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Fecha de actualización:
01/09/2008

 

 

CEDEFOP
Ágora IX: Modelos alternativos de formación. Salónica, 2000.
Luxemburgo: CEDEFOP, 2002. 200p. (CEDEFOP Panorama, 52)


El evento destacó la paradoja de los éxitos obtenidos con los sistemas alternativos de formación. A pesar de su éxito, los sistemas alternativos de formación contribuyen a filtrar cada vez más con más precisión a los jóvenes (y no tan jóvenes) en situación de fracaso escolar y a crear un núcleo irreductible de rechazados por el sistema educativo. ¿Cómo se puede, por tanto, luchar desde el inicio contra el fracaso escolar y permitir a cada ciudadano acceder al núcleo de competencias clave indispensables para ocupar realmente su lugar en la sociedad?

El Ágora IX insistió claramente en la necesidad de movilizar al conjunto de "interesados en la acción educativa" de un sistema educativo que, sin ninguna duda, va más allá del simple sistema escolar. En el contexto del aprendizaje permanente, debe ser perfectamente posible que las personas aprendan a ritmos diferentes. Falta aún por establecer las condiciones de dicho aprendizaje y encontrar los medios para motivar a las personas hacia éste.

El informe manifiesta que si se examina la educación de una persona como un conjunto a lo largo de su vida, se puede subdividir en tres etapas:
a) la educación inicial, dividida a su vez en dos partes: la instrucción básica, que se corresponde con el período de la enseñanza obligatoria, donde se intenta proporcionar las herramientas y conocimientos mínimos básicos necesarios para las relaciones sociales, familiares y profesionales en conjunto; y la enseñanza o educación inicial no obligatoria, que cada vez resulta más indispensable y puede consistir en un período de enseñanza general o formación profesional;
b) la transición a la vida activa, es decir, el momento en el que los conocimientos básicos obtenidos durante la educación inicial se enfrentan con la realidad de un puesto de trabajo y, en general, con el entorno social y profesional.
c) la formación continua o educación de adultos, que puede ser de carácter general y/o profesional pero que tiende cada vez más hacia objetivos profesionales, ya que las personas temen perder su empleo, o por estar la formación diseñada en beneficio inmediato del empresario.

La fase de transición y la educación continua pueden contrarrestar hasta un cierto punto el terreno perdido y las desventajas y obstáculos acumulados en la educación inicial, pero la estadística muestra claramente que cuando más bajo sea el nivel educativo mayores serán las dificultades para encontrar un primer empleo o conseguir una experiencia profesional inicial, y menores las oportunidades para acceder a la educación continua.

Esta obligatoriedad o necesidad general de abandonar la enseñanza obligatoria con un nivel educativo satisfactorio, de obtener y dominar una mínima magnitud de conocimientos -magnitud variable de país a país en Europa, pero existente en todos los sistemas educativos- constituye precisamente el problema que ofrecen las personas de baja cualificación.

Los sistemas educativos de los países europeos desarrollados se han creado conforme al principio
democrático de la igualdad de oportunidades. Este sistema pretende dar a todo ciudadano un
derecho equivalente de acceso a una educación secular, libre y de calidad estándar, de suerte que
sean cuales sean su rango social, estado o fortuna, características físicas, raza o religión, todo joven
tenga las mismas oportunidades para obtener conocimientos. La
diferencia y distinciones entre personas, para bien o para mal, surgen por tanto en función de las virtudes personales, el sentido de la organización, la inteligencia y la capacidad de trabajo respectivos.

Según esta visión ideal de un sistema educativo, el éxito o el fracaso en la escuela se consideran
responsabilidad del propio alumno. Todos los alumnos comienzan en la misma línea de salida, y…
¡que gane el o la mejor!
Esta visión no capta el hecho de que la igualdad inicial es algo muy relativo. No se trata de una carrera libre en un recorrido liso, sino de una carrera de obstáculos y con lastres. El hijo de una familia de inmigrantes, de cuyos padres ninguno ha acabado la enseñanza obligatoria ni habla el idioma empleado en la escuela, o en general el idioma del país anfitrión, no está evidentemente en pie de igualdad con el hijo de un profesor universitario familiarizado con todos los aspectos del sistema educativo y que posee desde el principio el bagaje cultural y social que le permite aprovechar al máximo la educación.

Las diferencias entre las personas son de tal calibre que sería ilusorio pensar que todos los jóvenes parten de la misma posición en una edad dada, y que poseen las mismas capacidades y aptitudes para aprender, educarse y formarse.
Por ejemplo, las niñas son por lo general más maduras, atentas y dóciles que los chicos de su misma
edad y trasfondo social. También van con frecuencia más avanzadas en la escuela. Por otro lado,
sufren un sesgo cultural que sigue restringiendo sus perspectivas profesionales a una serie muy
pequeña de empleos (servicios personales, salud, educación, secretariado, etc.), lo que les deja
menos margen que a los chicos para elegir su propia formación. También se encuentran
desfavorecidas durante el periodo de transición a la vida activa, y durante todo el curso de sus
carreras profesionales.

Por último, incluso dentro de una categoría concreta, no todas las personas poseen el mismo grado
de madurez, receptividad o la misma aptitud para aprender o comprender las mismas cosas en el
mismo momento.

