Antes de comenzar a hablar acerca de la juventud, la primera cuestión
que debemos señalar, es que enfrentamos una serie de dificultades conceptuales en su
tratamiento, que exigen trabajar sobre una faceta de tipo histórico relacionada con su
surgimiento, porque jóvenes hubo siempre, pero juventud no, aunque parezca extraño; la
idea de juventud esta íntimamente ligada a los roles históricos de los distintos grupos
sociales y etáreos. Por otra parte, cuando abordemos el tema de la política de juventud,
deberemos revisar su diseño teniendo siempre en cuenta que la implementación de
políticas está firmemente vinculada con el concepto de juventud que opere de base.
Tomando prestadas algunas imágenes del presente, y como señas de
contexto, podemos decir que sabemos que la mayoría de los pobres son jóvenes, e
inversamente, podemos afirmar que la mayoría de los jóvenes son pobres; en cambio, si
decimos que la mayoría de los que están en el chat son jóvenes, su inverso no es
cierto, porque la inmensísima mayoría de los jóvenes no están en el chat. Es
decir, tenemos jóvenes de muy diversa condición social, y los hallamos de un extremo a
otro de la sociedad, de un margen a otro, de la miseria al polo tecnológico. Sin embargo,
nunca hay que olvidar que la mayoría de ellos, en particular hablando de nuestras
sociedades latinoamericanas, son pobres. Por otra parte, esta diversidad, nos exige no
generalizar ni realizar extrapolaciones, y no dejar de preguntarnos acerca de los
jóvenes, la juventud y la condición juvenil, que son cosas diferentes.
Teniendo en cuenta esta circunstancia, lo primero que uno tiene que
tomar en cuenta es que «la juventud» como tal (no los jóvenes) es un producto
histórico resultado de relaciones sociales, relaciones de poder, relaciones de
producción que generan este nuevo actor social. «La juventud», es un producto de la
sociedad burguesa, de la sociedad capitalista, antes la juventud no existía ¿pero es que
acaso antes no había jóvenes? Sí, efectivamente uno podría decir jóvenes siempre hubo
mientras que juventud no, la juventud como fenómeno social en los términos occidentales
que hoy lo comprendemos es un producto histórico que deviene de las revoluciones
burguesas y del nacimiento y desarrollo del capitalismo.
Por supuesto, hubo antecedentes de juventud o grupos sociales que uno
pudiera pensar en términos de cuasi juventudes. Ya Esparta y Atenas, ciudades-Estado que
necesitaban permanentemente estar trabajando en la defensa de sus fronteras, defensas
territoriales, geográficas, no virtuales todavía, bien físicas, bien reales, bien
presenciales, debían juntar individuos que reunieran ciertas condiciones, una cierta
condición física, de vigor, energía, que puedan ser formados, capacitados, un
entrenamiento sobre el cuerpo muy fuerte, no solamente sobre el cuerpo, pero ciertamente
sobre el cuerpo. Estos ejércitos estaban formados esencialmente por jóvenes que
compartían una serie de instancias que los llevaban a percibirse como grupos humanos
específicos. Por otra parte, la complejidad social emergente y el excedente económico
generado permite una formación cívico militar que incluye la consolidación de la
institución educativa para los jóvenes, le conocida efebía. Ésta, demandaba la
formación obligada de los jóvenes al tiempo que reconocía una suerte de fin de la
infancia. He allí lo que, para algunos autores, supone la presencia de una
cuasi-juventud.
Otro antecedente importante, podría encontrarse con el surgimiento de
las universidades en Europa, en particular podemos mencionar la de Bolonia, allí por el
1100, porque la de Bolonia surge desde la élite de estudiantes, no desde las estructuras
estatales, sino desde los propios estudiantes. Por ese entonces, los estudiantes debían
pagarle a cada docente por sus clases, para lo cual juntaban el dinero necesario. Los
profesores iban de una ciudad a otra en tránsito permanente y costaba mucho retener a los
mejores. Por aquellos días, los estudiantes que debían a menudo trasladarse siguiendo el
derrotero de muchos maestros, se deciden a constituir una asociación universitaria que
responda a esta circunstancia y a otras de orden político, para defender su independencia
de formación y generar un modo de retener a los mejores profesores. En esta institución
histórica surgida del diálogo entre estudiantes, y en general, en aquellos espacios
comunes de formación superior, compuestos por un importante número de jóvenes
podríamos decir que también se desarrollaron cuasi-juventudes.
