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FORMACIÓN PARA EL TRABAJO DECENTE
Presentación El trabajo es un aspecto fundamental en la vida de los individuos. No sólo es un medio de sustento y de satisfacción de las necesidades básicas del ser humano; es también un vehículo para que las personas puedan reafirmar su propia dignidad al ocupar un lugar productivo y sentirse útil a la sociedad y a su familia. A pesar de las vertiginosas transformaciones tecnológicas que ha sufrido la manera como hombres y mujeres producen, el significado del trabajo en la vida de las personas no ha cambiado. La preocupación por obtener un trabajo, y por desarrollar las calificaciones necesarias para poder mantenerlo, sigue estando en el centro de la preocupación de millones y millones de personas, independientemente del grado de desarrollo de sus sociedades y de los aspectos culturales que los diferencian. Pero la gente no quiere solamente un oficio que les permita a duras penas sobrevivir bajo permanente zozobra. La gente quiere un trabajo decente: con condiciones adecuadas y que le permita beneficiarse de un mínimo de protección social; un trabajo donde se garanticen los derechos fundamentales a todos los que laboran y a partir de este respeto establecer un diálogo social transparente; un trabajo que sea un instrumento de superación permanente, un lugar para desarrollar sus capacidades y poder así competir en el mercado al mantenerse al día con las nuevas calificaciones tecnológicas. Pero tal como lo expresé en mi Memoria a la Conferencia Internacional del Trabajo en junio de 2001, titulada: Reducir el Déficit de Trabajo Decente: un desafío global, estamos lejos de colmar las aspiraciones de la gente y el déficit global de trabajo decente es la más ingente de las tareas que tenemos que acometer en este momento. Empleo insuficiente y de mala calidad, una protección social inadecuada, la delegación de los derechos en el trabajo y un diálogo social débil, son los signos que nos indican la profunda brecha que existe entre la realidad en que hombres y mujeres se ven obligados a trabajar y las esperanzas que tiene la gente de una vida mejor. Por tanto, hay que redoblar esfuerzos por lograr reducir este déficit. Se requiere no sólo de la voluntad sino también de un enfoque que integre sistemáticamente las metas sociales con las económicas tanto en el ámbito local, nacional o mundial. Es necesario, asimismo, que las políticas se analicen desde la perspectiva de su efecto concreto en la vida de los individuos y sus familias. La globalización ha agudizado la necesidad de competir para poder establecerse con éxito en los mercados. Este esfuerzo por ser competitivos obliga a que las empresas se conviertan en centros de creatividad y eficacia si quieren sobrevivir. Requiere, asimismo, que los trabajadores tengan la posibilidad de estar permanentemente a tono con la evolución tecnológica del trabajo para ser a su vez ellos también más creativos y eficientes. El trabajo decente es el marco para que ambas necesidades puedan ser realizadas a través de la formación profesional. La formación y desarrollo de las calificaciones y competencias de los trabajadores es una dimensión crucial del trabajo decente. En ella confluyen de manera tal vez más evidente que en ninguna otra el interés económico, el imperativo social y el derecho a la dignidad de las personas que trabajan, inherentes a la noción de trabajo decente. Por ello, la formación profesional adquiere una preponderancia particular en la agenda de la OIT. La calidad del capital humano y social constituida por el acervo de competencias de su fuerza de trabajo es la que permite a una sociedad crecer y desarrollarse por la vía alta, esto es, por el aumento constante de la productividad sobre la base del valor agregado intelectual cada vez mayor. Es a la vez el elemento preponderante para acrecentar el valor económico y social del factor humano en la ecuación de la producción, y el reconocimiento que se le otorgue en la distribución de sus beneficios. La inversión que una sociedad haga en la calificación, reciclaje y perfeccionamiento continuos de su mano de obra es condición determinante para poder insertarse favorablemente en una economía globalizada. La integración global de los mercados trae consigo convulsiones en el empleo, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo en ciertos sectores y creación de nuevos empleos en otros. Ello requiere una política deliberada, alerta y proactiva de desarrollo de competencias, capaz de contrarrestar estas presiones y permitir a los trabajadores beneficiarse de las nuevas oportunidades y a las empresas reaccionar a tiempo y aprovechar los nuevos nichos. Es casi de perogrullo afirmar que la calidad de sus recursos humanos es un factor estratégico de sobrevivencia y desarrollo de la empresa. Sin embargo, ello cobra en la actualidad dramática prioridad y es por ello factor esencial para la creación y mantenución de empleos de calidad. Fustigada por la carrera ineluctable hacia la competitividad y enfrentada a los desafíos de adaptación y creatividad ante mercados cada vez más complejos y exigentes, cada empresa necesita contar con un contingente de trabajadores capacitados, susceptibles de aprender y adaptarse no sólo a nuevos perfiles profesionales sino a nuevas formas de organización del trabajo y a requisitos cambiantes de producción. La formación de competencias es también esencial para la creación de nuevas empresas así como para aumentar la productividad y rentabilidad de las medianas y pequeñas empresas cuyo capital más preciado está en la calificación de sus trabajadores. Es asimismo un instrumento capaz de potenciar la estabilidad, productividad e ingresos de los trabajadores que sobreviven en el sector informal, en actividades tradicionales de baja rentabilidad o en trabajos precarios y desprotegidos, carentes de la ventaja comparativa de su propio capital de formación. Para cada hombre o mujer que aspire a obtener y realizar un trabajo decente, su propia calificación profesional es el punto de partida para aumentar sus condiciones de empleabilidad en una economía caracterizada por la presión constante hacia el aumento de la productividad y que impone demandas crecientes en el terreno de la tecnología y el conocimiento. Es también la mejor credencial para optar a un trabajo de calidad: productivo, satisfactorio, adecuadamente remunerado, ejercitado en condiciones de trabajo aceptables y premunido de los derechos laborales fundamentales. Es, además, el pasaporte más efectivo para acceder a las oportunidades de empleo, la protección más eficaz contra la discriminación y la exclusión en el mercado de trabajo, el mejor seguro contra el desempleo y la salvaguarda más útil en momentos de ajuste y reconversión ante la reestructuración de la actividad productiva. La formación profesional es parte integral e inobviable de la agenda de la OIT para reducir el déficit del trabajo decente en el mundo. Ella se articula de manera dinámica en una espiral virtuosa de creación de más y mejores empleos, de respeto a los derechos y a la dignidad de los trabajadores, y de protección y seguridad económica y social. Más aun, se erige y comprueba como un ámbito propicio y convergente de diálogo, negociación y concertación entre los actores protagónicos del mundo del trabajo, poniendo de relieve la contribución positiva de la fuerza laboral al crecimiento y la prosperidad. En suma, se inserta en el meollo de una agenda integrada para el trabajo decente, como estrategia privilegiada de crecimiento, innovación, competitividad, inclusión social, erradicación de la pobreza y realización y desarrollo profesional y personal para cada uno de los hombres y mujeres que trabajan. Me place, por lo tanto, exhortar a las instituciones de formación profesional de los Estados Miembros de la OIT de las Américas y España, a que continúen desplegando sus esfuerzos para desarrollar las capacidades humanas y profesionales de los trabajadores de hoy y mañana, y les invito, a través de Cinterfor, a mantener y estrechar sus lazos de colaboración con la OIT en pos de una formación para el trabajo decente.
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