Capítulo IV La formación profesional como instrumento de protección
social
Realzar el alcance y la eficacia de la protección social
para todos es el tercer objetivo estratégico de la OIT para el bienio 2001-2002. Trabajo
decente, seguridad social y condiciones de trabajo constituyen las dimensiones más
relevantes de tal objetivo. Desde el punto de vista de la formación profesional y su
potencial aporte a la concreción de este objetivo, adquiere especial relevancia la
consideración de determinados colectivos que, por su propia situación, justifican una
priorización de las acciones a ellos dirigidas con el fin de incrementar y mejorar sus
niveles de protección social. En este capítulo se aborda por un lado, la situación
actual de los trabajadores desempleados, de los trabajadores activos que hacen frente a
los procesos de cambio y reconversión tecnológica y productiva, de los jóvenes y de las
mujeres. Por otro, se busca reseñar las experiencias en curso en la región en materia de
políticas orientadas a tales colectivos.
Dentro de lo que constituye el amplio y heterogéneo
público de la formación, los trabajadores desempleados son, probablemente, una de las
categorías que demandan mayores esfuerzos en términos de formulación de políticas y
estrategias en la región y en el mundo. Se trata sin duda de un desafío de primer orden,
no sólo por la significación cuantitativa del problema, sino también porque los
desempleados constituyen, a su vez, también un grupo que presenta importantes
heterogeneidades internas.
El desempleo reviste características diferentes en primer
lugar, de la etapa de la vida en que se encuentren las personas. Así los requerimientos
que plantean los jóvenes que buscan insertarse por primera vez en el mercado de trabajo,
son diferentes a los de un trabajador adulto que a perdido su empleo y, aún más, de los
de un trabajador desempleado de edad avanzada.
Los niveles de calificación de las personas constituyen
también un factor de diferenciación, y si bien se constata una correlación positiva
entre calificación y acceso al empleo, en muchos casos y especialmente entre los jóvenes
las tasas de desempleo son significativamente superiores a las del resto de la población
activa, a pesar de los mayores índices de escolaridad que presentan los primeros.
Finalmente, los varones y las mujeres se ven también
afectados en forma diferente por este problema, no sólo en lo que hace al comportamiento
de las tasas respectivas, sino también y fundamentalmente en las situaciones que plantea
para unos y otras y sus consiguientes requerimientos.
La ya mencionada asociación entre mayores niveles de
calificación y mayores posibilidades de acceso y mantenimiento del empleo, así como
entre niveles de calificación y salarios, es por si solo un argumento convincente a
efectos de promover las inversiones en materia de educación en general, y de formación
profesional en particular.
Es preciso, sin embargo, volver a señalar que sólo
mediante la educación y la formación profesional no resulta posible dar cuenta de la
globalidad del problema ni de sus múltiples aristas. La experiencia regional indica
precisamente la necesidad no sólo de incrementar y perfeccionar las acciones en materia
de formación profesional, sino también de realizar esfuerzos tendientes a articular
tales acciones con otras complementarias en una perspectiva a la vez integral y
sistémica.
Así por ejemplo, las acciones encaminadas a facilitar el
ingreso por primera vez al mercado de trabajo ha de tomar en cuenta no sólo lo relativo a
los requerimientos técnicos demandados por el mercado de trabajo, sino también cuáles
son los niveles de calificación previos de las personas, en este caso fundamentalmente
jóvenes y mujeres. De ello se deriva si sólo mediante acciones de capacitación se
atiende al centro del problema o si es preciso, además, complementar esto con esfuerzos
tendientes a la nivelación y recuperación de niveles de educación básicos. Otro
aspecto que los programas orientados a este tipo de población suelen tomar en cuenta, es
uno de los rasgos distintivos de tales buscadores de trabajo por primera vez es justamente
su falta de experiencia laboral previa. Es debido a ello que la capacitación suele
aparecer complementada con mecanismos de apoyo a la inserción en el mercado de trabajo
como son las ofertas de primeras experiencias laborales, sea bajo la forma de pasantías o
de becas de trabajo.
