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EQUIDAD DE GENERO EN EL MUNDO DEL TRABAJO EN AMÉRICA LATINA.
AVANCES Y DESAFÍOS 5 AÑOS DESPUÉS DE BEIJING
Indice
I.PROMOVER
EL EMPLEO DE CALIDAD PARA LAS MUJERES
A.
Evolución de la inserción laboral de las mujeres en América
Latina en los años 90
B.
Temas especiales
II.
PROMOVER LOS DERECHOS FUNDAMENTALES: IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
ENTRE HOMBRES Y MUJERES EN EL TRABAJO
A.
Los derechos de las trabajadoras y la Normalización Internacional
B.
El principio de igualdad y no discriminación por razón de sexo
en las Constituciones y legislaciones laborales
C.
Mecanismos y órganos de control de la normativa
III.
PROMOVER EL DIÁLOGO SOCIAL EN TORNO A LA IGUALDAD DE GÉNERO
A.
La creciente presencia de las mujeres en el mundo del trabajo:
nuevos desafíos para la organización sindical
B.
Negociación colectiva e igualdad de género
C.
La experiencia de las Comisiones Tripartitas para la promoción
de la Igualdad de Oportunidades en el Trabajo
IV.
HACIA LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES Y DE TRATO EN EL MUNDO DEL
TRABAJO: APORTE DE LA OIT: ESTRATEGIAS, POLÍTICAS Y PROGRAMAS
RECIENTES
A.
La equidad de género y los mandatos de la OIT
B.
Temas y áreas prioritarias de trabajo en América Latina
BIBLIOGRAFIA
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B.3. Género,
pobreza y empleo
La pobreza
continúa siendo un problema grave en América Latina. En 1997,
un 44% de la población (algo más de 200 millones de personas)
vivía bajo la línea de pobreza, es decir, los ingresos promedio
per cápita de sus hogares alcanzaban para un máximo de dos canastas
de alimento básicas mensuales (Cepal, 1999). En la región en su
conjunto, aunque el número absoluto de pobres ha aumentado, el
porcentaje de personas en situación de pobreza ha disminuido desde
los inicios de la década (cuando el nivel de pobreza alcanzaba
al 48% de la población) como resultado del crecimiento económico
y de una expansión del empleo. La desaceleración del crecimiento
económico y el aumento del desempleo en los últimos años de la
década, probablemente conducirán a un estancamiento de esa tendencia
o a un empeoramiento de la pobreza en varios países.
El abordaje del tema de la
pobreza es complejo. Existen diferentes enfoques sobre las dimensiones
que constituyen este fenómeno. Se reconoce que hay un núcleo de
privaciones absolutas, que no son relativizables ni sujetas a
comparaciones, cuyos requerimientos son universales y cuya medida
es la integridad física y psicológica de la persona. Se trata
de necesidades que todos, por compartir la calidad de seres humanos,
tienen el derecho a satisfacer, subrayando la idea de la dignidad
humana vinculada a necesidades universales y a la universalidad
de los derechos que la garantizan. La satisfacción de estas necesidades
constituye un derecho y una meta ineludible para todas las personas
que componen una sociedad, sin excepción de ningún tipo. Sin embargo,
las necesidades humanas evidentemente van más allá del sostenimiento
de las condiciones indispensables para vivir, y están estructuradas
a partir del elenco de valores que, en cada cultura, se identifica
como una necesidad. El concepto de "necesidades básicas"-que
define el umbral de lo que cada sociedad considera una vida digna-
está por lo tanto definido socialmente y varía en diferentes contextos
geográficos e históricos.
La mayoría de las sociedades
no garantiza una vida digna a todos sus habitantes. Ni siquiera
las necesidades absolutas, cuyos requerimientos son universales
-como alimentarse- son garantizadas para todos, ya que la desigual
distribución de los recursos -económicos, sociales, culturales-
impide que así sea. La desigual distribución del ingreso en América
Latina es un rasgo estructural, que tiende a empeorar en situaciones
de crisis económica y se resiste a mejorar en períodos de crecimiento.