Pero hay que reconocer que los roles sociales expectantes para estos
individuos jóvenes, de los cuales decimos que podían generar una cuasi juventud, de
ningún modo eran los mismos que se van a presentar a partir de la revolución burguesa.
Básicamente con la aparición del fenómeno capitalista, el cambio de las relaciones
sociales, de las relaciones de producción y las nuevas necesidades que devienen para que
esa producción tenga lugar, y para que se reproduzcan esos mismos términos de la nueva
relación social. En este sentido, es central el papel de la división del trabajo
emergente, entre la unidad doméstica (la unidad de reproducción), y el mundo del trabajo
(o el mundo de la producción). También hay que agregar que la revolución burguesa tiene
mucho que ver con el proceso de individualización gradual de los sujetos. Y la
individualización va a relacionarse con la necesidad de participar en la toma de
decisiones que hasta entonces no tenía necesidad de ser procesada por los individuos.
Todo esto va a devenir en lo que Philippe Aries señala como el
nacimiento de tres nuevas instituciones, prototípicamente burguesas: la escuela, la
familia y la niñez. Sin estas tres instancias, no habrá juventud tal cual nosotros la
conocemos actualmente; van a ser las nuevas necesidades de la sociedad burguesa las que
empujan al nacimiento de este nuevo sistema escolar, porque vamos a necesitar individuos
con una cierta calificación y formación para que puedan integrarse con algún éxito en
las nuevas estructuras, las fábricas, en los nuevos sistemas productivos. Va surgir un
nuevo espacio de formación necesario para la masiva introducción en el sistema
productivo emergente, y la escuela va a ser el foco del nacimiento de la juventud tal cual
nosotros la conocemos.
Es importante subrayar la base estructural de estas transformaciones, y
nunca hay que olvidarlo, porque de lo contrario, los cambios políticos, sociales y
culturales, y la misma aparición de la juventud, son presentados como si de golpe
surgieran, como un efecto de modas, en una lectura culturalista extrema. Asentar los
cambios en una estructura es imprescindible.
Va a ser, entonces, el desarrollo del capitalismo y de las sociedades
burguesas, el que va a ir produciendo a lo largo de los siglos xix y xx «juventud». Si
lo dijéramos en términos fabriles (y la escuela sería aquí la fábrica), cada vez se
va a producir más «juventud»; la escuela es el espacio privilegiado de producción de
juventud. (Comenzamos a establecer con claridad esta diferencia entre jóvenes y juventud,
jóvenes con juventud, jóvenes sin juventud). Una consecuencia de este proceso, fue la
identificación de juventud con estudiantes, y en términos de políticas de juventud,
llevó a que muchas políticas que se dicen o se pretenden generales impacten focalmente,
debido a que su diseño parte de una conceptualización de juventud identificada con el
grupo de los estudiantes.
Todo esto qué significa, que poco a poco y con el tiempo, se van a ir
integrando nuevos contingentes de individuos jóvenes al sistema escolar productor de
juventud, la que de todos modos, debe «adquirirse» con cierto trabajo activo por parte
de los sujetos. Pero también implica la inclusión de nuevos sectores sociales en una
determinada modernidad, con un tiempo y espacios cedidos para la formación, que van a ser
aquellos donde individuos jóvenes de la misma edad se van a encontrar y van a vivir, no
sólo acontecimientos de conjunto, sino que además van a ir generando una cierta
sensibilidad en común, van a ir sintiendo que tienen frente a sí realidades afines.
De este modo, se amplían los sectores sociales que van adquiriendo
juventud a través de su paso por determinadas estructuras sociales que serían las que
facilitan la producción de juventud. Puede decirse, que la primera juventud de que se
habla, va a ser esta juventud de estudiantes de las clases altas y medias, luego, en las
primeras décadas de este siglo la juventud trabajadora se inscribe dentro de esta
lectura, y después, mucho después, va a ser la juventud rural. Nunca escuché hablar de
juventud de mujeres, sí de mujeres jóvenes; las mujeres también van a incluirse dentro
de las categorías de juventud, pero sin embargo, uno no encuentra que se hable de
juventud de mujeres. No es una cuestión menor, porque toda la política de juventud y
género prácticamente es inexistente; y la conceptualización final que se hace acerca de
estos actores y que permiten la construcción de sentidos, a su vez, se aplican en la
construcción de política.