En cuanto a los trabajadores que han perdido su empleo, las
experiencias más innovadoras tienden a articular no sólo los mecanismos de protección
social como el seguro de desempleo y la oferta de cursos de capacitación, sino que
también desarrollan estrategias de tipo integral atendiendo a la globalidad de la
situación que afecta a estas personas. Como fuera dicho antes, la situación de desempleo
acarrea una serie de consecuencias que van más allá de la pérdida de una fuente de
ingresos regular. Al quedar el trabajador desvinculado de la relación laboral, se
desvincula también de una parte importante de lo que son sus formas de socialidad y sufre
un desdibujamiento de su identidad y una merma en su autoestima. Todos estos factores
combinados refuerzan su condición de excluido y, en la medida que la situación se
prolongue, disminuyen sus posibilidades de reinsertarse en el mercado de trabajo.
A los seguros de desempleo y las oportunidades formativas
tienden agregarse entonces servicios de orientación e intermediación laboral,
componentes de educación básica en aquellos casos en que se constatan déficits en este
aspecto. Asimismo, y contemplando la pérdida de espacios de socialidad, de identidad y
del sentido de pertenencia, tales experiencias procuran proveer de espacios colectivos de
búsqueda de soluciones y recuperación de la confianza en los propios medios.
Por otra parte, las nuevas estrategias formativas orientadas
a desocupados de diverso tipo están colocando un énfasis cada vez mayor en lo que
refiere no ya la calificación estrictamente técnica para desempeñarse en el marco de
trabajos asalariados o en relación de dependencia, sino también en lo que concierne al
desarrollo de capacidades de emprendimiento y gestión, apuntando fundamentalmente a las
alternativas del autoempleo y los microemprendimientos.
Esto último se apoya en los datos firmes que demuestran el
sostenido declive de las formas clásicas de relación laboral, a la vez que se constata
que la única significativa generación de empleo tiene lugar bajo estas modalidades donde
la capacidad de emprendimiento y gestión resultan fundamentales. Si bien en muchos casos
las microempresas, así como buena parte de los empleos por cuenta propia, adolecen de
serios problemas en materia de productividad, protección social y remuneraciones, resulta
ineludible considerar el hecho de que ellos constituyen uno de los pocos espacios
económicos donde la generación de empleo aún resulta posible.
De lo anterior se deriva un importante desafío, cual es el
de diseñar estrategias de fortalecimiento de los microemprendimientos y el autoempleo, a
fin de que las oportunidades de trabajo y generación de ingreso que ellos conllevan, se
vean acompañados de una mayor viabilidad económica, mayores niveles de productividad,
mayor protección social de los trabajadores involucrados en este tipo de iniciativas y un
mejor nivel de ingresos, convirtiéndolos simultáneamente en una pieza clave de las
políticas de generación de empleo.
Por otra parte, las nuevas competencias demandadas en el
mercado de trabajo apuntan, más allá del tipo de relación contractual establecida, a
una mayor dosis de autonomía del trabajador quien debe gerenciar su propia carrera
profesional y laboral. Estas nuevas competencias resultan fundamentales para encarar con
éxito las alternativas del autoempleo y los emprendimientos productivos, pero lo son
también y cada vez más para cualquier trabajador en la situación actual del mercado de
trabajo. Así, las estrategias destinadas a desarrollar una amplia gama de competencias
que superen los conocimientos exclusivamente técnicos del trabajo y avancen hacia la
capacidad de analizar, interpretar, comunicar, innovar y colaborar, entre otras, son
aspectos cuyo dominio resulta imprescindible para todos los trabajadores.
Finalmente, importa llamar la atención sobre algunas
implicaciones del problema del desempleo hasta aquí no referidas. En primer término, el
desempleo tiene consecuencias económicas importantes para la sociedad en al menos dos
sentidos: primero, porque la cobertura mediante los dispositivos del seguro de desempleo y
otros mecanismos de protección implican costos importantes (y tanto más importantes
cuanto mayor es el desempleo); segundo, porque esa sociedad se priva de contar con el
aporte de las capacidades de las personas que se encuentran desempleadas. En segundo
lugar, en las culturas de nuestros países el trabajo y su forma por décadas más
típica: el empleo asalariado- constituye la forma más directa de acceso al pleno
ejercicio de la ciudadanía. De ahí que no es exagerado afirmar que el desempleo, además
de un problema económico de primer orden, también constituye un problema (y un desafío)
de orden político.