El análisis de la evolución de la concentración de ingresos entre
1994 y 1997 en 12 países, mostró que en 7 ésta empeoró, en 1 se
mantuvo y solo en 4 mejoró (Cepal, 1999). Las desigualdades de
género, por su parte, aun cuando han tendido a disminuir en los
últimos años en algunos aspectos, son todavía un sello en la región.
De acuerdo al índice de desarrollo relativo al género (IDG) elaborado
por el PNUD, que intenta captar el avance de la mujer mediante
el mismo conjunto de capacidades básicas del Indice de Desarrollo
Humano (IDH) -esperanza de vida, logro educacional e ingreso-,
pero distinguiendo la situación de hombres y mujeres, la mayoría
de los países de la región resultan clasificados en lugares bajos
del ranking mundial. El Indice de Potenciación de Género
(IPG), por su parte, que mide la desigualdad de género en esferas
claves de la participación económica y política y la adopción
de decisiones, muestra una clasificación aun más baja (PNUD, 1999).
Las desigualdades de género
inciden en la pobreza de las mujeres y en su acceso desigual al
poder y los recursos. La feminización de la pobreza es un concepto
que da cuenta de la incapacidad de satisfacer las necesidades
básicas de grandes contingentes de mujeres, y la inequidad en
la distribución de los beneficios socioeconómicos entre los sexos.
En este sentido, el concepto implica no solo la existencia de
una mayor cantidad de mujeres pobres a nivel mundial y al interior
de los países, sino que también constituye una hipótesis acerca
de la futura composición de la cohorte de los pobres y la representación
relativa de los dos géneros dentro de ella.
El "orden de género"
y la pobreza de las mujeres
La división sexual del trabajo
es una de las bases del orden de género (1).
Esta no solo se expresa en la división del trabajo concreto entre
hombres y mujeres -productivo y reproductivo- sino también en
las normas que regulan sus trabajos, las representaciones de lo
femenino y lo masculino, el reconocimiento social y el poder para
expresar sus opiniones y desarrollar sus proyectos personales
y colectivos. Incide también en la identidad de los géneros, es
decir en las pautas socialmente esperadas de las conductas, valores
y expectativas de las personas según su sexo, y que son asumidas
como naturales. La división del trabajo por sexos está asociada
a la pobreza de las mujeres, por las menores oportunidades de
éstas para acceder a los recursos materiales y sociales y a la
toma de decisiones en materias que afectan su vida y el funcionamiento
de la sociedad (Bravo, 1998).
La responsabilidad que se
asigna a las mujeres de la mayor parte del trabajo doméstico y
el cuidado de la familia genera desigualdad de oportunidades en
el acceso a los recursos económicos, culturales, sociales y políticos.
A su vez, el trabajo reproductivo de la mujer no tiene valor económico
en nuestra sociedad -no se transa en el mercado- por lo que es
menos apreciado que el papel económico del hombre, que es medible
y más visible. Eso significa que las mujeres dedican una gran
cantidad de horas al día a un trabajo que no es remunerado, (quehaceres
del hogar, crianza de los niños y ancianos, cuidado de la salud,.etc.).
Para amplios sectores de la población, esto impone restricciones
a la participación de la mujer en condiciones de igualdad en el
mundo público y genera una dependencia económica de la mujer con
respecto al hombre.
La función biológica de la
procreación (propia de la mujer) se proyecta así en una función
social del cuidado de los miembros de la familia. Así, se tiende
a considerar a las mujeres como responsables únicas de la crianza
de los hijos, el cuidado de los enfermos y los ancianos.
or otro lado, las mujeres
tienen menor acceso a los recursos productivos: la propiedad de
la tierra y de las empresas, el capital productivo, el crédito.
