El de trabajo decente es un concepto de profundo contenido
ético y que tiende a resaltar la importancia de los derechos del trabajador y de la
calidad de las condiciones de trabajo. El trabajo decente no puede ser sino el trabajo en
cantidad y calidad suficientes, apropiadas, dignas y justas, lo que incluye el respeto de
los derechos, ingresos y condiciones de trabajo satisfactorias, protección social y un
contexto de libertad sindical y diálogo social.
Por su parte, si la formación es uno de
los derechos humanos y además constituye un requisito fundamental para el acceso al
empleo de calidad, circunstancia ésta que se acrecienta en un contexto de
mundialización, regionalización, tecnologización y de advenimiento de la denominada
sociedad del conocimiento, aquella deber ser, necesariamente, parte esencial del trabajo
decente.
Así, hoy en día no hay trabajo decente
posible sin formación adecuada. Y del mismo modo que ésta es condición y componente de
aquél, un trabajo decente es también, un ámbito en el cual se desarrolla la formación
continua, la actualización y la recalificación
Esa dinámica de formación y trabajo decente tiene una
dimensión especial que no ha sido desarrollada específicamente en este documento, pero
que sí ha sido abordada en algunos pasajes del mismos y que debe ser señalada. Es la
recién referida de la mundialización y la regionalización(59).
La Resolución de la Conferencia Internacional del Trabajo de 2000 sobre Desarrollo de los
Recursos Humanos lo indica también en su párrafo 2, al establecer que "se reconoce
cada vez más que la mundialización presenta una dimensión social que requiere una
respuesta social" y que "la educación y la formación son componentes de una
respuesta económica y social a la mundialización".
Así es que, por ejemplo, tanto en la
Unión Europea como en el Mercosur, cada uno en su medida y a su manera, el tema de la
formación ha sido y continúa siendo encarado como esencial.(60)
Cabría todavía alertar respecto del hecho
siguiente. Si no hay trabajo suficiente y decente en todo el mundo, los países más
desarrollados verán crecer indefinidamente sus problemas de inmigración no deseada. Y
ello sin entrar a considerar la cuestión teórica de que la globalización de la
economía debería suponer la de la fuerza de trabajo.
Aceptado que la formación profesional forma parte de la
noción de trabajo decente, que es condición para el alcance del objetivo del trabajo
decente y que además ésta supone acceso a la capacitación, se impone la conclusión
metodológica de que es necesario incorporar a los medidores del trabajo decente algunos
que correspondan a la formación.
Así, sería necesario medir índices de
alfabetización, de escolaridad y de formación profesional inicial. También habría que
medir la frecuencia y extensión de la formación continua y de los programas específicos
de formación para colectivos tales como desocupados, mujeres, jóvenes, etc. También
sería recomendable cuantificar el grado en que la negociación colectiva regula la
formación y el nivel de participación de los actores sociales en su gestión.
La formación profesional tiene un destacado papel a cumplir
con relación al objetivo estratégico de la OIT de crear mayores oportunidades para las
mujeres y los hombres, con objeto de que dispongan de unos ingresos y un empleo decorosos.
A través de su articulación con los sistemas de información y orientación profesional
ella puede contribuir a reducir aquel desempleo a través de una más eficaz comunicación
entre oferta y demanda de trabajo. Mediante su actualización sistemática en términos
tecnológicos, de sus metodologías de intervención y de sus contenidos la formación
profesional aporta a reducir la brecha existente entre la estructura de competencias
demanda por el mercado de trabajo y la ofrecida por las instituciones y sistemas de
formación. Si bien la formación profesional no constituye por sí sola una fuente
directa de generación de empleo salvo aquel que se deriva de los puestos necesarios
para su operación-, sí cumple un función central dentro de las estrategias de
incremento de la productividad y de mejora de la competitividad en términos sistémicos.
De ahí que aunque pueda considerarse a la formación profesional como una condición no
suficiente, sí resulta absolutamente necesaria para incrementar la condiciones de
competitividad de empresas, sectores productivos y economías nacionales, regionales o
locales, ayudando así a crear mejores condiciones para la generación de empleo. La
formación profesional es además la herramienta principal para la mejora de la
empleabilidad de las trabajadoras y trabajadores. Y si bien esto conlleva una
responsabilidad para estos últimos en términos, lo es también y de forma principal para
el conjunto de la sociedad y sus diversos actores. Es en este sentido que los países de
América Latina y el Caribe viene desarrollando importantes avances en el sentido de
configurar sistemas de formación y educación permanentes, que den cuenta no sólo de las
características heterogéneas de la demanda de calificación, sino también de los
cambios a que a lo largo de la vida de las personas acontecen en sus requerimientos
formativos.
El objetivo estratégico de la OIT de realzar el alcance y
la eficacia de la protección social para todos encuentra también en la formación
profesional una herramienta fundamental para su concreción. Independientemente de los
esfuerzos que puedan realizarse en aras de mejorar la cobertura y la eficacia de los
sistemas de seguridad social, es cada vez más claro que la existencia de oportunidades
equitativamente distribuidas de acceso a la formación ha de formar parte imprescindible
del menú de políticas de protección social en la actualidad. Actuar en el sentido de
una mayor igualdad de oportunidades lleva necesariamente a estrategias de formación
diseñadas e implementadas específicamente para contrarrestar la situaciones de inequidad
y vulnerabilidad que sufren determinados colectivos como los trabajadores desempleados,
los trabajadores activos que enfrentan procesos de reconversión tecnológica o que están
insertos en contextos laborales precarios, los jóvenes y las mujeres.
En todo caso, y volviendo a lo conceptual, es claro que en
el marco actual en el cual educación y trabajo tienden a coincidir cada vez más,61
"la educación y la formación son la piedra angular de un trabajo decente.62
La formación profesional es un campo particularmente
fértil para el desarrollo y fortalecimiento del diálogo social. En comparación con
otros temas tradicionalmente más conflictivos, el acercamiento de los diversos intereses
y posiciones resulta más factible, en función de su aporte a objetivos tales como el
mejoramiento de la productividad y la competitividad, pero también y simultáneamente a
la integración y la inclusión social y al desarrollo personal y profesional de los
trabajadores y trabajadoras. La experiencia de América Latina y el Caribe reafirma esta
afirmación, visto la aparición de distintas y múltiples experiencias de negociación,
concertación y diálogo sobre formación profesional. Esta última mantiene además
importantes vínculos con otros temas de los sistemas de relaciones laborales, lo que por
un lado la señala como un componente indiscutible de éstos y, por otro, la sitúa como
un posible punto de partida para una negocación positivamente orientada entre
empleadores, trabajadores y gobierno en los más diversos campos.
59. Como lo destaca SEN, Amartya, loc.
cit., págs. 138-139 60. Véase ERMIDA URIARTE, Oscar y BARRETTO GHIONE, Hugo (coords.), Formación
profesional en la integración regional, Cinterfor/OIT, Montevideo 2000.
61 Learning and working before related pursuits, OIT, Globilizing Europe..., cit, p. 1.
62 OIT, Resolución... cit. para. 3.