Haciendo un corte fuerte en el tiempo, vamos a hablar de la guerra y la
posguerra.
En la primera guerra, una importante cantidad de jóvenes varones, de
individuos adultos jóvenes marchan a la guerra, y las mujeres tienen que hacerse cargo de
la unidad de producción y la unidad de reproducción, es decir, tienen que hacerse cargo
de la familia y de trabajar. Este hecho trastocará algunos sentidos comunes y asentará
la base de cambios culturales fuertes relacionados al lugar de la mujer y del varón en la
sociedad.
Por otra parte, aparece cierta rebeldía de una generación joven de
clase media e incluso de cierta élite juvenil que va a dar lugar a la lost generation,
la generación perdida, frase que, descontextualizada, nos llega hasta hoy, para impugnar
a muchos jóvenes. Sin embargo, la generación perdida eran, entre otros, Ernest
Hemingway, cuya literatura, además de ser excelente, hablaba de relaciones sociales y
culturales fuertemente disruptivas con la que era la generación de sus padres. Para estos
jóvenes, los valores de sus padres entran en contradicción con las realidades efectivas
que ellos están viendo, y con una modernización muy fuerte también, entonces, eso va a
generar inadecuaciones en la mirada que estos jóvenes van teniendo acerca de su propia
situación y de lo que de ella y su sociedad expresa la generación anterior, y ahí
parece un fenómeno disruptivo.
En la segunda posguerra sucede algo similar pero mucho más
amplificado. Se afectan fuertemente las relaciones entre generaciones y entre los
géneros. De hecho, muchas mujeres han tenido que sostener sus familias durante varios
años sin la presencia del varón. Muchos de ellos no regresarán a sus hogares, y quienes
lo hacen, a menudo encuentran que el lugar al que llegan no es el que dejaron y deciden no
reintegrarse. Además, en los países más centrales, se produce el fin de la sociedad
rural, la masiva urbanización de estas ciudades que también aporta su cuota con fuertes
cambios sociodemográficos. La posguerra, superado el trauma, trasmutará en inversión,
construcción de Estados de Bienestar y crecimiento económico. Y, en ese marco, aparece
una nueva actitud reproductiva en la constitución de nuevas familias. De ello da
testimonio el llamado Baby Boom, la explosión de nacimientos del año 1950. No en
vano. Estos niños, tendrán 18 años, en 1968...
Pero un aspecto central estará representado, una vez más, en una
disrupción muy fuerte con los valores promovidos por la generación de sus padres. Si en
el momento de la caída de Hitler se sentía legitimar todo un orden de sentidos que
refrendaba como correcto todo lo que se había actuado hasta ese entonces, cuando pocos
meses después se arrojan las bombas contra Hiroshima y Nagasaki, este sentido se
resquebraja. ¿Puede el american way of life, por ejemplo, darse la mano con el
hecho de arrojar estas dos bombas atómicas y, además, de hacerlo no sobre un blanco
militar, sino sobre ciudades? Este hecho, va a venir a cuestionar para muchísimos
jóvenes el sentido de los valores de sus padres. Algunos autores hablan de la cultura de
la bomba. Por supuesto, se trata de procesos, y en este caso, deberán sobrevivir en las
sobras al período del denominado macartismo, que reprimió toda manifestación de
disidencia social o política. Pero no es un elemento menor. En definitiva, estas
disrupciones, producto de acontecimientos civilizatorios muy fuertes: primera guerra
mundial entre los que se suponían más civilizados; segunda guerra mundial con su
destrucción masiva y la bomba atómica cayendo sobre población civil; son elementos
fuertísimos que producen disrupciones en el campo de lo ético, lo moral, lo cultural.