Esto constituye un círculo vicioso que las mantiene alejadas de
la riqueza y el poder económico. Ellas enfrentan menores oportunidades
para desarrollar su capital humano, ya que el sistema educativo
y de formación profesional tiende a reproducir las pautas tradicionales
sobre las relaciones e identidades de género, en que lo femenino
es menos valorado socialmente.
Las mujeres, especialmente
las pobres, tienen mayores dificultades para acceder al trabajo
remunerado, por las barreras que le imponen sus tareas domésticas,
su falta de preparación e información o por pautas culturales
que desincentivan el trabajo femenino. Además, enfrentan de parte
de los empleadores imágenes estereotipadas y conductas discriminatorias
que limitan sus opciones.
El menor acceso a la toma
de decisiones y la baja presencia de las mujeres en los organismos
que inciden en los diversos aspectos de su vida también se expresa
en la exclusión de sus intereses específicos de género de las
agendas políticas, económicas y gremiales. Por ejemplo, la pobreza
es usualmente percibida como "neutra" en términos de
género, y, por lo tanto, las políticas de combate a la pobreza
tienden muchas veces a reproducir las desigualdades de género.
Factores por los cuales las
mujeres caen y permanecen en la pobreza
La pobreza afecta de manera
diferente a hombres y mujeres. Aun cuando hay procesos comunes
en la pobreza de hombres y mujeres, en otros existe un claro sesgo
de género. Las mujeres presentan mayor vulnerabilidad para caer
y permanecer en la pobreza. A diferencia de la dinámica de la
pobreza masculina, relacionada básicamente con el trabajo, la
pobreza femenina se vincula también de manera importante a la
vida familiar. La falta de autonomía en la capacidad de generación
de ingresos de las mujeres las vuelve especialmente vulnerables,
particularmente en determinadas etapas de su ciclo vital, tales
como embarazo, lactancia, cuidado de niños pequeños y vejez.
La dinámica de la pobreza
femenina se relaciona medularmente con las dificultades que impone
la vida familiar al trabajo de las mujeres. Muchas mujeres caen
en la pobreza a consecuencia de una separación o un divorcio,
luego del nacimiento de un hijo que las obliga a restringir sus
actividades laborales, después del accidente o minusvalidez de
otro familiar y de las muchas otras contingencias que pueden ocurrir
en el ámbito domestico. Reparar la situación y volver a la condición
anterior de no-pobreza, en el caso de las mujeres, es más difícil
que en el de los hombres, ya que depende de una serie de restricciones
y limitaciones adicionales, debido al peso de los condicionantes
familiares. Por esta razón, la pobreza femenina tiende, además,
a perdurar más tiempo.
Los factores ligados a la
estructura y composición del hogar, presencia de niños y ancianos,
ciclo de vida de la familia y estructura etárea adquieren una
relevancia especial para las posibilidades de la mujer pobre de
emprender una actividad económica.
El aumento de hogares con
jefatura femenina es otro fenómeno asociado a la pobreza femenina.
Este fenómeno tiene su origen en ciertos cambios demográficos,
tales como las migraciones temporales o definitivas de los hombres,
la viudez femenina, el embarazo adolescente, el aumento de la
maternidad en soltería, las separaciones y divorcios. Se menciona
entre sus causas el debilitamiento de las relaciones familiares
que regulaban las transferencias de ingreso de los hombres hacia
sus esposas e hijos y las consecuencias sociales de la crisis
económica y los programas de ajuste (Acosta, 1997). Los hogares
con jefatura femenina se concentran en etapas avanzadas del ciclo
familiar, presentan una mayor proporción de familias extendidas,
son de menor tamaño y presentan mayor riesgo de ser pobres. Su
mayor vulnerabilidad a la pobreza se deriva del carácter de sostén
económico único o principal de la mujer. Las mujeres que los encabezan
tienen ingresos menores, deben asumir las responsabilidades económicas
sin dejar las domésticas y en una alta proporción no cuentan con
aportes del padre ausente. Una situación similar es la que viven
las jóvenes madres adolescentes, incluso cuando permenecen junto
al hogar de origen, ya que interrumpen sus estudios y proyectos
de vida frente a esta nueva responsabilidad, aumentando así las
probabilidades de transmisión intergeneracional de la pobreza.