De esta manera, el mecanismo de funcionamiento de un sistema educativo arroja en la mayoría de
los casos tanto jóvenes bien educados y capacitados que pueden adaptarse a un mundo en
constante mutación, como fracasos educativos de graves consecuencias en forma de problemas de
personalidad, rupturas familiares, confinamiento a comunidades cerradas y unidades mínimas de
supervivencia, o efectos desastrosos sobre la salud física y mental de los propios jóvenes y la
seguridad de bienes y personas en su entorno.

Europa ha puesto en marcha ya muchas iniciativas para combatir lo que suele denominarse en términos generales "fracaso escolar", pero que sin duda podría definirse con mayor precisión (véase Casal, García, Planas, 1998) y que quizás merezca el nombre de educación incompleta.

La mayoría de las iniciativas se realizan fuera de las instituciones educativas, quizás porque los
jóvenes afectados han superado la edad de la enseñanza obligatoria, o porque conservan una imagen
muy negativa de la escuela. Aparte de una serie de intentos de integración realizados dentro del
sistema educativo (por ejemplo, las escuelas integrales del tipo de las Folkeskole danesas o la
Laborschule en Bielefeld, Alemania) y de otras tentativas para dividir a los jóvenes destinatarios por
grupos homogéneos (por ejemplo, escuelas integrales para muchachas o escuelas para alumnos
"hiperdotados"), la mayoría de los experimentos realizados son de carácter terapéutico: pueden
adoptar una forma institucional (por ejemplo, la Produktionsskole de Dinamarca, la Escuela-Taller
española, y las escuelas de "segunda oportunidad" en una serie de países de la UE); también pueden
llegar a realizarse fuera de la estructura educativa formal (por ejemplo, el "Programa 501-301" de
Berlín/Alemania o el experimento efectuado en la región de Dioguardi en Apulia/Italia).

Para combatir los niveles bajos de conocimientos básicos, la incapacidad para asimilar hechos
esenciales, la imposibilidad de gestionar asuntos y las carencias evidentes de competencias
transversales primarias, se han emprendido iniciativas a escala local y algunos programas incluso a
escala nacional, con el objetivo final de colmar las lagunas más urgentes y compensar en parte el
terreno perdido que ya se ha acumulado.

Un hecho común a todas estas iniciativas es que ofrecen "nuevas oportunidades educativas" a
aquellos sectores de población que han desperdiciado su primera oportunidad escolar. Por ello,
reciben con frecuencia el nombre de escuelas de "la segunda oportunidad" aún cuando sus
actividades tengan lugar fuera de la escuela.
Estas diversas iniciativas, dirigidas a quienes han interrumpido su educación y están abocados con
frecuencia a la exclusión económica y social, suelen centrarse sobre todo en el empleo y aspiran a
imbuir en sus destinatarios tanto sentido de la responsabilidad – integrándoles en un colectivo de
trabajo, socializándoles al permitirles obtener ingresos con un empleo – como también una formación p
rofesional técnica o social.

La colaboración de las empresas con este tipo de formación resulta por tanto indispensable. Sin ella, estos experimentos no tendrían lugar. La función y la responsabilidad de las empresas dentro del sistema educativo constituyen por tanto un tema clave, sobre todo porque éstas suelen rechazar el rol de protagonistas en el sistema educativo, y consideran que su objetivo consiste ante todo en la obtención de beneficios. Sin embargo, las empresas desempeñan un papel dentro de la formación profesional a través de la formación en el puesto de trabajo, y si aceptan esta situación es porque se benefician de ella.
Por tanto, será justo plantear hasta dónde llegan sus responsabilidades educativas, qué capacidades posee la empresa, qué sabe sobre formación profesional, y definir el "control social" que debe ejercerse sobre este aspecto de la actividad empresarial. ¿Qué otras instituciones o agencias debieran contribuir a este fin, aparte de las empresas: grupos o comunidades locales, agentes sociales, gremios y organismos profesionales, etc.?. Además, la formación en un puesto de trabajo cuesta dinero: ¿quién debe pagarla?. ¿Las empresas, ya que efectúan una inversión en capital
humano?; ¿los jóvenes (y sus familias), ya que la formación les conduce a una cualificación?; ¿o el
estado, puesto que la formación garantiza la paz social y el correcto funcionamiento de la sociedad
civil, y porque la educación es materia pública?

Así pues, el debate sobre los tipos alternativos de enseñanza y formación debe ser amplio.
En un sistema económico y social como el actual, que fomenta la competición, alienta la búsqueda individual de soluciones y procura sobre todo un rendimiento inmediato, no hay que decir que la eficacia, la flexibilidad y la independencia son las características individuales fundamentales que requieren desarrollarse, y que estos elementos son los que el sistema educativo se plantea alcanzar.

En una sociedad que diversifica cada vez más en tiempo y espacio las oportunidades de acceso al
conocimiento, es evidente que la necesidad de intervenir a corto plazo a favor de aquellas franjas de
población más excluida no debe producir el resultado de reforzar las rigideces estructurales ya existentes.

La necesidad de desarrollar métodos alternativos en el ámbito educativo y formativo corre de hecho paralela a la necesidad de reforzar la "ciudadanía participativa".

 

Para acceder al documento completo en formato pdf visite el sitio web de CEDEFOP:
http://www2.trainingvillage.gr/etv/publication/download/panorama/5137_ES.pdf


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