Otro elemento sustancial, serán los fuertes cambios tecnológicos que
impactan sobre la organización social. Sucedió en la revolución industrial, sucede a
comienzo de este siglo, sucede en la segunda posguerra y está sucediendo ahora. Es
sabido, cuando aparece una guerra se invierte una cantidad de recursos infame para
llevarla adelante y, como hay que tener tecnología de punta para confrontar con el
enemigo, ya que depende de ello la sobrevida, se invierte en nueva tecnología. Esta
inversión, cuando terminan las guerras, lleva a que la tecnología y la ciencia de base
desarrollada durante el período bélico se vierta hacia la industria doméstica, con la
creación de un nuevo mercado de bienes de consumo. Pero tras la segunda guerra, surgirá
la novedad, por primera vez en la historia, de un mercado de bienes para consumo juvenil;
hecho que acontece en los años 50. También debemos agregar que esta nueva revolución
tecnológica implicó, al igual que en ocasiones anteriores, la necesidad de mayor
formación, es decir, de más individuos jóvenes escolarizados y por más tiempo.
Todo esto junto: el cambio de patrón tecnológico, desplazamientos
poblacionales, migraciones, fin de la ruralidad, necesidad de mayor formación, más
cantidad de establecimientos educativos y mayores niveles de formación, y la creación
del mercado de consumo de bienes para jóvenes (hay que hacer una historia de las primeras
veces, para los que hacen la historia de las mentalidades).
Por primera vez, los jóvenes están en condiciones de tener dinero en
sus bolsillos, porque las economías de estos países centrales avanzan, y actúan de
atractor y van traccionando a todo el resto de las economías. Decimos que por primera vez
los jóvenes se van a encontrar con dinero en el bolsillo para gastar en sus gustos,
porque los jóvenes que anteriormente trabajaban, eran cronológicamente jóvenes y
cultural y socialmente adultos, no existía ningún Estado de Bienestar y con sus recursos
pasaban a aportar al sostenimiento de sus familias y de sus mayores, de los que ahora se
encargará la seguridad social. Incluso, hay autores que discuten cuál fue el primer bien
producido, exclusivamente para un mercado juvenil; algunos dicen que en Inglaterra, otros
dicen que en Italia, pero sin duda, la moto Vespa fue uno de los primeros. Y se la va a
ver mucho en las disputas entre los jóvenes, pasa a ser elemento de identidad en muchos
grupos juveniles. Por otra parte, y como nota de paso, habría que hacer algún tipo de
historia sobre juventud y motociclismo, porque las motos también han pasado a ser,
primero, un signo de juventud y, después, de cultura juvenilizada. Hoy encontramos motos customizadas
conducidas por adultos juvenilizados, cosa que nunca antes hubo en la historia. Si uno ve
a los jóvenes de 1930, eran jóvenes adultizados, querían lo más rápido posible dejar
de ser jóvenes para pasar a ser adultos, y bajo el ideal del padre. Hoy, en cambio, todos
los adultos quieren ser jóvenes.
Pasemos ahora raudamente por los años 60, década que se podría
definir como de la radicalización social y política. ¿Qué identifica a los 60? A los
sesenta los identifica que se podía cambiar el mundo (como a los 90 que no se lo puede
cambiar). Cuestión muy fuerte, porque tiene que ver con la construcción de las
subjetividades, la percepción que se tiene del mundo en que se vive y de sus
posibilidades. La década de los 60 es la década de la radicalización política, la
década en donde la cuestión principal es la transformación del mundo, cuando
transformarlo era posible, era deseable y había que participar para ello, porque en
cuanto uno participaba hacía más pronta la llegada de ese nuevo mundo, con su hombre
nuevo. Este es un sentido de época que atraviesa a toda la sociedad, a todos los
individuos, pero los jóvenes pasan a ser protagonistas privilegiados, actores en primera
fila, aunque no los únicos.
Los 60, y parte de los 70, son un tiempo en que los sectores populares
avanzan y avanzan, demandan y demandan, por una mayor satisfacción de sus necesidades.