Del Cuadro 10 se desprende
que los hogares con jefatura femenina están sobre representrados
entre los más pobres. En casi todos los países su participación
entre los indigentes es superior al promedio del total de hogares
y la situación es más grave en los países con una mayor presencia
de hogares a cargo de mujeres.
El aporte de la mujer a la
superación de la pobreza
Las mujeres tienen una inserción
laboral más baja que los hombres, tanto por las restricciones
que le imponen sus responsabilidades reproductivas como por las
barreras socio-culturales que enfrentan en el mercado de trabajo.
Además, la tasa de participación laboral de la mujer está asociada
al nivel socioeconómico del hogar, y las mujeres pobres tienen
tasas de actividad sensiblemente menores que las mujeres pertenecientes
a hogares no pobres.
Cuadro 10
Porcentaje de hogares
encabezados por mujeres en cada estrato de pobreza 1997
| |
Total hogares
|
Indigentes
|
Pobres no indigentes
|
No pobres
|
|
Argentina
|
26
|
32
|
24
|
26
|
|
Brasil (1996)
|
24
|
24
|
22
|
24
|
|
Chile (1996)
|
23
|
29
|
22
|
23
|
|
Colombia
|
27
|
32
|
28
|
25
|
|
Costa Rica
|
27
|
51
|
36
|
24
|
|
El Salvador
|
30
|
36
|
33
|
28
|
|
Honduras
|
29
|
32
|
28
|
28
|
|
México (1996)
|
18
|
17
|
15
|
19
|
|
Nicaragua
|
37
|
41
|
36
|
33
|
|
Panamá
|
28
|
37
|
29
|
26
|
|
República Dominicana
|
31
|
50
|
31
|
29
|
|
Venezuela
|
26
|
28
|
29
|
24
|
Fuente: CEPAL (Panorama Social
1998)
Hay circunstancias que
dificultan el desempeño laboral de las mujeres pertenecientes
a hogares con menores niveles de ingreso: menor nivel de educación,
mayor número de hijos, menores posibilidades de contar con servicios
de apoyo al trabajo doméstico y un ambiente valórico menos favorable
al trabajo remunerado de la mujer, entre otros elementos (2).
Tienen, además, mayores limitaciones en el acceso a recursos productivos
y crédito, se concentran en ocupaciones más desprotegidas y con
menor nivel de organización social, por lo que tienen menos posibilidades
de hacer valer sus derechos. A esto se agrega la falta de servicios
públicos y privados para el apoyo a responsabilidades familiares
(Marinakis, 1999). A pesar de estas dificultades para insertarse
y permanecer en el mercado de trabajo, la tasa de participación
laboral de las mujeres pertenecientes al estrato de ingresos más
bajo está creciendo a una mayor velocidad que el resto, tal como
se observa en el Cuadro 1, sección A de este capítulo.
La importancia del ingreso
de la mujer en el bienestar familiar es innegable y la mayor tasa
de participación femenina ha sido un importante factor de reducción
de pobreza. Ha tenido también un efecto clave en el bienestar
de los miembros del hogar, ya que de acuerdo a diversos estudios,
la mujer tiende a destinar sus ingresos a su familia en mayor
proporción que a otros gastos.
Los diversos efectos del incremento
de la participación laboral de la mujer
Reconociendo la importancia
del ingreso de la mujer en el bienestar de la familia, especialmente
de las familias pobres, es necesario también observar los efectos
del trabajo femenino en la condición de la mujer, es decir, la
forma en que la actividad económica femenina puede modificar o
refuerzar la desigualdad y pobreza relacionadas con el género.
Los efectos de la creciente
incorporación laboral de las mujeres son complejos y múltiples.
Desde un punto de vista subjetivo, las mujeres valoran trabajar.
