

"Prestación compartida"

En el momento actual, y en muchas partes del mundo, las mujeres son las proveedoras primarias de cuidados. A menos que se acometa una acción positiva para compaginar trabajo y obligaciones familiares, el conflicto entre ambas responsabilidades seguirá siendo una fuente de estrés y de tensión para las mujeres trabajadoras. Sin embargo, si los programas para remediar la situación se dirigen exclusivamente a las mujeres, la prestación de cuidados seguirá considerándose una tarea femenina y ello, habida cuenta del coste adicional de tales programas, hará que las empresas sigan viendo más caro contratar a una mujer trabajadora que a un hombre. Por lo tanto, si lo que se pretende es promover la igualdad con respecto al género en la empresa, es obligado que esos planes trabajo-familia se destinen tanto a los trabajadores como a las trabajadoras y que busquen promover una "prestación de cuidados familiares compartida" por un igual por los hombres y las mujeres. Sólo así las mujeres podrán superar la doble carga que les imponen sus obligaciones laborales y familiares. Pero esto requiere un cambio en las percepciones sociales de los hombres y de las mujeres, así como en su idea de cuál es el papel que les corresponde en justicia en la sociedad. Hay que reconocer que no es una meta fácil. Sin embargo, acostumbrarse a ver a los hombres y a las mujeres como proveedores de cuidados, junto con la puesta en marcha de políticas para promover esa prestación compartida, podría ser el principio de una forma más adecuada de abordar el problema trabajo-familia.

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