Para algunos autores, esto lleva a una sobrecarga de demandas sobre el Estado, poniendo en
crisis al Estado de Bienestar que se tambalea, inflación por aquí, inestabilidad
política por allí, el establishment se reúne y escribe documentos como el
llamado Consenso de Washington que propone una salida, la que llamaremos salida neoliberal
a la crisis: privilegiar las exportaciones, apertura económica irrestricta,
descentralización modificación de la estructura impositiva, etc. Por otro lado, tenemos
una doctrina de seguridad nacional que está a disposición para ser utilizada cuando haga
falta. De hecho fue usada y abusada (o abusó de nosotros). Pero, ¿qué sucedió? Que la
salida neoliberal resultó la solución política que es la victoriosa, por supuesto,
según sus propios términos.
La salida neoliberal frente a la crisis de los Estados de Bienestar,
por otra parte, deviene en un fuerte ajuste, un aumento de pobreza, la precarización del
empleo, y el aumento del desempleo, la desarticulación y fuerte restricción de servicios
sociales conquistados a partir de sucesivas luchas políticas; estos cambios que se operan
en la relación Estado y sociedad van, en muchísimos casos, a contramano de la
construcción histórica, de por lo menos, los últimos 50 años y generan un cambio de
perspectiva en los sujetos que se sienten liberados a su propia suerte y, al mismo tiempo,
produce una disminución de la sensibilidad alrededor de los derechos sociales. En
definitiva, muchos contingentes, en particular de jóvenes, cada vez se sienten más
ajenos a una sociedad antes integrada intra e intergeneracionalmente, y lo de
intergeneracional es paradigmático, en el tema de la seguridad social al pasar de un
sistema de concepción solidaria intergeneracional a uno de capitalización personal,
ejemplo nodular del sentido de los cambios de época, en donde mi ventura depende de mí,
pero también quiere decir que si algo sale mal también dependió de mí. Las crisis son
derivadas a los sujetos que se hacen cargo de ser ellos los culpables de su situación por
fuera de las estructuras. Al mismo tiempo, se produce una fuerte crisis de
representatividad y vaciamiento del sentido de las instituciones, desde la perspectiva del
ciudadano común. Y los jóvenes aparecen como el gran problema, los políticos se
plantean la dificultad de la participación política de los jóvenes. Otro cambio
importante es la primacía de la concepción de consumidor por sobre la de ciudadano.
Porque la concepción predominante de consumidor pone sobre el centro del escenario el
mercado descarnado, yo como cliente, no yo como usuario de un servicio público, la
construcción histórica de un servicio público, sino yo según mis recursos accedo a ese
mercado por un bien, y ese bien se da a tal o cual o no se da. Esta fórmula de consumo y
mercado frente a la anterior de Estado y ciudadano es bien diferente y también afecta la
constitución del lazo social. Si en tanto ciudadanos hay un aspecto de términos
igualitarios, un ciudadano un voto, como clientes no, como clientes cada uno llega por lo
que tiene, y algunos no llegan, se quedan afuera.
Llevando adelante estas políticas sobre y desde los Estados, desde
mediados de los setenta, se actúa en tres espacios, por una lado en el espacio de los
social, desactivando, desorganizando (desactivando la organización), por lo que habrá
una menor demanda popular sobre el Estado; se operará la transformación del propio
Estado para que se libere de la respuesta a esas demandas acumuladas; y, en el ámbito de
lo económico, la reorganización a partir de la revolución científico-técnica. Se
actúa sobre lo social, se actúa sobre el Estado, se actúa sobre el sistema económico
productivo. Una operación política completa. Transformación que da lugar a una sociedad
diferente, absolutamente diferente, la de hoy. Porque en la medida en que la construcción
de subjetividad cambia radicalmente, también va a devenir otro tipo de sujetos, entre
ellos los jóvenes. Por esto es carente de sentido la comparación habitual de los
jóvenes de los 90 con los de los 60. Son sujetos absolutamente diferentes, y solamente el
túnel del tiempo, nos permitiría regresar a lo que fue, murió y nunca más será.
Y ahora, los 90. Toda esta efervescencia que acontece durante los 60,
junto a los cambios en la estructura de la organización social, poco a poco va a ir
generando el espacio para que uno deje de hablar de juventud y comience a hablar de
juventudes, en plural. Juventudes, significa jóvenes que han adquirido cierta condición
juvenil. Esta diferenciación, en tiempos de la llamada posmodernidad, se relaciona con
una fuerte impronta individualizante, por lo tanto, con el narcisismo y la competencia.