Un estudio realizado en Chile a una muestra de mujeres trabajadoras,
mostró que menos del 20% quisiera dedicarse "solamente a
la casa" si tuviera el problema económico resuelto. No es
sólo el ingreso lo que lleva a las mujeres a trabajar, sino también
la posibilidad de independencia y diversificación de las relaciones
sociales (Henríquez, 1993). Al mismo tiempo, la mayor capacidad
de las mujeres de generar y controlar sus propios ingresos, aumenta
su autonomía y empoderamiento. Pero dado que el incremento en
la participación laboral de la mujer no ha sido acompañado de
una redistribución de las actividades reproductivas, ha quedado
con menos tiempo libre, y esto no ha sido medido ni se ha evaluado
su impacto en su calidad de vida.
Eso significa que los resultados
de la creciente participación laboral de la mujer en su bienestar
dependen en buena medida de las condiciones en los cuales ejerce
el trabajo remunerado y no remunerado, asi como de las instituciones
del mercado de trabajo y las normas laborales. Dado que las mujeres
se están incorporando en momentos de redefinición de la organización
del trabajo y las relaciones laborales, algunas pueden mejorar
su situación pero otras no, por lo que las brechas de género deben
ser cuidadosamente monitoreadas.
Conclusiones
La división sexual del trabajo
es un determinante fundamental en la pobreza de la mujer, ya que,
a partir de este ordenamiento social, las mujeres tienen un menor
acceso a los recursos (incluyendo el empleo) y sus tareas y atributos
son menos valorados. La capacidad de la mujer de desarrollar un
proyecto económico autónomo es un requisito indispensable para
la superación de la pobreza. Pero no basta con ampliar el acceso
de las mujeres al empleo para resolver su situación de pobreza,
ya que es necesario reinterpretar socialmente los elementos simbólicos
que atribuyen un significado inferior a las tareas femeninas y
al trabajo realizado por las mujeres.
Las mujeres enfrentan además,
por su condición de género, barreras socio-culturales para ingresar
y permanecer en el mercado de trabajo en igualdad de oportunidades.
Entre los factores ligados a la demanda con mayor impacto en su
capacidad de generación de ingresos y por lo tanto en la posibilidad
de reducir la pobreza de las mujeres, están la segregación ocupacional
(que limita el rango y tipo de ocupaciones disponibles para ellas)
y la discriminación salarial. Se ha calculado que, en América
Latina, las mujeres necesitan en promedio 4 años de estudio adicionales,
para obtener el mismo ingreso promedio que los hombres (Arriagada,
1998).
Las mujeres pertenecientes
a hogares pobres enfrentan mayores dificultades y alternativas
menos atractivas para insertarse laboralmente, en comparación
con las mujeres de estratos socioeconómicos más altos. El aporte
de sus ingresos a la superación de la pobreza y el bienestar de
su familia es sin embargo crucial, y ayuda a explicar una importante
proporción de la reducción de la pobreza, en los países en que
esto ha ocurrido.
La incorporación de la mujer
pobre a la fuerza de trabajo trae beneficios para ella y su familia,
pero también mayores demandas de tiempo, que deben ser considerados
en el diseño de las políticas sociales.
(1)
El orden de género es el sistema de relaciones económicas,
sociales, políticas y culturales que se establece entre hombres
y mujeres. Estas relaciones contienen dimensiones simbólicas,
normativas y subjetivas que configuran las prácticas sociales
en los distintos espacios de la sociedad.
(2)
El comportamiento reproductivo está fuertemente asociado al nivel
educacional. Este se expresa no sólo en la menor tasa de fecundidad
de las mujeres con mayor educación, sino también en la diferencia
en la edad que se tiene al primer hijo. En la mayoría de los países
de América Latina las mujeres sin escolaridad tienen su primer
hijo antes de los 20 años, mientras que aquellas con educación
secundaria inician la maternidad a los 24 años (Valdés y Gomáriz,
1995).

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