Desde el mundo de vida de los jóvenes se va a manifestar en la explosión del
anteriormente homogéneo colectivo juvenil. Aquellos eran colectivos grandes cuando
atravesaban la avenida de la revolución, pero cuando ya esa avenida no existe y uno a
veces se encuentra en callejones sin salida, lo que encuentra son pequeños grupos que
van, vienen, salen, entran, en constituciones que suelen ser muy efímeras.
Y la pluralidad estalla en, por lo menos, dos modulaciones, a tener en
cuenta siempre. Una, el «multiculturalismo juvenil» basado en una búsqueda identitaria,
de proliferación de particularidades culturales, estilísticas, de consumo y, la otra, la
consolidación de discriminaciones simbólicas jerárquicas, autoritarias y excluyentes.
Pero algo más, el tema de la moratoria. Unas décadas atrás, cuando
se identificaba globalmente a la juventud con los estudiantes de clase media, teníamos un
período de la vida en donde sus responsabilidades estaban de alguna manera de vacaciones,
ya no era niño, no era adulto todavía y, se podía observar una moratoria psicosocial,
como planteaba Erikson o incluso en su responsabilidad social, al estilo Bourdieu. Pero la
pregunta es si hoy se puede utilizar aquel concepto de moratoria. Me atrevería a decir
que hay muchísimos jóvenes que hoy no tienen posibilidad de ninguna moratoria, tantos
que abandonan tempranamente el sistema escolar y por responsabilidades que adquieren
tempranamente, y dificultan hablar de moratoria. Sin embargo, por estar en un sistema de
atravesamiento comunicacional permanente que promueve esta cultura juvenilizante (porque
es una sociedad políticamente adultocéntrica pero culturalmente juvenilizada), habría
que pensar si muchísimos de estos jóvenes que no pasan o son excluidos o expulsados del
sistema escolar, de todas maneras adquieren alguna juventud, una condición juvenil
específica, pese a no tener moratoria. Hoy, cada decisión que toma un adolescente que
está formándose es de una responsabilidad mayor, es todo un compromiso, porque sabe que
puede estar definiendo en qué condiciones estará para integrarse socialmente con algún
éxito, es decir, cada decisión ahí es muy fuerte. Entonces, esta categoría de
moratoria, que fue quizás tan útil para hacer, ver y manifestar en relación a los
jóvenes de los 60 y los 70, en cuanto a generalización homogeneizante, hoy hay que
ponerla en terapia intensiva.
La otra concepción fuerte, la de juventud como período de transición
también debe ser revisada. Antes, decía que el joven recorría varias transiciones:
desde su familia original a la constitución de una nueva familia; del sistema educativo
al mundo del trabajo; de la dependencia a la autonomía; de las socialización desde los
agentes primarios, hacia una participación social y política en instituciones
tradicionales. ¿Puede alguien hoy certificar que estas transiciones resulten definitorias
y definitivas? Los jóvenes actuales con suerte desarrollan alguna de estas transiciones
mientras están haciendo permanencias en las demás esferas. Hay quienes hablan de
juventud forzada incluso, porque muchos jóvenes no pueden salir de estos espacios que
antes eran de transición, porque salen de su familia original, viven con algún amigo o
pareja, y vuelven y otra vez, porque el trabajo no les permite otra cosa y porque también
son padres más permisivos y se quedan mucho más tiempo... no es tan sencillo. Del
sistema educativo al mundo del trabajo..., ojalá fuera así de simple, que lo digan los
propios jóvenes. La preocupación de los chicos que están en la escuela es el trabajo,
serían unos tontos si se preocuparan por algo sencillo, pero no lo son. Saben que allí
está una cuestión dura de resolver. Saben de qué están hablando. La otra transición,
de la heteronomía, la dependencia, a la autonomía, a la independencia..., pero sucede
que hoy muchos padres no están; o les derivan a sus decisiones y la resolución de
conflictos entre adultos. Ni siquiera a los adolescentes, a los niños. Esto en el caso de
las clases medias, en el caso de los sectores populares desde muy chicos están
compromisos fuertes. En sentido contrario, muchos jóvenes adultos, se ven enfrentados a
tomar decisiones que no pueden tomar, por las restricciones y condicionamientos y también
porque hay algo del sistema de subjetivación que dificulta tomar ciertas decisiones. Y
por último, el asunto de los agentes socializadores clásicos, de las instituciones
tradicionales de participación. Hoy, los chicos se agrupan de un modo fuertemente
informal, una buena proporción de los jóvenes que participan no lo hacen en estructuras
tradicionales, lo hacen mucho más por agenciarse a proyectos de gestión cultural o
social próximos, un qué hacer de resultados, hagamos esto, juntémonos para hacer tal
cosa, que puede devenir, o no, en alguna forma organizativa. Se agrupan para una gestión
concreta y menos (mucho menos) en términos de representación de intereses, algo típico,
en cambio, de los años 60 ó 70. Entonces, tampoco podemos definir a los jóvenes a
partir de estas transiciones en crisis, por eso el desafío actual es pensarlos entre lo
transicional y una extendida permanencia. Conviene recordar, transiciones y permanencias
diversas.
Finalmente, unas pocas palabras para hablar de las características de
los agrupamientos juveniles actuales, la cuestión de la denominada tribalización o
neotribalización como plantea Maffesoli, que habla de las nuevas tribus urbanas, que
precisamente refiere a la constitución de agrupaciones o colectivos sociales pequeños,
no masivos como en los 60, 70, con un cambio en su socialidad, que sustentan su juntarse
ya no en contratos políticos o ideológicos sino en una acción dentro de una comunidad
emocional. Protagonizan rituales que define como de emociones compartidas, pasa en el
fútbol, pasa en el rock, es un neotribalismo que se caracteriza por una muy fuerte
fluidez, muy dinámico, agrupamiento espontáneo que no deriva en «saldos organizativos
que mejorarán la organización para la acción y el elevamiento del nivel de conciencia,
etc.», como solía escucharse y leerse en otra época, pero no hace mucho tiempo.
Ahora vamos a hablar de política de juventud
Veamos algunos puntos para el análisis. Punto uno, pensar las
políticas de juventud como políticas de Estado. Esto supone la construcción de toda una
serie de consensos intra sistemas de partidos, consensos en el aparato estatal y consensos
con otros actores, con actores sociales, fundamentalmente. En rigor, se trata de pensar a
las políticas de juventud como política pública, es decir, si hablamos de política de
Estado, no hacerlo en el sentido restringido del término, sino en un sentido amplio, en
términos de Gramsci, sociedad política más sociedad civil. Hay que apuntarle a la
política de Estado en el sentido de la política pública que construye el consenso más
complejo, porque suma al resto de los actores sociales; o sea, hay que convocar desde el
Estado a la sociedad civil, y hay que interpelar desde la sociedad civil al Estado.
Segundo punto, la integralidad y la coordinación, hasta la fecha, realidades más
discursivas que fácticas. Las experiencias de coordinación y articulación han tenido
escaso éxito y en reducidos ámbitos, algo que, a mi criterio, tiene que ver con una
concepción de la gestión pública que disputa entre lo radical y lo innovativo o
concepción incremental. Me da la impresión que en América Latina, quizá excepto en
momentos fundacionales, como pueden ser las situaciones post-dictadura, o de fuerte
reforma estatal post-crisis, en donde hay un consenso muy fuerte para efectivizar ciertos
cambios, se trata de avanzar en la viabilización de elementos incrementales de política.
Por el contrario, los cambios de paradigmas de gestión más
disruptivos se hacen muy difíciles al seno de la administración, porque no se trata de
efectuar cambios en términos de normativa solamente, sino de toda una cultura
organizacional, de una historia de las organizaciones, de relaciones de poder político
(partidario, gremial), y de la relación de los sujetos sociales con el aparato estatal.
Entonces, quizás, una alternativa más viable, el famoso plan B, no sea tanto proponerse
la vía del cambio radical, sino de la política incremental. Que, en este caso, va más
por ir construyendo acuerdos graduales y desde ellos ir avanzando hacia algún grado de
coordinación, en primer lugar. Y si podemos hablar de política integral, también
hablamos de política integrada. ¿Integrada a qué? a los planes de desarrollo, ya sean
nacionales, ya sean locales. Y la integralidad ¿dónde se ejecuta, dónde se concreta? La
integralidad se concreta en el sujeto, en el único lugar donde se concreta es en el
sujeto, si es que se concreta. Entonces, cuanto más avancemos desde nuestro plan B, hacia
la mayor coordinación de políticas la integralidad será mayor y las políticas de mejor
impacto y más efectivas. En tanto lo incremental sea lo posible, la integralidad será
una construcción parcial y perfectible siempre sobre la que habrá que trabajar
permanentemente, entre avances y retrocesos.
Otros puntos, en términos de metodologías, desarrollar la
focalización, lo local, las diferencias de género, porque si los derechos son
universales, la forma de facilitarlos debe ser específica, según realidades diversas.
Pero hay que decir una cosa más, no existen los instrumentos neutros, tecnocráticamente
neutros, no hay un modelo de gestión apolítico, las modalidades de gestión son
claramente políticas, definen estilos y construyen sujetos. Entonces, el modelo de
gestión, aunque uno muchas veces lo plantee desde las cuestiones técnicas (y por
supuesto que hay que tener gente muy formada para llevar las definiciones políticas en el
campo que sea), tiene una dimensión fuertemente política ya sea en una u otra
modelización. Quería mostrar algo en este sentido, para terminar.
Una tipificación de modelos, definida originalmente por Juan Sáez,
que sigue siendo importante considerar, señala que según como yo posicione a los sujetos
(los jóvenes) dentro de una política a ellos dirigida (política de juventud), se puede
articular a los jóvenes de maneras muy diferentes en el diseño programático, en las
acciones, en las iniciativas, y que, en definitiva, la modalidad de inclusión activante
de una forma u otra de participación opera en la construcción de un sujeto social. Y si
esto no es política ¿qué es? Entonces, distintos modelos de articulación con los
jóvenes van a fortalecer la construcción de distintos sujetos, y bien diferentes, según
este modelo sea «para», «por», «con», o «desde» la juventud.
Por lo común, encontramos que bajo un mismo gobierno algunos programas
se manejan bajo una misma modalidad de gestión, y otros programas introducen otra, no es
que uno dice... ah! el gobierno local de tal comuna hace políticas «con» la juventud.
En algún caso, podemos decir, la mayoría de los programas son del tipo «para los
jóvenes» y dadores de servicios; o bien, son de manipulación y movilización para el
régimen («por»); o, participan y van construyendo elementos de democracia («con»); o,
tienden al espacio de la autogestión de los jóvenes («desde»). No es que aparece un
solo modelo, aparecen unos y aparecen otros. Sin embargo, es muy importante ser sensibles
al hecho de que distintos modelos de políticas alientan diferentes sujetos y diferentes
ciudadanías. Más o menos democráticas.
Recordemos lo que decíamos sobre diversidad y neotribalismo, aquellas
dos modulaciones, una estrechamente vinculada con la estructura de una sociedad de clase,
con la restricción o accesibilidad a los bienes materiales o simbólicos; me imagino que
todos estaremos de acuerdo en enfrentarla y buscar mayores espacios de equidad. Pero
aquella otra dimensión de la diferencia, de tipo identitario y multicultural, merece un
espacio de reflexión y tolerancia relativo a la diversidad. Porque, por otra parte,
según creo, vamos cada vez más a una sociedad de mayor pluralidad de identidades y
colectivos, es más, algunos autores que hablan de pluralidad de identidades en un mismo
sujeto; en consecuencia, si pensamos en algún nuevo tipo de espacio de encuentro o de
lógicas de encuentro, deberíamos apuntar mucho más hacia la construcción de redes por
el campo de la exploración de las pluralidades identitarias y no por las pretensiones de
homogeneización.
Para finalizar, y aunque espero haberlo transmitido, quiero subrayar en
forma explícita y directa porqué me parece importante el tema de la concepción de
juventud. Simplemente, porque dependiendo del concepto de juventud que uno tenga en mente,
van a devenir distintas éticas, van a definirse distintas políticas de juventud, va a
considerarse al sujeto (y va a ayudarse a constituirlo) en direcciones sociales,
políticas y culturales diferentes. Y aquí también hay una elección.
Gracias.
Buenos Aires (Argentina), febrero de 2000